Sin miedo a perder(te) Chapter 12
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Chapter 12

Cuando Alejandra desaparece detrás de la puerta del vestuario con Sofi, suelto una bocanada de aire, destensándome.

Intento concentrarme en encender las tablets y dejar todo listo para el turno, pero no consigo sacarme de la cabeza ese pequeño instante; esa mirada vacía y perdida tan parecida a la mía cuando llegué aquí, cuando me obligué a huir y a dejar atrás todo lo que conocía para empezar de nuevo.

No sé por qué me molesta tanto, pero lo hace; quizá porque podría ser un recordatorio constante de lo que fui.

Sacudo la cabeza y me apoyo en la barra, intentando deshacerme de esa sensación incómoda.

El restaurante empieza a despertar poco a poco: llegan el resto de los compañeros junto con los primeros clientes, se escucha el tintinear de los cubiertos, el murmullo constante de la cocina, el aroma a café recién hecho y esa alegría particular que desprende este lugar.

Es uno de los pocos sitios donde tengo claro qué hacer para que todo funcione correctamente, donde no hay margen para el error si sigues las normas.

Y entonces la veo. Sale del vestuario con Sofía, camina con pasos cautelosos, ajustándose el delantal y moviéndose con cuidado, como si cada gesto pudiera romper algo.

Mis ojos se detienen en su figura sin apenas darme cuenta, en la manera en que parece medir cada paso, cada movimiento, y noto la forma en la que su inseguridad se refleja en los pequeños detalles, como en la forma en la que camina, y eso vuelve a incomodarme.

Sofía regresa enseguida, con una sonrisa que se borra ligeramente cuando se acerca a mí dentro de la barra.

—Podrías haber sido un poco menos borde —me reprende en un susurro, procurando que ella no la escuche.

—Podría —respondo sin mirarla—, pero la vida es dura.

—Está nerviosa, Mateo.

—No es mi problema.

—A veces, me sorprende lo gilipollas que puedes llegar a ser —me espeta antes de desaparecer en la cocina.

Alejandra está doblando unos manteles y guardándolos en una estantería justo debajo de la barra. Me acerco a ella, mostrando una seguridad que no tengo y decidido a explicarle lo que necesita saber en el menor tiempo posible, sin rodeos.

—Ven —le digo—. Te explico rápido y empezamos.

Se acerca despacio, no levanta la vista de inmediato y evita mirarme a cara, y no sé si es porque ella también ha percibido ese vacío en mis ojos. Sus hombros están tensos, lo percibo con facilidad, al igual que noto cómo se muerde el labio una y otra vez por los nervios .

—Aquí se toman las comandas, y este apartado es para cuando quieres finalizar la cuenta para cobrar —le explico, señalando la tablet —. Recuerda que no puede salir nada de cocina sin antes anotarlo; si te equivocas, lo dices, no improvises y, por favor, no llegues tarde.

No sé qué me pasa. Siempre he sido una persona distante, pero no tan borde como estoy siendo con ella; me sale sin ser consciente. Cuando alza la mirada para fijarse en mí, con esos ojos castaños tan grandes, contengo la respiración por un momento.

—Lo sé —responde—. Ya pedí perdón.

—Vamos —interviene Sofi, rompiendo el momento—. Te enseño las mesas, Ale.

La chica nueva asiente y se deja guiar, todavía con pasos cautelosos.

La sigo con la mirada mientras avanza, evitando rozarme al pasar por mi lado.

Cada gesto me recuerda que no está acostumbrada a este lugar y me hace pensar que quizá está huyendo de algo, igual que yo lo hice.

No puedo evitar preguntarme qué carga trae consigo, qué fantasmas del pasado la hacen moverse con tanta inseguridad.

No sé qué hago pensando en todo esto, porque en realidad no quiero saber nada de ella; solo va a estar aquí una temporada y luego no tendré que volver a verla.

La mañana avanza sin contratiempos y todo está en orden, lo que me permite salir un momento de la barra para ir al despacho de José a dejar unas facturas de los proveedores.

Para acceder hay que atravesar los vestuarios; el despacho es amplio, con una mesa enorme y varias sillas alrededor.

Guardo las facturas en la carpeta correspondiente y regreso hacia la barra.

Al llegar, veo que Alejandra está terminando de secar unas copas.

Entro justo cuando ella está a punto de salir y, de repente, tropieza con una losa del suelo que está un poco levantada.

Es apenas un instante, un desequilibrio mínimo, pero antes de que pueda reaccionar me inclino hacia delante y, por puro instinto, la sujeto del brazo para evitar que caiga.

Acabamos demasiado cerca y siento cómo su cuerpo se tensa con mi contacto, cómo contiene el aire de manera casi imperceptible.

—Encima de impuntual... patosa —suelto sin pensarlo demasiado, sonando más seco de lo que debería.

Levanta la mirada hacia mí y sus ojos me atraviesan; durante un segundo siento que todo se congela, porque hay algo en esa mirada que me desarma y me irrita al mismo tiempo, si es que eso es posible.

—¿Algo más? —responde con un hilo de voz que desafía mi comentario, sin agresividad, solo con una chispa de orgullo.

Aparto la mirada, intentando que la tensión desaparezca, aunque no lo consigo del todo. No debería importarme, pero siento curiosidad y rechazo a la vez, y esa mezcla me incomoda más de lo que estoy dispuesto a admitir.

El día se me ha hecho interminable.

Cubrir el turno de la tarde no estaba en mis planes, pero cuando José llamó diciendo que el responsable se había puesto enfermo y no podía venir, ni siquiera lo dudé.

Alguien tenía que hacerse cargo y, como casi siempre, fui yo quien dio un paso al frente.

Sofía y Alejandra se marcharon después del servicio de comidas; la primera tenía clase por la tarde y la otra debía quedarse un par de horas cuidando de Andrea y Julio.

Me quedé solo al frente del restaurante, enlazando mesas, pedidos y cierres sin apenas darme cuenta de cómo avanzaban las horas.

Ahora me muevo con movimientos automáticos, revisando que todo esté limpio y en su sitio, apagando las tablets , colocando las sillas y dejando la barra impecable.

Me duele ligeramente la cabeza, esa presión constante detrás de los ojos que no desaparece ni aunque cierre un momento los párpados.

Estoy reventado y lo único que quiero es llegar a casa, darme una ducha y dejarme caer en la cama sin pensar en nada más.

Cuando termino, salgo al exterior y respiro hondo, agradeciendo el aire fresco del final de la tarde.

Camino unos pasos y, casi sin pensarlo, me desvío hacia el jardín de los Fernández.

No es por ella, me digo de inmediato; es solo para saludar a Andrea y Julio si todavía están jugando.

Siempre me ha gustado pasar un rato con ellos cuando puedo, ya que su energía es contagiosa, incluso en días como hoy.

Antes de llegar, escucho risas, gritos agudos y divertidos que rompen el silencio de la tarde, me acerco un poco más y entonces la veo.

Alejandra está en medio del jardín, jugando al balón con los niños.

Corre detrás de ellos, se agacha, se ríe sin contención cuando uno de los dos falla un pase, y levanta los brazos celebrando como si fuese algo importante.

Tiene el pelo algo despeinado, la camiseta arrugada y una sonrisa abierta que no le había visto en el restaurante; tampoco hay tensión en su postura, ni rigidez, ni ese cuidado excesivo al caminar. Aquí parece ligera. Libre.

Me quedo quieto unos segundos, observando la escena sin querer hacerlo.

Me sorprende la facilidad con la que encaja con ellos, la naturalidad de sus gestos, la risa franca que le sale del pecho.

No se parece en nada a la chica insegura que esta mañana evitaba mirarme a los ojos detrás de la barra, y esa contradicción me provoca una sensación extraña que no sé muy bien cómo encajar.

Doy un paso al frente para saludar, decidido a no darle más vueltas y, justo en ese instante, como si hubiera sentido mi presencia, Alejandra levanta la vista.

Nuestros ojos se encuentran.

Su sonrisa se apaga solo un poco, lo justo para transformarse en algo más contenido y consciente. Yo me quedo ahí, con el cansancio pesándome en los hombros y esa sensación rara instalada en el pecho.