Chapter 17
Me despierto de buen humor. Hace tiempo que no me pasaba, y tengo claro que es porque tengo el día libre y Sof por fin ha terminado los exámenes.
Vamos a pasar el día juntas yendo de compras, y por la noche saldremos de fiesta con Mateo y sus amigos.
El simple hecho de pensarlo me provoca una mezcla extraña de ilusión y nervios.
Es la primera vez que saldré de fiesta después de que todo saltara por los aires, y aunque intento no darle demasiada importancia, siento un pequeño nudo en el pecho que aparece sin avisar.
Me repito que no pasará nada y que es solo una noche más, que voy acompañada y que ahora estoy bien. O al menos, mejor.
Con Mateo las cosas han cambiado; ahora, según él, «nos llevamos bien».
Incluso nos tiramos bromas, comentarios irónicos, y durante la semana me ha acompañado a casa después de algunos turnos.
Dice que lo hace para poder ver a los niños, y puede que sea verdad, pero, aun así... no me resulta indiferente.
Estoy en la cama con la vista fija en el techo cuando unos golpes suaves en la puerta me sacan de mis pensamientos.
Me levanto con pereza y, al abrir, me encuentro a Sof plantada en la entrada con una falda y un top preciosos.
Está guapísima. Yo, en cambio, sigo en pijama, con el pelo recogido de cualquier manera y una expresión de pura indecisión.
—Sof, qué guapa te has puesto —le digo después de saludarla con dos besos.
—Gracias, amor —responde sonriendo—. Tú sigues en pijama, por lo que veo... ¿Te ayudo a elegir? —propone, comprensiva.
—Ay, sí, por favor —le suplico, haciéndome a un lado para dejarla pasar—. Llevo una hora pensando en la ropa que he traído, y aún no sé qué ponerme.
Entramos en mi habitación y abre el armario con toda la confianza del mundo, como si lo hubiera hecho mil veces antes.
Revisa perchas, aparta ropa y, de pronto, se detiene.
Saca un vestido corto negro, de tirantes y con bastante escote.
Se gira hacia mí con una sonrisita que ya conozco mejor de lo que debería para el tiempo que llevamos siendo amigas.
Y sé que, para ella, ese es el outfit perfecto.
De golpe, la ansiedad aparece sin haber sido invitada, y no tardo en notar una presión incómoda en el pecho. Trago saliva.
—Creo... Creo que es demasiado —balbuceo—. No estoy acostumbrada a llevar este tipo de ropa, no sé ni porque lo traje, si para mi tipo de cuerpo no queda bien...
Sof se queda quieta, sorprendida. Sé que no esperaba esa respuesta. Hemos pasado bastante tiempo juntas, pero no conoce mi pasado ni las inseguridades que acaban de despertarse en mí con un simple vestido. Es como si dentro de mi cabeza estuviera la voz de Pablo.
—Ale —dice con firmeza, dejando la prenda sobre la cama—.
Ese vestido es perfecto para un cuerpo tan bonito como el tuyo.
El tipo de tela marcará tus curvas espectaculares; pero, si no te sientes segura, elegimos otra cosa.
Lo importante es que vayas cómoda —asegura, sonriendo de forma comprensiva—.
Te pongas lo que te pongas, vas a estar preciosa.
Me quedo en silencio unos segundos. Me da rabia el poder que tienen ciertos pensamientos sobre mí, cómo aparecen de repente y me hacen dudar de todo. Niego levemente con la cabeza, como si intentara espantarlos, y cojo el vestido con decisión.
—Voy a probármelo —murmuro.
Entro al baño y me cambio despacio, observándome en el espejo más de la cuenta. Cuando salgo, Sof amplía su sonrisa y asiente, convencida.
—Lo que yo decía —afirma—. Estás increíble, tía.
Y, contra todo pronóstico, sus palabras me reconfortan y algo dentro de mí se relaja. Le sonrío y termino de arreglarme mientras le cuento cómo ha ido la semana en el restaurante. Luego, ella me explica que está convencida de que va a aprobar todos los exámenes, y no lo dudo ni un segundo.
Cuando estamos listas, posamos frente al espejo y nos hacemos una foto. Se la envío al grupo que tengo con Carla y Paula, y enseguida llegan los mensajes llenos de halagos. Estoy deseando que se conozcan en persona .
Salimos de casa rumbo a las tiendas de la isla.
Paseamos sin prisa, entramos en algunos comercios pequeños y nos detenemos en rincones bonitos para hacernos fotos.
Hablamos de todo y de nada, y cada vez me siento más cómoda con ella, como si el vínculo se estuviera asentando sin que ninguna lo forzara.
Mientras caminamos, pasamos por delante de una joyería y me detengo en seco. Hay una pulsera preciosa que ha llamado mi atención: está llena de conchitas, caracolas y pequeñas gotas brillantes que parecen agua. Me enamoro al instante.
—¿Te gusta? —pregunta Sofi.
—Es preciosa —respondo—, pero ahora mismo no puedo permitirme comprarla —explico, sonriéndole con cierta nostalgia—. Algún día volveré a por ella.
Ella asiente y no indaga más, como si me entendiera perfectamente.
Se nos ha hecho tarde y no hemos reservado en ningún lugar para cenar, así que vamos a una pizzería con terraza donde aún quedan mesas libres. Cenamos tranquilas, y en un momento dado me animo a preguntarle por Luca, por cómo se conocieron.
—Fue rarísimo —comienza a decir y alza las cejas, como si el recuerdo le viniera con nitidez—.
Vine un verano de vacaciones con unas amigas de la universidad y lo conocí la primera noche que salimos de fiesta; nos gustamos al instante y nos dejamos llevar.
Total, yo iba a estar poco tiempo y luego volvería a Valencia.
—¿Y qué pasó cuando te fuiste? —inquiero, genuinamente interesada.
—Al tiempo de volver, mi vida cambió —explica—.
Fue un golpe duro que hizo que me replantease muchas cosas.
Seguía hablando con Luca, como amigos...
—Sonríe al decirlo, recordando—. Y él me animó a ser valiente y a cambiar de aires.
En ese momento lo vi como una huida, pero ahora entiendo que solo estaba intentando recomponerme.
Vine aquí a estudiar y a trabajar de lo que saliera...
Hasta que Mat le habló de mí a José y me contrataron en el bar.
Lo de Luca es otra historia —añade, asintiendo parra sí misma—, porque cuando llegué aquí, él tenía novia.
Con el tiempo rompieron y, bueno, sin planearlo, aquí estamos.
Al escucharla, me doy cuenta de lo mucho que nos parecemos. Yo también hui cuando mi vida se rompió, y no puedo evitar pensar en que ojalá algún día pueda mirar atrás como ella, sin tanta culpa.
—Bueno, esa es mi historia versión resumida —concluye, divertida—. ¿Y tú? ¿Por qué estás aquí?
Me quedo algo pensativa, ya que no me gusta hablar de mí. Siempre he sentido que, en cualquier momento, alguien puede juzgarme. Llevarte bien con alguien es fácil; congeniar de verdad, es otra cosa.
—Creo que fue un cúmulo de situaciones —empiezo a relatar tras coger aire—.
Mi madre nos abandonó cuando yo tenía ocho años y nunca supe por qué.
Después, mi padre cambió conmigo. Empezó a exigirme todo, decidió por mí qué carrera estudiar para poder trabajar en la empresa familiar, y acabé siendo su marioneta —le cuento, algo tensa al pensar en ello—.
Y no solo la suya, también fui la de Lara y Pablo.
Sof me mira sorprendida, pensando con cuidado qué decir.
—A veces, creemos que la familia siempre tiene que apoyarnos —murmura—, pero en ocasiones son las personas que más daño nos hacen.
Siento cómo el nudo en mi pecho se afloja un poco al no sentirme juzgada.
—¿Quiénes son Lara y Pablo? —pregunta, intrigada.
—Lara era mi mejor amiga de la infancia, y Pablo, el que se suponía que iba a ser el amor de mi vida —respondo, y suspiro con pesadez—.
Conocí a Lara cuando tenía diez años. En el colegio se metían conmigo, decían que mi madre no me quería y por eso se fue.
Lara fue la única que estuvo en ese momento —añado, recordando aquella época.
—Los niños pueden llegar a ser muy crueles —dice en voz baja.
Asiento y continúo con la historia. Le cuento cómo Lara siempre brillaba y yo me apagaba, cómo me hacía sentir pequeña.
Le hablo de Pablo, de cómo me hizo creer que era especial al principio y de cómo todo se fue volviendo tóxico; de las prohibiciones, las marcas y el daño psicológico que me infligió.
De que sabía que debía irme, pero no sabía cómo.
Cuando llego al final, Sof tiene los ojos muy abiertos.
—Estoy flipando —comenta, y parpadea con incredulidad—. Vaya dos personas, si es que se les puede llamar así...
—Y espera —añado, dispuesta a soltarlo todo—. Lo que me hizo huir fue que todo explotó... Lara y Pablo estaban liados. Un amigo de él me mandó un vídeo de ellos dos besándose y riéndose en una discoteca.
Ella se tapa la boca con la mano y nos quedamos en silencio unos segundos.
—No entiendo cómo hay personas tan malas —concluye al final—. No te merecían. Me alegro de que huyeras y de que la vida te haya traído aquí. Eres una gran persona, Ale, de verdad. Y vamos a ser muy buenas amigas —asegura con confianza.
Algo cálido se instala en mi pecho al pensar en que podamos llegar a ser buenas amigas.
Al rato, cambiamos de tema y la conversación se vuelve más ligera, así que decido confesarle lo de la foto de Mateo y mis amigas, y casi se ahoga de la risa.
Yo también acabo riéndome, recordando la vergüenza del momento.
Contar mi historia de una forma simple, sin entrar en demasiados detalles, ha hecho que me sienta más ligera, como si de pronto pesara menos.
Es una sensación extraña, pero reconfortante, haciéndome pensar que todo lo que me pasó no me define por completo y fuese más que eso.
Hablarlo con Sof ha sido un auténtico chute de energía; me ocurre lo mismo que cuando lo comparto con las chicas, que la angustia se disuelve poco a poco, deja de oprimirme el pecho y me permite respirar con más calma.