Sin miedo a perder(te) Chapter 18
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Chapter 18

Es preciosa. Ya lo pensaba antes, aunque no quería admitirlo; sin embargo, cuando la he visto con ese vestido ajustado, su pelo rubio largo y esos ojos grandes color avellana, me ha dado un vuelco el estómago sin saber por qué.

No he podido evitar pincharla e invitarla a bailar, aunque ahora que sé cómo huele su piel, reconozco que no ha sido buena idea.

El alcohol y el buen ambiente me han jugado una mala pasada, consiguiendo que me relaje y que, por primera vez en mucho tiempo, disfrute de una fiesta.

El último acercamiento me ha dejado con la respiración alterada; aún siento el cosquilleo en la mano tras haber sujetado su cintura. Y encima voy y la llamo «rubita».

¿En serio, Mateo? ¿No se te ha ocurrido nada mejor que decir?

—¿Te gusta? —me pregunta Luca, señalando con la cabeza a Alejandra, que está riéndose con Sof mientras bailan.

—¿Quién? —me hago el tonto, fingiendo confusión.

—Sabes bien a quién me refiero, Mat —insiste—. ¿Te gusta Alejandra?

—Sí, hombre, Luca... —respondo con cierto sarcasmo—. Acabo de conocerla, es imposible que me guste. Solo nos llevamos bien —explico sin dudar.

—Es que no has parado de mirarla en toda la noche —añade, entornando los párpados—. Es más, creo que en todos estos años nunca te he visto sonreír tanto, y con ella lo haces demasiado.

—Qué exagerado eres —digo, y no puedo evitar soltar una carcajada irónica—. Es divertida y creo que podemos llegar a ser amigos, solo eso. No es mi tipo.

—Por algo se empieza, colega. —Me da un empujón suave con el hombro—. Y, aparte, eso de que no es tu tipo, no te lo crees ni tú.

Pongo los ojos en blanco y me limito a negar con la cabeza.

Conocí a Luca hace tres años, cuando llegué a casa de mis abuelos.

Él cuidaba el jardín para que el nonn o no tuviera que esforzarse y, aunque mi forma de ser es bastante hermética, con él fue totalmente diferente.

Desde el primer momento nos llevamos genial, y ahora se podría decir que es uno de mis mejores amigos, incluso la persona que mejor me conoce...

Aunque, claramente, en esto se está equivocando.

No me gusta Alejandra, ni creo que pueda llegar a hacerlo. Es una chica muy guapa, con un sentido del humor extraño pero divertido, y sí, quizá podamos llegar a ser amigos, pero nada más.

—Creo que es hora de irme —escucho decir a la rubia—. Estoy muy cansada.

—Si quieres, Luca y yo podemos acompañarte a casa —se ofrece Sof enseguida .

—No te preocupes, está cerca y me sé el camino. Me voy sola y te aviso cuando llegue —añade, convencida—. Pasadlo bien.

—Espera —suelto sin pensar—. Yo también estoy cansado y prefiero irme ya, así que me voy contigo.

Veo cómo Luca y Sof se miran con una sonrisita cómplice, pero prefiero ignorarlo, porque son tal para cual.

Alejandra me mira sonriente y asiente con la cabeza; nos despedimos de los demás y salimos de la discoteca.

Ahora refresca bastante y veo cómo Alejandra se abraza a sí misma.

Me acerco a ella instintivamente, buscando ofrecerle algo de calor con la cercanía de mi cuerpo.

—Gracias —dice tímidamente, y soy consciente del roce de nuestros brazos y de que eso la pone nerviosa.

Le regalo una sonrisa e iniciamos el camino de vuelta a casa. Es verdad que está cerca, dentro de lo que cabe; la isla no es muy grande, pero prefiero acompañarla a que se vaya sola, lógicamente.

—¿Te lo has pasado bien? —pregunto para sacar conversación. Me gusta el silencio, pero cuando estoy con ella prefiero escucharla hablar.

—La verdad es que sí —responde sin dudarlo—. No soy mucho de discotecas ni de fiestas, pero he disfrutado bastante con vosotros.

Me mira y sus ojos vuelven a conectar con los míos. Al estar tan cerca, percibo un brillo nuevo, uno que no estaba cuando llegó, y me alegra saber que tiene que ver con estar aquí.

—¿Y qué planes prefieres? —inquiero, sin saber de dónde sale esta necesidad de conocerla mejor.

—Me gusta leer. Mucho. —Asiente mientras habla, reafirmándose—. Creo que podría estar días enteros leyendo y no me cansaría. También me gusta ver pelis, y si son de Disney, mejor —añade, guiñándome un ojo—. Y, bueno, soy muy aburrida, me gustan los planes tranquilos: pasear, dormir, cocinar...

Veo cómo empieza a divagar y no puedo dejar de mirarla; me hipnotiza el movimiento de sus labios y me gusta todo lo que me está contando.

Creo que el alcohol y el cansancio empiezan a afectarme cuando me replanteo cómo sabe...

Cómo sería callar su charleta con un beso.

Niego con la cabeza para alejar esos pensamientos y vuelvo a centrarme en lo que dice.

—Lo siento —se disculpa—. Parece que me dan cuerda hablando —bromea para quitarle importancia—. Siento si te estoy aburriendo.

—Nunca pidas perdón por hablar de lo que te gusta —respondo con tranquilidad—. Al menos, a mí me encanta escucharte.

Veo la forma en la que se sonroja y no puedo evitar sonreír.

—¿Y a ti? ¿Qué te gusta hacer? —me pregunta, interesada.

—Pues también soy bastante tranquilo. Me gusta dibujar y creo que siento lo mismo que tú leyendo: podría hacerlo todo el día sin cansarme.

También me gusta hacer rutas con la bici, salir a correr y, bueno, ver películas, pero prefiero que sean de miedo —le cuento mientras ella me escucha con atención—.

Si al final vemos tu favorita, después podemos ver la mía.

—Me parece bien —asegura, sonriente—. Pero tengo que advertirte de que soy una cagada, así que quizá me asuste demasiado y acabes cansándote.

—No creo que pase, tan solo me reiré bastante de ti y de tus sustos —bromeo.

—Bueno, bueno, yo solo te aviso. —Muestra las manos en señal de inocencia—. Puede que te obligue a dormir en casa —me sigue la broma.

La miro de soslayo, riéndome con su advertencia, y pienso en que dormir en su casa no sería algo malo. Culpo al resto de alcohol que nos queda en el cuerpo de estar haciendo planes para otros días; además, planes en los que estamos ella y yo solos.

Llegamos a la puerta de su casa y siento que todavía no quiero que acabe la noche ni despedirme de ella, pero intenta esconder un bostezo y sé que está agotada.

—Bueno, rubita, ya estás sana y salva en casa —le digo sin dejar de observarla.

Hace una mueca rara y no puedo evitar reírme.

—Muchas gracias por acompañarme, señorito —bromea mientras se acerca a mí.

No me da tiempo a reaccionar. Se pone de puntillas y todo mi cuerpo se tensa de forma instintiva, como si supiera lo que va a pasar antes incluso que mi cabeza. Mi mano se mueve sola, sin pedir permiso, y se posa en su cintura para sujetarla. Es un gesto automático, casi inconsciente.

Alejandra me da un beso en la mejilla; es breve, casi un roce, pero suficiente.

Siento el contacto de sus labios carnosos sobre mi piel y, de nuevo, su olor a coco me envuelve, mucho más cerca de lo que debería.

El mundo parece detenerse durante un segundo, pues me quedo completamente bloqueado, sin saber qué hacer ni qué decir.

Ella se separa despacio y yo intento recomponerme, forzando una sonrisa que no sé si resulta convincente.

—Buenas noches —murmura.

—Buenas noches —respondo en un susurro.

Carraspeo al notar mi voz ronca, y ella se da la vuelta para abrir con la llave y entrar en casa. Me quedo quieto hasta que la puerta se cierra. Solo entonces suelto el aire que llevaba conteniendo desde hacía varios segundos, y casi parece que acabase de salir de debajo del agua.

Inicio el camino de vuelta a casa de los nonni con la cabeza hecha un caos.

No puedo dejar de pensar en su roce, en su olor, en la forma en que me ha mirado esta noche. No debería afectarme tanto. Alejandra no me gusta, no es mi tipo, así que no entiendo por qué reacciono así, por qué mi cuerpo va por libre cuando estoy con ella.

Va a ser mi amiga, solo eso.

Voy a disfrutar de su compañía mientras esté aquí y ya está.

Mateo, si dejas de pensar en ella, todo irá bien.