Chapter 13
Llevo toda la tarde jugando con los pequeños y, siendo sincera, hacía muchísimo tiempo que no me sentía tan libre.
Gracias al buen tiempo, después de merendar hemos salido al jardín a disfrutar del aire fresco.
Solo he pasado un par de horas con ellos y ya los adoro con todo mi corazón.
Esos ojos azules y ese pelo tan rubio me van a llevar a la ruina, porque no soy capaz de decirles que no a nada.
Son encantadores, aunque me han dicho que es mejor no fiarse demasiado.
Mientras celebramos un gol de Julio, me viene a la mente el momento en el que, durante la merienda, Andrea ha colado unas gominolas en el zumo de su hermano para, según él, darle más sabor. Las gamberradas de estos dos no tienen fin.
Estoy riendo a carcajadas por las muecas que está haciendo Andrea, cuando siento unos ojos fijos en mí.
Al girarme, me encuentro a Mateo observándonos...
o, mejor dicho, observándome como si me viera por primera vez.
La risa se me atasca un poco, aunque me recompongo enseguida y le saludo con un gesto de la mano.
Percibo una pequeña sonrisa ladeada por su parte.
No me cae mal, pero sí tengo que reconocer que ha sido un idiota conmigo.
Es posible que no le haga ninguna gracia mi presencia aquí, pero de momento no tengo intención de irme, así que no le queda otra opción.
— Eooo —lo saluda el menor de los hermanos.
Me hace muchísima gracia cómo habla Julio; se come casi todas las consonantes. Ambos van corriendo hacia Mateo y se abrazan a él, que justo en ese momento se agacha y abre los brazos para recibirlos.
—Hemos comido golosinas y ahora estamos jugando con Ale —le informa Andrea—. Es nuestra niñera, ¿lo sabías?
—Claro, ya nos conocemos —responde Mateo, mucho más alegre que esta mañana.
Hay que ver lo majo que se vuelve cuando le conviene.
Los tres se acercan a mí. Andrea y Julio deciden seguir jugando con el balón; en cambio, Mateo continúa mirándome de arriba abajo.
Desde luego, mi outfit no es el mejor y, además, estoy despeinada y sudada, así que no sé muy bien qué puede estar observando con tanta atención.
Piensa que no me doy cuenta, pero sí lo hago.
Soy consciente de sus ojos puestos en mí y eso me pone muy nerviosa, porque siento que está esperando a ver qué fallo cometo para luego recriminármelo, igual que hacían Pablo o Lara.
Sacudo la cabeza en cuanto ese pensamiento cobra forma; no quiero comparar a alguien que acabo de conocer, aunque sea un gruñón, con las dos personas que se encargaron de destruir poco a poco mi vida.
Mateo carraspea y dejo de divagar para prestarle atención.
—¿Te gustan los niños? —me pregunta, muy serio.
—Eh... Sí —balbuceo—. Me encantan. Desde siempre he tenido una conexión especial con ellos y disfruto mucho de su compañía. No digo que quiera ser madre, bueno, no ahora... Pero en un futuro, quién sabe. Es algo que...
—No hace falta que me des explicaciones, Alejandra —me interrumpe—. Solo era una pregunta de sí o no.
No sé en qué momento he empezado a desviarme tanto del tema. Cuando me pongo nerviosa, es como si me dieran cuerda y hablara sin sentido ni control.
—Llámame Ale, por favor —le pido.
Sé que ha sonado más a un ruego que a una sugerencia, pero no me gusta mi nombre completo; solo me trae recuerdos de las personas que me llamaban así, personas que ahora mismo no quiero en mi cabeza.
—¿Por qué? —inquiere.
—Porque lo prefiero. Mis amigos me llaman Ale —respondo con una sonrisa, ofreciéndole una especie de bandera blanca para que deje de haber tanta tensión sin motivo.
—¿Y quién ha dicho que tú y yo vayamos a ser amigos? —replica—. No tengo intención de ello, Alejandra.
Me quedo quieta, lo miro y frunzo el ceño.
¿Se puede saber qué coño le he hecho yo a este chico para que sea tan antipático?
—Fuera del restaurante, dejas de ser el encargado, Mateo —le recuerdo, señalándolo con un dedo, mientras me mira confundido—. Puedo mandarte a la mierda cuando me dé la gana. Si piensas que voy a dejar que me hables como quieras, vas listo.
No sé de dónde me ha salido esta vena valiente, pero estoy harta de que las personas que me rodean se crean con derecho a tratarme como quieran, sobre todo como si fuera una mierda.
—No esperaba menos —dice con una sonrisita ladeada.
Pongo los ojos en blanco y lo miro de reojo.
Con esa sonrisa se le marca un hoyuelo y no puedo evitar fijarme en que, en realidad, es guapo: la piel morena y el pelo castaño, contrastan con el azul intenso de sus ojos.
Me fijo más en sus rasgos y descubro pequeños detalles que antes había pasado por alto: tiene una nariz recta que encaja perfectamente con la armonía de su rostro, unos ojos grandes y almendrados que parecen destacar incluso más cuando sonríe, y sus labios son gruesos y tienen un arco de cupido bien marcado.
La mandíbula firme define sus facciones, aportándole un aire más serio.
Hay algo en la forma en la que sus rasgos combinan entre sí, que hace difícil no quedarse mirándolo un poco más.
Aun así, prefiero no contestarle e ignorarlo; creo que eso le va a sentar peor.
—Niños, vamos a la ducha, que se hace tarde y dentro de poco vendrán vuestros padres —les digo a Andrea y Julio—. Despedíos de Mateo, que se va ya.
Me mira sorprendido por lo directa que he sido al echarlo, y yo le devuelvo una sonrisa de lo más falsa. Si quiere jugar a ser gilipollas, yo también sé hacerlo.
El primer día aquí me ha dejado reventada.
Mientras bañaba y ponía el pijama a los peques, me han invadido recuerdos felices de mi infancia, los pocos que tengo.
Como cuando jugaba con mamá y papá, cuando aún éramos una familia y ella todavía no había decidido irse y él me demostraba que me quería.
Trato de apartar esos pensamientos, pero miro a Andrea y Julio y deseo con todas mis fuerzas que nunca vivan lo que viví yo, que sean felices siempre, porque ahora, viéndolos en el sofá mientras ven dibujos, soy consciente de que me van a importar mucho más de lo que creía.
Me despido de ellos con un abrazo y un beso en cuanto llegan Mariana y José, y me voy hacia mi pequeña casita. Qué raro se me hace llamarla así y pensar que es mi nuevo hogar. Solo llevo aquí un día y siento que encajo mejor que en toda mi vida en Madrid.
Con la intención de llegar cuanto antes a la cama, me doy una ducha rápida, me preparo una ensalada para cenar y aviso a las chicas para hacer videollamada.
—¡Holaaa, amiga! —me saludan al unísono Carla y Paula en cuanto me ven.
—Hola, chicas —contesto con una sonrisa—. ¿Me echáis de menos?
Se ríen antes de contestar:
—Pues claro, Ale —asegura la pelirroja—. Echo de menos hasta que la alarma suene ochocientas veces antes de que te dignes a levantarte.
Se me escapa una carcajada y les cuento que la dichosa alarma de esta mañana casi provoca que me despidan.
Les hablo de que he llegado tarde y del encontronazo con Mateo, de lo borde que es, y de que, para colmo, es el encargado cuando José no está.
También les cuento lo maja que es Sof, la paciencia que ha tenido conmigo y que ha prometido enseñarme la isla .
—Oye, pues para ser el primer día no ha ido nada mal, tía —comenta Carla—. Ahora lo importante... ¿Ese tal Mateo es guapo?
No puedo evitar reírme. Solo a ella se le ocurre preguntar eso.
—Carla, si lo acabo de conocer —me quejo—. Y lo único que ha sido es un gilipollas.
—Ale, no me seas cabezota. Que sea borde, no significa que no pueda ser guapo —añade Paula, alzando las cejas de forma sugerente.
Cuando estas dos se ponen de acuerdo contra mí, no hay nada que hacer.
—Bueno... Quizá es un poco guapo, sí, pero no es mi tipo —aclaro rápidamente.
—¿Y quién ha dicho que lo sea? —cuestiona Carla, sonriendo con picardía—. Te delatas tú sola, querida.
Niego con la cabeza mientras me río. Consigo cambiar de tema y me cuentan qué tal les ha ido en clase.
Paula me habla de un vecino nuevo y, según ella, en palabras textuales, «está como un quesito», aunque la otra dice que no es para tanto.
Llevo un rato riéndome de sus pequeñas discusiones cuando un pensamiento me atraviesa y me congela la sonrisa.
—¿Qué pasa, cariño? —pregunta Paula, que me conoce bien el gesto.
—Chicas... ¿No sentís como que todo está yendo demasiado rápido? —murmuro cuando la ansiedad se instala en mi estómago.
—¿A qué te refieres? —insiste Carla, buscando una explicación.
—Siento que de un día para otro Pablo me engañó, Lara me traicionó y ambos se fueron de mi vida...
Y yo... Yo... —balbuceo conteniendo las lágrimas—.
He salido corriendo en la dirección contraria para no afrontar nada.
¿Y si me estoy escondiendo del dolor? ¿Y si no estoy sintiendo lo que debería sentir?
—Ale, no has huido —asegura la morena con cariño—. Has tenido la oportunidad de encontrarte, de vivir esta experiencia y de aprender a quererte, y lo has hecho sin dudar. Eres muy valiente.
—Además —añade la otra—, el duelo de ambas relaciones lo viviste dentro de ellas: cuando te hacían daño con sus palabras, cuando no valoraban tu amor y, sobre todo, cuando te traicionaron.
Me quedo pensándolo y sé que tienen razón. Durante todos esos años fue cuando me perdí, cuando dejé de brillar para mí y empecé a hacerlo solo para ellos, cuando dejé de valorarme porque ellos lo hacían a cuentagotas.
—Tía, aprovecha esto —me anima Carla—. Vive, conoce gente, aprende, tómate tiempo para ti y, cuando vuelvas, asegúrate de que la que llegue sea la nueva versión de Ale, la que más va a brillar.
—Y si Mateo es guapo, te lo puedes ligar también —propone Paula, riéndose.
Suelto una carcajada y la tensión se disipa.
Ellas se miran y se ríen.
—Sois de lo que no hay —murmuro con un resoplido—. Me voy a dormir, que quiero despertarme pronto y no volver a llegar tarde. No soportaría otra bronca del señor gruñón —les digo, divertida.
Nos despedimos hasta el día siguiente. Estoy tan cansada que hoy ni siquiera voy a leer, sino que voy directa a la cama y pongo diez alarmas para no llegar tarde.
Envuelta en las sábanas, me quedo con la sensación de que estoy aquí, ahora, y de que tengo que vivir este momento, encontrarme de nuevo, y volver a ser yo.