Sin miedo a perder(te) Chapter 16
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Chapter 16

Mierda.

La he cagado y lo sé desde el mismo instante en que Alejandra me deja callado; pero, sobre todo, cuando se marcha enfadada sin darme siquiera la oportunidad de disculparme. Aunque, siendo sincero, ¿cómo iba a querer escuchar una disculpa después de todo lo que le he dicho?

He sido un gilipollas y lo he hecho fatal.

Y lo peor de todo es que soy plenamente consciente de ello.

Durante todo el día he ido acumulando cosas, pequeñas tensiones, pensamientos que no he querido enfrentar, y he acabado explotando con la persona que menos lo merecía.

Alejandra no tiene la culpa de nada, y aun así he descargado en ella todo lo que llevaba dentro.

Esta tarde me encontraba dibujando en la playa cuando me di cuenta de su presencia y, desde ese instante, no he logrado terminar el dibujo.

Tenía delante la barca, estaba cuidando cada detalle de la madera, y boceteaba una gaviota que parecía posar para mí con paciencia infinita.

Pero escuché su risa y eso fue suficiente para romper mi concentración.

No pude evitar levantar la vista y la observé sin querer hacerlo.

Vi cómo ayudaba a los niños a construir el castillo de arena, cómo después se sentó a leer y, en varios momentos, se quedó perdida mirando el mar, como si estuviera en otro lugar.

Me fijé en lo cariñosa que es con Andrea y Julio, en la naturalidad con la que los cuida, en esa luz que la rodea y de la que ella no parece ser consciente.

Me recordó tanto a ella que sentí un pinchazo en el pecho.

Ana también tenía esa luz. Esa risa que llenaba cualquier lugar en el que entraba.

No se parecen físicamente; Ana y yo éramos prácticamente iguales: el mismo pelo castaño oscuro que se aclaraba con el sol con el paso del verano, los mismos ojos azules, aunque la mirada siempre fue distinta.

Ella era puro brillo y yo solo brillaba cuando ella estaba cerca.

La echo de menos. Siempre va a ser la persona a la que más quiera en el mundo y nunca me perdonaré lo que le hice.

Estaba tan llena de vida que, cuando se fue, se llevó la mía con ella.

Desde que nació, dos años después que yo, fue mi otra mitad.

Mirando a Alejandra, mi mente había entrado en bucle con esos recuerdos, hasta que decidí guardar mis cosas y acercarme a ella.

Intenté bromear, rebajar el nudo que sentía en el pecho.

Después, mientras jugaba con Andrea y Julio, me di cuenta de cómo nos miraba, de cómo me miraba a mí , escondiendo una sonrisa detrás del libro.

Me gustó. Y al mismo tiempo me cabreó, no supe muy bien por qué .

Más tarde fuimos a casa de los nonni y volví a observarla.

Lo cariñosa que era con ellos, la forma tan natural de hablarles, lo cómoda que parecía sentirse allí, como si encajara demasiado bien.

También fui consciente de lo tensa que se ponía con algunas preguntas y, con sus respuestas, confirmé algo que me removió por dentro: que se irá.

Que está aquí solo un tiempo y volverá a su vida, olvidándose de las personas que dejará atrás.

Y pensar en eso me enfadó aún más. Sin motivo.

Sin derecho. Y sin saber cómo frenar ese cabreo.

Ahora, al llegar a casa después de haber jodido todo, me dejo caer en la cama con el cuerpo pesado y la cabeza llena. Intento dormir el máximo de horas posible antes de que lleguen las pesadillas, esas que siempre aparecen cuando bajo la guardia.

Empieza una nueva semana y la tensión entre Alejandra y yo se nota desde el primer día.

No hace falta decir nada para percibirla, pues está en la forma en la que evita mirarme más de lo estrictamente necesario, en sus respuestas cortas y en cómo mantiene siempre una distancia medida.

Además, Sofía no viene esta semana porque tiene exámenes y ha pedido unos días para estudiar, así que Alejandra compartirá el turno conmigo.

Está más seria de lo normal; se limita a hacer su trabajo con eficacia y, en cuanto recoge todo, se va directa a cuidar de los niños.

Apenas hemos cruzado dos frases en estos días, y las pocas que hemos intercambiado han sido enfocadas al trabajo.

Hoy, sin embargo, es distinto, ya que ambos tenemos doble turno y nos quedamos a comer aquí .

Cuando termino de recoger unos documentos en el despacho, me dirijo a la cocina con cierta reticencia. Ella está sentada a la mesa, comiendo mientras mira el teléfono, completamente absorta. Durante un segundo me planteo coger mi plato e irme a otro sitio, pero algo me empuja a acercarme.

—Hola... ¿Te molesta si como aquí contigo? —pregunto con cautela.

Levanta la vista y me fulmina con la mirada durante apenas un segundo, lo justo para hacerme dudar de si he cometido un error. Después, baja los ojos de nuevo a la pantalla del teléfono.

—No me molestas, estoy terminando ya —responde de forma cortante.

Me siento frente a ella. Veo cómo sonríe mientras escribe, claramente entretenida con la conversación que mantiene, y no puedo evitar preguntarme con quién estará hablando.

Pienso en las amigas que mencionó en casa de los abuelos y, sin querer, se me cruza la idea de si habrá alguien más esperándola cuando vuelva a su vida de antes.

Comemos en un silencio espeso e incómodo. Quiero romperlo y pedirle disculpas, pero no sé por dónde empezar. Hace demasiado tiempo que no me disculpo de verdad, y eso me bloquea. Estoy tan metido en mis pensamientos que no lo veo venir.

De pronto, un flashazo me da de lleno en la cara.

Parpadeo, desorientado, y miro alrededor hasta fijar la vista en ella. Alejandra está completamente roja, con los ojos muy abiertos y el móvil aún en la mano. Tarda un segundo de más en reaccionar.

¿Acaba de hacerme una foto?

—¿Eso ha sido una foto, Alejandra? —inquiero sorprendido, intentando que no se me noten demasiado las ganas de reír.

La veo dudar. Baja la cabeza, se muerde el labio y evita mirarme mientras busca una excusa que claramente no encuentra.

—Era... —murmura, poco convencida—. El flash... ha sido sin querer... —Carraspea y me mira apenas un segundo—. Lo... lo siento —titubea.

La escena no puede hacerme más gracia. Se me escapa una carcajada profunda, de esas que salen sin pensar, y nos sorprende a los dos. Hacía tiempo que no me reía así, sin tensión.

—Si querías una foto mía, solo tenías que pedírmela —bromeo—. Lo de disimular no se te da muy bien.

Deja el móvil a un lado y se tapa la cara con las manos. Puedo ver cómo intenta ocultar la sonrisa mientras habla sin mirarme:

—Lo siento, de verdad —se disculpa otra vez—. Mis amigas querían ver cómo eres... —admite, algo avergonzada—. Llevan toda la semana pidiéndome una foto tuya.

—Así que has hablado de mí con tus amigas —digo, intentando no volver a reírme—. Eso suena mucho mejor.

—Suena fatal, lo sé. No debería haberlo hecho. —Niega con la cabeza mientras se levanta y recoge su plato—. Mejor olvida que ha pasado.

Antes de que se vaya, me levanto rápido y la sujeto por la muñeca. El contacto me provoca una descarga inmediata que me recorre el brazo y me eriza la piel. No aprieto, apenas la detengo, pero es suficiente para que se gire en mi dirección.

—No me ha molestado —le digo, esta vez serio, mirándola a los ojos. Me gusta que no aparte la mirada—. Y... siento lo del otro día. No debí hablarte así ni decirte todo lo que te dije.

Me mira sorprendida, y durante un instante parece que va a decir algo, pero luego baja la vista.

—No te preocupes —responde en voz baja—. Tenías razón, no voy a encontrar nada aquí.

—Alejandra —digo con firmeza. Levanta la mirada y nuestros ojos vuelven a encontrarse—. No quise decir eso —aclaro—. El problema no es tuyo, es mío. Me cuesta conocer gente, crear vínculos con personas que sé que tienen fecha de partida... No sé si me explico.

—Te entiendo, Mateo —asegura con calma—, pero no me conoces. No sabes cuándo me voy a ir, ni tampoco si el día que me vaya será para no volver.

—Tienes razón —admito, aún inseguro—. Por eso quería disculparme, aunque no sabía cómo hacerlo. No estoy acostumbrado a esto.

Se muerde el labio y baja la mirada hasta mi mano. Me doy cuenta entonces de que sigo sujetándola, así que la suelto de inmediato y siento un vacío extraño.

—Te perdono —añade finalmente—. No pasa nada. Pero no me voy a quedar callada si vuelves a hablarme así —insiste, señalándome con un dedo.

—Y de verdad espero que no lo hagas —respondo riendo—. Me gusta que no te calles y que me pongas en mi sitio cuando soy un gilipollas.

Se ríe y niega con la cabeza.

—Entonces... ¿Podemos intentar llevarnos bien? —pregunto, indeciso.

—Claro, podemos intentar ser amigos — propone, y hago una mueca sutil al escuchar la palabra—. O, si prefieres llamarlo «llevarnos bien», que así sea.

Vuelvo a reírme y asiento, más tranquilo.

Me dice que va a preparar todo para el siguiente turno y me quedo solo terminando de comer.

La tarde es intensa en el restaurante, pues no paramos ni un minuto.

Pero gracias al volumen de trabajo, las horas pasan más deprisa.

Cuando por fin acabamos, Alejandra se deja caer en la barra a mi lado mientras termino de cerrar la caja.

Ella ya ha recogido todo y parece estar esperando a que termine para salir juntos.

—No puedo estar más cansada —suspira, agotada—. Creo que tengo agujetas hasta en las pestañas.

—Ya somos dos —respondo, asintiendo—. No me queda mucho. Termino de cerrar y te acompaño a casa, ¿vale?

Gira la cabeza hacia mí de golpe, claramente sorprendida.

—¿No decías que no tenía que acostumbrarme? —me pincha.

—No me tientes, Alejandra, que te dejo aquí encerrada hasta mañana —contesto levantando una ceja.

Suelta una carcajada que resuena por todo el restaurante y algo cálido me llena el pecho, una sensación nueva que no termino de reconocer.

Poco después, cerramos todo y salimos a la calle; el aire fresco de la noche se agradece después de tantas horas encerrados.

Caminamos despacio, sin prisa, comentando cosas sencillas.

Me cuenta que en unos días ha quedado con Sofi para ir de compras, ya que le apetece distraerse un poco; no puedo evitar fijarme en que, mientras habla, se le iluminan los ojos.

Se la ve ilusionada, más relajada, y me sorprende darme cuenta de que me alegro de verdad por ellas.

El camino se hace corto.

Demasiado corto.

Cuando llegamos a la puerta, nos detenemos un segundo que se alarga más de lo necesario. Hay algo en el ambiente que no termino de identificar, una mezcla de cansancio, calma y una tensión suave que no incomoda, pero que tampoco pasa desapercibida.

—Descansa —le digo finalmente a modo de despedida.

—Tú también —responde con una sonrisa pequeña.

Nos despedimos así, sin más, y la observo entrar antes de darme la vuelta.

Camino hacia mi casa con una sensación extraña instalada en el pecho, algo que no es del todo tranquilidad ni tampoco inquietud, pero que me acompaña durante todo el trayecto, haciéndome pensar en ella más de lo que debería.