Sin miedo a perder(te) Chapter 14
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Chapter 14

No soy consciente del paso de los días hasta que Sofi me pregunta qué voy a hacer este fin de semana. Ella tiene que estudiar para los próximos exámenes, así que supongo que los chicos y yo iremos a la playa a pasar la tarde, ya que el buen tiempo invita a ello.

La semana ha transcurrido demasiado rápido; todo ha vuelto a la rutina de siempre, con la presencia de Alejandra como única diferencia.

Desde el encontronazo en el jardín, no he podido evitar pensar en ella y observarla más de lo que me gustaría admitir.

Según avanzan los días, la voy viendo diferente; sigue llegando tarde y, aunque me molesta su impuntualidad, he empezado a asumirla como algo casi normal en ella.

Además, ha aparecido un brillo nuevo en sus ojos, y no solo eso, sino que cada vez que cruzamos unas palabras, me sostiene la mirada y muchas veces frunce los labios, como si se tragara la respuesta para no soltarme algo que me dejaría callado.

Es gracioso, y al mismo tiempo frustrante, porque no quiero acostumbrarme a tenerla aquí .

—Qué rabia, vosotros en la playa y yo tengo que estudiar... No es justo —se lamenta Sofi cuando llega a la barra.

—Mira que te gusta quejarte. Solo es un fin de semana, el siguiente ya serás libre para celebrar que, como siempre, has aprobado —intento animarla mientras reviso por quinta vez unas cuentas que no me dan el resultado esperado.

—Sí, y ya he quedado con Ale en que el sábado que viene saldremos de fiesta —me informa, alegre—. Me ha costado convencerla; dice que no es muy de discotecas...

No puedo evitar mirar a Alejandra después de la mención, y la encuentro recogiendo una mesa y despidiéndose de los últimos clientes con una sonrisa increíble.

Aunque me fastidie reconocerlo, tengo que admitir que se le da bien; conecta con la gente, se mueve con naturalidad y, aunque a veces se pone nerviosa cuando le explico algo nuevo, resulta fascinante la determinación que tiene y lo perfeccionista que es.

Sofía sigue hablándome, pero hace rato que he dejado de escucharla.

—Bueno, Mat, como veo que me estás ignorando... —me llama la atención, riéndose—. Me voy ya, que me han adelantado la clase.

—Sí, sí, me lo dijiste esta mañana —le recuerdo.

Se despide de mí con un beso en la mejilla y se acerca a Alejandra para darle otro; escucho a la recién llegada desearle suerte y pedirle que luego se lo cuente todo.

Debería sorprenderme que se hayan hecho tan amigas en tan poco tiempo, pero no lo hace en absoluto, pues lo vi venir desde el principio.

Encajan a la perfección y se tratan la una a la otra como si se conocieran de toda la vida.

Vuelvo a centrarme en las cuentas, que siguen sin salirme. No sé qué estoy haciendo mal, pero cada vez me cuesta más concentrarme y no logro encontrar el fallo. Estoy tan absorto, revisando los documentos con el ceño fruncido, que no me doy cuenta de la presencia frente a mí hasta que habla:

—¿Necesitas ayuda con algo más? —me pregunta Alejandra—. Aún es pronto y tengo tiempo.

Me quedo mirándola mientras sonríe ligeramente. Sus ojos marrones me observan con atención y, por un segundo, me quedo sin saber qué decir. Definitivamente, las horas sin dormir empiezan a pasarme factura.

—Eh... —murmuro, dubitativo—. ¿Puedes terminar de recoger lo que queda por mí? Necesito ir al despacho y centrarme en esto. —La muestro los documentos.

—Claro, no te preocupes, yo me ocupo —asegura—. Cuando me vaya, te aviso —me responde.

Asiento débilmente. Alejandra y yo hemos llegado a una especie de tregua, o al menos yo lo he hecho. No soy la persona más agradable con ella, pero intento ser educado... aunque no siempre lo consiga.

Me dirijo al despacho lo más rápido posible, porque necesito terminar esto e irme a casa; estoy reventado.

Me encierro en la habitación y empiezo a revisar carpetas y facturas una tras otra, buscando el error.

Cada minuto que pasa me siento más frustrado.

No sé cuánto tiempo llevo aquí, cuando unos golpes en la puerta me hacen levantar la cabeza.

Alejandra da un paso y me comenta que se va. Suspiro cansado y asiento .

—¿Quieres que revise contigo esos documentos? Quizá entre los dos podamos ver el fallo —se ofrece, algo insegura.

—¿Quién te hace pensar que necesito tu ayuda? —espeto, frunciendo el ceño—. Llevas aquí una semana y ya crees que lo sabes todo. Fascinante —ironizo.

No sé si estoy más cabreado por el cansancio o por su forma de ser. Ella me mira sorprendida y niega suavemente con la cabeza antes de saltar a la defensiva:

—Solo llevo una semana, sí, pero ya puedo ver lo imbécil y cabezota que puedes llegar a ser. Te estoy ofreciendo ayuda, Mateo, y si te molesta, me dices «No, gracias» y ya está —dice de carrerilla, gesticulando con las manos, visiblemente enfadada. Antes de irse, añade—: En fin, hasta mañana.

—Espera —digo sin pensar, sorprendiéndome a mí mismo—. Lo siento. Es el cansancio —me excuso mientras le tiendo los documentos—. Hay una cuenta que no sale. Creo que hay una factura mal contabilizada, pero no la encuentro.

No la miro a los ojos, pues me siento mal por haberle hablado así. Duda unos segundos antes de aceptar la disculpa. Suspira al cerrar la puerta y avanza hasta la mesa, se sienta a mi lado y revisamos una a una las facturas durante casi una hora, hasta que de pronto sonríe y asiente, convencida.

—Mira, aquí está. Esta factura no está contabilizada, por eso no cuadra el resultado —me dice, levantándose y acercándose un poco más a mí para mostrármela.

Su pelo me roza el brazo. Después de la jornada, se lo ha soltado y se ha hecho dos trencitas que recogen su flequillo. El olor a coco invade mis sentidos y me cuesta concentrarme en lo que me está explicando, pero sacudo la cabeza y sigo la línea que señala.

—Tienes razón, no me había dado cuenta de que faltaba esta —admito.

Levanta la mirada y me sonríe de nuevo. Está demasiado cerca.

Tanto, que el espacio entre los dos se vuelve incómodo, cargado de algo que no sé identificar.

Puedo notar su respiración rozándome la piel de forma irregular y contenida, y me doy cuenta de que se muerde el labio con un gesto nervioso de manera casi inconsciente.

Mis ojos bajan hasta ahí sin que pueda evitarlo, atraídos por ese sutil gesto, y tardo un segundo de más en obligarme a volver a mirarla a los ojos.

De cerca, distingo pequeñas motitas amarillas salpicando sus iris, un detalle mínimo que se me queda grabado sin motivo, como si mi cabeza decidiera aferrarse a él.

Me incomoda lo mucho que la noto, lo presente que está de pronto.

El silencio es pesado y espeso, y tengo la sensación absurda de que, si alguno de los dos se mueve un centímetro más, algo va a romperse.

No sé qué es, pero no me gusta sentirme así, con la atención atrapada en alguien cuando debería estar pensando en cualquier otra cosa.

Entonces, suena la campanilla de la puerta del restaurante, clara y repentina, rompiendo el momento.

Alejandra se sobresalta y se separa de inmediato, como si también hubiera sido consciente de esa cercanía.

Da un paso atrás demasiado rápido y el aire vuelve a circular entre nosotros.

Yo respiro por fin, aunque no estoy seguro de si lo hago aliviado... o decepcionado.

—Voy a ver quién es —se excusa, saliendo deprisa.

Cuando termino de recogerlo todo, salgo del despacho y me encuentro a mis nonni hablando tranquilamente con ella.

—Hola, cariño —me saluda la abuela—. No nos habías dicho lo guapa que es la ragazza.

Me limito a sonreír mientras veo cómo Alejandra se sonroja.

—Alejandra —la llamo—. Esta es mi abuela Isabella y mi abuelo Fabio.

— Piacere di conoscerti, ragazza [2] —dice el abuelo, tendiéndole una mano que ella acepta sin dudar.

Mi abuela le pregunta por los niños de los Fernández y observo cómo se le ilumina la mirada al hablar de ellos. Dice que son unos diablillos, pero que cada día los quiere más y que este fin de semana piensa ir a la playa con ellos.

—Cómo me alegro, bonita. Pásate por casa para cenar todos juntos después de la playa, ¿quieres? —la invita la nonna.

Me quedo sorprendido y, cuando la miro, veo que me guiña un ojo. Ya está haciendo de las suyas. No sé qué ha visto en Alejandra, pero está claro que le ha caído bien desde el primer momento. Veo cómo me mira de reojo antes de aceptar la invitación.

Genial.

No solo tengo que aguantarla en el trabajo, sino ahora también en mi casa.

Cuando se despide porque tiene que ir a cuidar a los niños, mi abuela se acerca y la abraza; al principio Alejandra se sorprende, pero enseguida le devuelve el gesto. En cuanto sale por la puerta, no puedo contenerme más.

—¿Se puede saber qué intentas? —le reprocho a la nonna con mal humor.

— Attento a quel tono, giovanotto [3] —me advierte el abuelo; no le gusta nada cuando contesto así.

—Mateo, solo lleva una semana aquí, no tiene familia ni amigos, y lo único que he hecho ha sido invitarla a cenar para conocerla mejor —me explica la abuela con calma—. Si tanto te molesta que esté, no vengas tú a cenar ese día.

Me quedo sin palabras.

Faltaría más. Ahora resulta que no puedo estar en mi propia casa porque mis abuelos se dedican a adoptar a todo el que llega nuevo a la isla.

Suelto un suspiro frustrado y a la abuela se le escapa una carcajada que la delata. Sé perfectamente lo que está intentando, y no lo va a conseguir. Alejandra no va a ser mi amiga.