Chapter 11
Aviso a Paula y Carla en cuanto me instalo en mi...
¿casa? ¿Puedo llamar así a este lugar? Es un pequeño estudio independiente de la casa familiar, con cocina y sala de estar en el mismo espacio, un dormitorio en el que apenas cabe la cama, y un baño bien distribuido.
La vivienda principal y esta casita están conectadas a través el jardín mediante un camino de piedras bordeado por plantas y flores.
Es sencillo, pero acogedor y, aunque es pequeño, me gusta.
Me encanta, en realidad, porque puedo considerarlo mío. Mi hogar durante estos meses.
Además, Mariana y José son un amor. Se han ido a buscar a los niños para que los conozca antes de irme a dormir. Es pronto, pero estoy agotada tras el viaje y, aunque me han enseñado ambas viviendas de forma rápida, han prometido que mañana, con más luz, veremos todo con calma.
Escucho unos golpes suaves en la puerta y me apresuro a abrir.
—Ya estamos aquí —dice Mariana, sonriente—. Estos dos pequeñines que se esconden detrás de mí, son los diablillos a los que tienes que cuidar: el mayor es Andrea y el pequeño, Julio.
Los dos niños se refugian tras las piernas de su madre.
—Pero, bueno... ¿Os ha entrado la vergüenza ahora? —inquiere divertido José, tras soltar una carcajada al verlos tan colorados.
Al fin levantan la cabeza y me miran. Y prometo que me enamoro al instante, porque tienen los ojos enormes y el pelo tan rubio como el de su madre; y caritas de ángeles, sí, aunque algo me dice que esa inocencia es pura apariencia.
—Hola, Andrea. Hola, Julio —los saludo, agachándome para quedar a su altura.
—Sabe hablar como nosotros —murmura Andrea, sorprendido.
Me río y José me explica que la anterior niñera solo hablaba italiano.
—Espero que nos llevemos muy bien y que juguemos mucho juntos —les digo, acariciándoles el pelo—. Yo soy Alejandra, pero podéis llamarme Ale.
— Aeee —repite Julio, canturreando.
Su presencia me llena de algo cálido. Siempre me han gustado los niños, y a pesar de que sé que me darán guerra y me sacarán de quicio más de una vez, también sé que me hará bien pasar tiempo con ellos.
Mariana se los lleva a dormir, ya que mañana tienen colegio; yo me quedo un rato con José, que me explica algunas cosas prácticas sobre la casa y el pueblo. Antes de salir de la casita, se gira para mirarme con las cejas levemente alzadas.
—Mañana a las ocho en punto en el restaurante, ¿vale? — me recuerda—. Está justo al lado de la casa.
—Claro, José. —Asiento varias veces—. Allí estaré.
—Perfecto. —Sonríe de nuevo, agradecido—. Pregunta por Mateo cuando llegues.
Entendiendo que Mateo debe ser el encargado.
Cuando José se marcha, cierro la puerta y hago una videollamada con las chicas.
Les cuento cómo he llevado el viaje en avión, el retraso del ferri, y les enseño mi nueva casa; ellas, al verlo todo, se emocionan incluso más que yo.
Me despido de ellas tras un rato hablando.
Estoy tan cansada, que ha sido meterme en la cama y que se me empiecen a cerrar los ojos.
La alarma suena y la apago de inmediato; vuelve a sonar y la apago otra vez, la misma rutina de siempre. De repente, doy un brinco en la cama y me incorporo de golpe, alarmada al ser consciente de dónde me encuentro.
—Ay, Dios... Que no estoy en Madrid —me digo a mí misma mientras miro la hora en la pantalla del móvil.
El reloj marca las siete y media.
Mierda. Voy a llegar tarde a mi primer día y me van a echar; esto se acaba antes de empezar por el simple hecho de que he dormido mejor que nunca.
Me visto a toda prisa como me indicaron: vaqueros y camiseta negra.
Rápidamente me hago una coleta un poco despeinada y decido no maquillarme, pues voy justa de tiempo; prometo arreglarme más mañana .
Salgo disparada cuando tan solo faltan cinco minutos para empezar el turno.
Me habría encantado llegar antes y demostrar compromiso, pero parece que dormir profundamente es ahora mi mayor talento.
Voy caminando rápido y mirando el móvil, cuando de pronto me estrello contra algo duro; lo primero que pienso que es una pared, porque el impacto me corta el aire y me hace dar un traspié hacia atrás.
Estoy convencida de que voy a caerme de culo en mitad de la acera, pero no ocurre gracias a que unas manos grandes y firmes me sujetan de los brazos, deteniéndome con facilidad, como si no pesara nada.
— Guarda dove vai! [1] —gruñe una voz grave, demasiado cerca de mí.
Tardo un segundo en reaccionar, aunque el italiano no me pilla desprevenida; lo entiendo perfectamente, ya que el verano pasado hice un curso intensivo y, además, es un idioma que siempre me ha gustado. Es musical, rotundo y vivo, pero ahora mismo mi cerebro va varios pasos por detrás de mi cuerpo.
—Lo... Lo siento —balbuceo, todavía aferrada a sus brazos—. Llego tarde, voy con prisa y distraída... —continúo murmurando.
Levanto la vista para mirarlo y, en ese instante, se me olvidan todas las palabras que conozco en cualquier idioma.
El chico que me observa es un poco más alto que yo, y puedo notar con facilidad su cuerpo musculado a través de la camiseta.
Su piel es morena, y su pelo castaño y ondulado.
Ahora mismo tiene el ceño fruncido y está serio, claramente molesto.
Su mandíbula está tensa y sus labios apretados, junto a unos ojos azules intensos que me dejan sin respiración; no son de un azul ni claro ni oscuro, sino profundo y denso.
Como el mar cuando se avecina una tormenta y sabes que algo va a romperse.
Siento que me ahogo.
—¿Tú eres Alejandra? —pregunta de pronto.
Parpadeo. Una vez. Dos. Tardo demasiado en reaccionar porque, durante unos segundos, he olvidado dónde estoy, a qué he venido y cómo se habla con normalidad.
—¿Cómo...? —respondo con dificultad.
—Madre mía, pues empezamos bien —protesta, soltándome al fin—. Imagino que eres Alejandra y que llegas tarde a tu primer día.
El corazón me da un vuelco.
—Sí... Soy yo. Lo siento —digo por fin, intentando sonar segura, aunque por dentro estoy hecha un manojo de nervios—. ¿Tú eres...?
—Mateo.
Y ahora, sí.
Se me cae el alma a los pies.
Joder, el encargado.
Antes de que pueda reaccionar o pedir disculpas por quinta vez, una voz alegre irrumpe detrás de mí:
—Ayyy, ¡hola!
Me giro y encuentro a una chica rubia con el pelo recogido en una coleta alta y vestida exactamente igual que yo. Tiene una sonrisa amplia y una energía que contrasta brutalmente con la rigidez de Mateo.
—Tú debes ser Alejandra —adivina, acercándose para darme dos besos.
Me quedo inmóvil, sorprendida, pero consigo corresponderle como puedo.
—Yo soy Sofía, pero dime Sofi o Sof —continúa parloteando ante mi silencio—. Y no hagas caso a Mat, que es un amargado, y más cuando alguien llega tarde.
El chico la fulmina con la mirada, tan intensa que casi puedo oírla chisporrotear. Tengo que morderme el labio para no sonreír, y vuelvo a mirar a Sofía para responderle:
—Encantada, Sof. —Sonrío con sutileza—. Llámame Ale, por favor.
Mateo resopla, claramente irritado.
—Tú también llegas tarde, Sofía —la advierte—. Así que deja las presentaciones y empieza a poner al día a Alejandra, si es que quiere durar aquí.
Me quedo pasmada, mirando a uno y luego al otro.
—Pensaba que de eso te encargabas tú —replica Sofi, divertida, y se cruza de brazos.
—Tengo mejores cosas que hacer que ser el niñero de nadie —espeta él, mirándome de arriba abajo sin disimulo.
Me muerdo la lengua. Mucho.
Pues empezamos bien con este gruñón como encargado.
Entramos los tres al restaurante y, en cuanto Mateo enciende las luces, me quedo completamente sorprendida.
El espacio se ilumina poco a poco, revelando una decoración cuidada al detalle; todo está envuelto en tonos pastel que transmiten calma, con multitud de plantas repartidas por el local, aportándole vida.
Varias lámparas de cristal cuelgan del techo, reflejando la luz con suavidad, y al fondo hay una barra amplia y elegante como zona de bar.
Los ventanales enormes permiten que la claridad de la mañana lo inunde todo.
Es precioso. Mucho más de lo que imaginaba.
—Ven conmigo, que voy a enseñarte los vestuarios y las taquillas para que dejes tus cosas —me indica Sofía, enganchando su brazo con el mío con total naturalidad.
La sigo hasta una puerta situada detrás de la barra.
Allí descubro otras dos más: los baños del personal y la cocina.
De reojo veo cómo Mateo se queda en el bar, encendiendo unas tablets que supongo que usarán para las comandas y la caja.
Su presencia, aunque distante, me hace sentir observada.
Me abruma un poco todo: el lugar, el primer día y la gente nueva.
No estoy acostumbrada a empezar de cero.
Sofía, en cambio, parece encantada con mi llegada, pues no para de hablar mientras deja sus cosas en la taquilla, como si nos conociéramos de toda la vida.
—Qué alegría que nos hayan puesto en el mismo turno —canturrea—. Ya verás, nos vamos a llevar genial. Estoy deseando enseñarte la isla.
—Gracias, Sof —le digo, agradecida, devolviéndole la sonrisa.
Su entusiasmo resulta contagioso y, por primera vez desde que he llegado, siento que quizá no estoy tan sola.
—Ah, y no le hagas caso a Mateo —añade en voz baja, como si fuera una confidencia—. En cuanto te conozca un poco más, será un amor contigo.
Lo dudo, ya que, de momento, tengo la sensación de que mi presencia no le hace ninguna gracia. Y eso que aún no me conoce... En cuanto descubra lo desastre que soy, seguro que la cosa empeora.