Chapter 15
El mar siempre ha tenido un efecto tranquilizador en mí.
Da igual en qué esté pensando o cuánto ruido tenga dentro; basta con oír el romper constante de las olas, sentir la arena bajo mis pies y notar cómo el sol me calienta la piel, para que el nudo que llevo en el pecho se afloje un poco, lo justo para poder respirar sin que duela.
No es que todo esté bien, ojalá fuera tan sencillo, pero sí es verdad que estoy mejor, o al menos intento estarlo cada día.
Hay recuerdos que siguen persiguiéndome, noches en las que las pesadillas me despiertan con el corazón acelerado; pero también hay algo nuevo creciendo despacio: ganas, ilusión, una sensación tímida de que, quizá, estoy volviendo a mí. A la que solía ser.
Como les dije a las chicas, aquí todo va muy rápido.
Me he adaptado a una rutina que no era la mía con una facilidad que todavía me sorprende, he encajado en un sitio que no esperaba y, al terminar el día, a veces tengo esa sensación extraña y reconfortante de haber encontrado, por fin, un lugar donde quedarme un rato más .
Esta tarde he venido a la playa con Andrea y Julio; están justo a mi lado, completamente concentrados en construir un enorme castillo de arena.
Les he ayudado al principio, pero en algún punto he sentido la necesidad de sentarme, abrir un libro y simplemente pensar y analizar todo lo que está cambiando en mi vida.
No hay mucha gente alrededor, lo que me permite vigilarlos sin esfuerzo y, al mismo tiempo, relajarme. Leer aquí se siente como reiniciar tu vida, llenarte los pulmones de aire salado y dejar que cure lo que aún escuece. Al menos, así lo siento yo.
—¡ Miaaa , Aeee ! —me llama Julio, emocionadísimo, para que vea su torre de arena.
—Pero ¡qué bonita es, Julio! —lo animo—. En cuanto esté terminada, os hago fotos con el castillo para enseñárselas a mamá y papá.
Los veo felices. Sobre todo, conmigo, y eso hace que algo dentro de mí se ilumine; me recuerda que venir aquí y dejarlo todo atrás ha merecido la pena.
—Ale, Ale, Ale —me llama Andrea, impaciente—. Mira, he encontrado una concha muy bonita. Toma, te la regalo —dice, tendiéndome la concha con una sonrisa de oreja a oreja.
Le devuelvo la sonrisa y lo abrazo antes de comenzar a darle besos hasta que se queja, entre risas.
Es verdad que puedo ser intensa y muy cariñosa, sobre todo, con ellos.
Porque, aunque mi vida se haya ido a la mierda en cuestión de días, han sido estos niños quienes me han traído hasta aquí y han hecho posible que esté viviendo algo tan bonito .
Siguen jugando con sus cubos y palas mientras mi mente se va, inevitablemente, a mi padre. Aún no me ha llamado y eso es raro, aunque también sé que ha pasado poco tiempo; cuando vivía en Madrid, apenas me llamaba una vez al mes, y ahora mismo no quiero ni imaginar qué pasará cuando se entere.
Por otro lado, de Pablo y Lara no sé absolutamente nada, claro, porque ¿cómo iba a saberlo si los he bloqueado y he eliminado todo lo relacionado con ellos?
Pensándolo ahora, no sé qué duele más, si la traición final o cómo me fueron apagando poco a poco.
Permití que lo hicieran, sin poner límites, y me perdía un poco más cada vez que aceptaba sus palabras hirientes.
Sacudo la cabeza para apartar todo lo negativo y vuelvo al libro.
Es una historia preciosa, con una protagonista fuerte, de esas que inspiran; ojalá parecerme un poco a ella.
El tiempo pasa volando y, cuando estoy a punto de cerrar la novela para avisar a los niños y empezar a recoger, una voz suena a mi lado y me sobresalta tanto que doy un brinco y me llevo la mano al pecho para calmar las pulsaciones.
—Joder —espeto—, no te había visto llegar. Hola, Mateo.
Escucho que se ríe antes de volver a hablar:
—Encima de impuntual y patosa, ahora también eres asustadiza. —Chasquea la lengua—. ¿Hay algo más que tengamos que saber, Alejandra? —inquiere, intentando bromear.
Su tono me pone nerviosa, y su cercanía también. No sé por qué, pero esa mirada tan intensa hace que se me olvide cómo hablar, y aún no he decidido si eso me gusta o me pone de mal humor .
—De momento, no, aunque estoy segura de que soy muchas más cosas —le sigo la broma, tratando de destensarme.
Niega con la cabeza y se acerca a saludar a los pequeños. Andrea y Julio se alegran muchísimo de verlo y enseguida le piden quedarse un rato más para jugar al balón.
—Quince minutos más y luego nos vamos a casa de la abuela Isabella a cenar todos juntos —les explica Mateo, mirándome a mí como si estuviese pidiéndome permiso.
Asiento ligeramente y aprovecho ese tiempo para terminar el capítulo que había dejado a medias, aunque sus risas y los chillidos divertidos cuando Mateo los persigue me distraen más de lo que quisiera.
No sé por qué, pero me gusta verlos así; verlo así a él.
Siempre está tan serio y distante, que verlo cercano y relajado me provoca una calidez extraña en el pecho.
Cuando llegamos a casa de Isabella y Fabio, ya están preparando la cena y poniendo la mesa.
Me siento un poco fuera de lugar. Sé que me han invitado porque quieren, que nadie hace esto por compromiso, pero aun así no me pasa desapercibido cómo Mateo se tensa a mi lado cuando saludo a sus abuelos con dos besos.
—Qué ilusión que estés aquí con los diablillos —me dice Isabella.
Es una mujer adorable. Lleva el pelo gris recogido en un moño bajo y mechones rebeldes escapándose; su mirada —tan azul como la de su nieto— es intensa, pero despierta ternura y dan ganas de abrazarla.
—Muchas gracias por la invitación — agradezco a ambos, acercándome a Fabio para ayudar a poner los cubiertos.
Mateo aprovecha para irse con los niños al jardín trasero y seguir jugando; es increíble que no se queden nunca sin energía.
Cuando todo está listo, Isabella avisa a los chicos y, cuando vuelven, nos sentamos alrededor de la mesa.
A un lado tengo a Julio, al que ayudo de vez en cuando, y al otro a Mateo, que durante toda la cena me observa de reojo.
Esto último hace que no disfrute del todo la comida deliciosa que ha preparado su abuela.
Todo transcurre bien y charlamos un poco de la isla, del restaurante, de los niños, de cosas sencillas que me permiten relajarme... hasta que Isabella lanza una pregunta que me tensa por completo:
—¿Y tu familia, Alejandra? —inquiere con suavidad—. ¿Cómo llevan la distancia? ¿Te echan de menos?
Titubeo, sin saber si mentir o decir la verdad, hasta que inspiro hondo y me atrevo a hablar:
—Mi madre se fue de casa cuando yo tenía ocho años —empiezo, nerviosa—, y con mi padre no tengo muy buena relación —confieso, incapaz de sostenerle la mirada.
Veo la tristeza reflejada en sus rostros y me adelanto antes de que digan nada:
—Pero estoy bien —aseguro, forzando una sonrisa—. Tengo dos amigas con las que vivo en Madrid y son como mis hermanas.
—Ay, qué alegría. ¿Cómo se llaman? —quiere saber Isabella, cambiando de tema.
Se lo agradezco con la mirada y le cuento sobre Carla y Paula un ratito más. Ojalá puedan venir pronto a verme, estoy segura de que les encantaría este sitio.
Seguimos hablando de cosas sin importancia hasta que terminamos de cenar. Ayudo a recoger todo y, cuando estoy a punto de marcharme con los niños para ir a casa, me paro frente a Isabella y Fabio para despedirme:
—Muchísimas gracias por la invitación, por la cena, y por el postre. Estaba todo buenísimo —les digo con una sonrisa antes de darles un abrazo.
—No es nada, bonita, esperamos verte más —me dice Isabella.
—Mateo —lo llama su abuelo—, haz el favor de acompañarlos. Es tarde y, aunque está cerca, no quiero que vayan solos.
No sé si me hace especial ilusión que nos acompañe, pero me limito a sonreír forzadamente mientras los cuatro salimos a la calle.
Vamos caminando en silencio mientras los niños parlotean entre ellos sin parar, saltando de un tema a otro; Julio se mueve inquieto en los brazos de Mateo y Andrea va contando los pasos que faltan para llegar, impaciente y medio dormido a la vez.
Yo avanzo despacio, notando el cansancio en las piernas y ese cosquilleo incómodo que me recorre cada vez que Mateo está tan cerca.
Miro de reojo varias veces en su dirección y lo pillo observándome, aunque cada vez que nuestras miradas están a punto de cruzarse, aparta la suya y finge prestar atención a los niños. El silencio entre nosotros no es incómodo, pero sí denso.
Cuando llegamos al jardín de los Fernández, no nos da tiempo ni a cruzar el camino, ya que en cuanto los niños reconocen la verja, salen disparados hacia la puerta de casa, riendo y empujándose entre ellos.
Mariana abre casi de inmediato y nos saluda con una sonrisa y una mano en alto antes de meter a los niños en casa.
—Bueno, pues... —empiezo a decir, inquieta—. Muchas gracias por acompañarnos. Y por la cena —añado.
—No te acostumbres —me espeta con seriedad, mirándome de arriba abajo.
Me quedo tan fría ante su respuesta que no sé bien cómo reaccionar. Creo que incluso he abierto la boca, sorprendida. No me lo esperaba.
Como no entiendo a qué se refiere, vuelvo a hablar:
—¿Perdona? —le pregunto, clavando mis pupilas en las suyas.
—Eso, que no te acostumbres a las cenas, ni a que te acompañe...
Bueno, ni a nada —termina de decir—. No tienes una familia, pero tampoco la vas a tener aquí —añade con los párpados entornados, desconfiado—.
No sé lo que estás buscando ni el tiempo que pretendes quedarte, pero crear vínculos para luego irte y olvidarte de las personas, me parece muy cruel por tu parte.
Ahora mismo no entiendo nada. No entiendo esa reacción ni a qué se refiere.
Yo no pretendo encontrar nada aquí; con volver a ser yo sería suficiente.
Siento el color tiñendo mis mejillas y cómo el dolor que me han provocado sus palabras se me acumula en los ojos.
Pero lo tengo claro: no voy a darle el gusto de verme llorar.
Me he cansado de que la gente me vea débil y manipulable, de que se crean con derecho a decirme lo que quieran, pensando que aquí estará siempre la tonta de Ale para perdonarlo todo.
Ya está bien de humillaciones. Es hora de poner límites:
—Mira, no sé ni por dónde empezar... —Me intenta interrumpir con un gesto, pero le lanzo una mirada que parece ser suficiente para que se calle—.
No me conoces, Mateo. No sabes absolutamente nada de mí, ni si necesito o no una familia, porque casualmente llevo toda mi vida sin tener una y sigo aquí.
—Extiendo los brazos, mostrándome—. No he venido más que a trabajar.
Si te parece bien o mal, es tu problema, no el mío.
Pero que te quede una cosa muy clara: no voy a tolerar nunca más que me hables así —digo con firmeza, alzando el mentón—.
Tú sigue por tu camino y yo haré el mío.
No tenemos por qué hablar, es más, ¡mejor que ni me hables!
Si no vas a aportar nada bueno a mi vida aquí, no te quiero cerca.
Dicho esto y sin darle tiempo para contestar, me giro y me voy a mi casa. Bueno, a la que es mi casa aquí. Camino rápido, porque haber dicho todo eso casi sin parar me ha puesto repentinamente nerviosa. Noto un nudo en el pecho y estoy muy cabreada.
Trato de relajarme un poco en la ducha y, cuando salgo, mando un mensaje al grupo que tenemos Carla, Pau y yo. No puedo evitar sonreír al ver el nombre del grupo. Nunca decimos el porqué, pero las tres sabemos que es por una de nuestras sagas de libros favorita.
No me da tiempo a responder antes de que la solicitud de videollamada aparezca en mi pantalla; descuelgo y las veo sentadas en el sofá. Me apuesto un brazo a que estaban viendo una peli, como cada sábado.
—Cuéntanos qué ha pasado —exige Carla sin saludar siquiera.
Les cuento el día de playa, lo tranquila que he estado leyendo y cómo Mateo ha sido agradable cuando nos hemos encontrado allí.
También les hablo de la cena, de los momentos de tensión y de lo mucho que, aun así, he disfrutado de la compañía de Isabella y Fabio.
Por último, relato el camino de vuelta y lo que me ha soltado al despedirse, y también cómo he explotado y le he dicho todo lo que pensaba.
—Pues a mí me parece que has hecho muy bien —comenta Paula—. Es más, me siento orgullosa de que no te hayas callado nada.
—Sí, Ale —afirma Carla—. Es un paso enorme para ti. Vienes de relaciones que te han dejado muy mermada en ese aspecto y, bueno... Él es un poco idiota, la verdad.
Al contarles todo esto, me siento más tranquila y me permito dejar atrás un poco el mal trago. Cambiamos de tema y hablamos un rato más antes de despedirnos; antes de colgar, Paula me llama:
—Oye, Ale, que no te moleste lo que te voy a decir —advierte con una sonrisita de las suyas—. Pero ¿podrías hacerle una foto a Mateo para verlo? Seguro que es borde, pero no me cabe duda de que está bueno.
—Ay, sí, sí, ¡queremos verlo! —dice Carla animada.
—¿En serio? —pregunto asombrada—. Yo flipo con vosotras. ¡No voy a hacerle ninguna foto!
—Venga, anda —insiste la pelirroja, y hace un puchero con el labio inferior para chantajearme—. Nos has enviado fotos de casi todos, ya conocemos a Sof y a los niños... ¿Qué más te da?
—Ale, solo es una foto sin que se entere —añade Carla—. Ni se dará cuenta, eres buena disimulando.
—Chicas —las interrumpo—, no voy a hacer ninguna foto, y menos a él. Os aguantáis con lo que os he contado. Es guapo, pero gilipollas. ¡Ya está!
Sueltan una carcajada y no puedo evitar reír con ellas. No sé en qué momento se les ha pasado por la cabeza que hacerle una foto sería buena idea.
Tras otra ronda de despedidas, cuelgo la llamada. Aunque el cabreo se me ha pasado bastante gracias a las chicas y sus ocurrencias, no puedo evitar pensar en las palabras de Mateo.
«No tienes una familia, pero tampoco la vas a tener aquí.»
Es lo que más me ha dolido de todo lo que ha dicho. Porque, aunque apenas me conozca, sé que tiene razón. No tengo una familia... y tampoco la voy a encontrar aquí.