Sin miedo a perder(te) Chapter 10
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Chapter 10

La mañana en el restaurante ha sido horrible.

Me duele absolutamente todo el cuerpo, como si hubiera pasado una semana entera sin dormir.

Cada vez que José y Mariana se ausentan, me dejan de encargado, y aunque mis compañeros son los mejores, el cansancio se me ha ido acumulando en las últimas horas hasta dejarme exhausto.

Me muevo por inercia: atender mesas, poner cafés, preparar pedidos y ofrecer muchas sonrisas automáticas.

Después de comer, mi intención era clara: irme a casa y caer rendido en la cama, aunque solo fuera una hora; dormir se ha vuelto complicado, pero a veces el cuerpo vence a la mente. Sin embargo, cuando me proponen ir a la playa, no soy capaz de negarme.

El mar siempre me cura.

Desde que llegué a Capri no tardé en formar mi pequeño grupo de amigos: David, Marcos y Luca.

Después llegó Sofía, pero encajó como si siempre hubiera estado ahí; Luca empezó a salir con ella casi nada más llegar a la isla, y ahora forma parte de esta especie de familia improvisada que hemos creado.

Somos pocos, pero suficientes, ya que nunca nos aburrimos.

Sofi trabaja conmigo en el restaurante desde hace dos años y hoy está especialmente contenta, porque la chica nueva llega esta misma tarde y ya está imaginando planes, cenas, paseos, confidencias...

sin haberse planteado siquiera si se caerán bien.

Sofi es así, abre la puerta de su vida de par en par sin miedo alguno.

Yo, en cambio, estoy inquieto, pues me cuesta conocer gente nueva.

Siempre dicen que soy un amargado, pero no es cierto, sino que soy reservado.

Me cuesta dejar entrar a personas que no conozco y, por eso, después de tres años aquí, mi círculo social sigue siendo reducido.

Pero no me molesta, al contrario, lo agradezco.

—Vamos, Mat, date un baño con nosotros —me anima Luca desde el agua.

Estamos prácticamente solos en Marina Piccola. Algo muy raro, porque suele estar siempre llena; sin embargo, aunque el buen tiempo ya se deja notar, solo los más valientes se atreven a meterse al mar, ya que el agua sigue fría.

—Mat, Mat... —canturrea Sofi—. Siempre con la cabeza enterrada en ese bloc, y nunca nos enseñas los dibujos.

No le falta razón. Dibujar es lo que hago desde que tengo memoria.

Antes de huir de Madrid, estudiaba Diseño e Ilustración y es lo que más echo de menos: la universidad, la rutina y aprender cosas nuevas.

Es, probablemente, el único vínculo real que me queda con mi vida anterior.

Y sí, es cierto que no dejo que nadie vea mi bloc, porque sería abrir una puerta que deseo que siga estando cerrada.

La mayoría de mis dibujos son del mar, del faro a lo lejos, las gaviotas y barcas que formas parte de la playa.

Hoy, por ejemplo, estoy intentando dibujar a mis amigos jugando en el agua.

También he dibujado muchas veces a mis abuelos. Y a Ana.

Sobre todo, a Ana.

La dibujo una y otra vez, porque me da miedo olvidar sus facciones, la forma exacta de sus ojos, su sonrisa. Como si, mientras la dibuje una y otra vez, pudiera mantenerla cerca y así doliera un poco menos su ausencia.

Vuelvo a la realidad cuando siento unos brazos rodeándome por la espalda y el agua helada empapándome entero.

Me giro y veo a Sofi riéndose; es muy cariñosa, demasiado para alguien como yo.

Sus ojos verdes brillan con el sol y su pelo rubio, recogido en un moño bajo ya casi deshecho, se le escapa por todos lados.

Tiene una luz especial y eso hace que entienda perfectamente por qué está con Luca: son igual de abiertos, intensos y llenos de vida.

—Eres una pesada, Sof —me quejo mientras le hago cosquillas.

Se ríe de nuevo y se aparta. Al principio, no me gustó cuando Luca empezó a traerla con nosotros; sin embargo, ahora no concibo el grupo sin su risa, sin sus comentarios o sin su forma de pincharme cuando me encierro demasiado en mí mismo.

—Te veo súper emocionado con la llegada de la chica nueva —ironiza con una sonrisa traviesa—. ¿No estarás dibujando cómo te la imaginas?

Pongo los ojos en blanco y bufo; a veces parezco más gato que persona.

Ella suelta otra carcajada y sale corriendo, dando saltitos hasta lanzarse sobre Luca.

No sé cómo será la chica nueva, pero deseo que encaje con Sofi y que se hagan amigas, porque se lo merece.

Aunque Sofía se mueve bien entre nosotros, sé que le vendrá bien tener cerca a alguien con quien compartir ciertas cosas.

Por otro lado, yo espero no tener que hacerme amigo de nadie más.

Lo siento, pero mi cupo de vínculos está cubierto.

Cierro el bloc y lo guardo en la mochila. Justo cuando voy a levantarme para unirme a ellos, suena mi teléfono y observo el nombre de José en la pantalla. No me apetece demasiado hablar, pero llevan todo el día fuera y sé que es importante, así que contesto sin dudar.

—Hola, muchacho —me saluda—. Vamos a tardar un poco más en llegar. Ya estamos con Alejandra, pero el ferri se está retrasando, así que llegaremos casi de noche.

Alejandra.

No sé por qué, pero el nombre se queda suspendido en el aire unos segundos; no había pensado que pudiese ser española.

—No pasa nada —respondo—. Los diablillos están con mis abuelos, luego les preparo la cena y ya los recogéis a la vuelta.

—Gracias, Mateo —suspira José, y antes de colgar añade—: Mañana la chica estará a primera hora en el restaurante. Nosotros no podremos ir, así que confiamos en que le enseñes todo.

Respiro hondo, esperando que no haya notado mi pequeño quejido.

—Claro, José —contesto con tono neutral—. Avisaré a Sofía para que también esté pendiente.

Cuando cuelgo, se me han quitado las ganas de bañarme con mis amigos .

Antes, me encantaba conocer gente; conectar era muy fácil y tentador, pero cuando Ana se fue para no volver, decidí que no debía crear más vínculos. Porque todos se acaban rompiendo, la gente se va de tu vida sin que puedas hacer nada y, sobre todo, la culpa siempre encuentra la forma de volver.

Recojo mis cosas y me despido de los chicos con un gesto desde la distancia; agradezco que no pregunten, pues después de tanto tiempo, me conocen lo suficiente.

Al llegar a casa, escucho risas en el jardín, por lo que me dirijo a ver qué andan haciendo los diablillos. Los niños juegan con el nonno como si el mundo no pudiera hacerles daño. Andrea es el que me ve primero.

—¡Mateooo! —grita mientras se lanza a mis brazos.

—¿Qué pasa, campeón? —lo saludo, sonriendo con amabilidad—. ¿Te estás portando bien?

—¡ Eooo ! —dice Julio, imitándolo.

Me quedo un rato con ellos, jugando con el balón hasta que la nonna avisa de que hay que preparar la mesa.

Cenamos todos juntos como una familia, y aunque intente aparentar lo contrario, me duele la situación en la que nos encontramos, porque mis abuelos sí son mi familia, pero el resto...

no lo son, y tengo miedo. Miedo de que conozcan mi pasado, de que el peso que arrastro los aleje o de que se den cuenta de quién soy realmente y se vayan de mi vida para siempre.

Después de cenar, prometo a los niños ver una película, pero apenas me da tiempo a ponerla cuando llaman a la puerta. Me acerco a abrir y me fijo en la hora que marca el reloj; al otro lado de la puerta, encuentro a José y Mariana, que han vuelto por fin.

Aunque vienen solos.

—Hemos dejado a Alejandra en la casa para que se instale —explica Mariana—. El viaje ha sido largo, pobre —añade de forma empática.

Asiento y llamo a los niños, que vienen corriendo a abrazar a sus padres.

Mientras comentan el retraso del ferri con mis abuelos, me excuso alegando que estoy cansado y me despido de ellos.

Subo a mi habitación y, aunque siento el peso del día en mi cuerpo, soy consciente de que dormir va a ser muy difícil.

Las pesadillas volverán. Siempre vuelven.

Además, mañana conoceré a Alejandra y tengo que reconocer que no estoy de humor para entablar nuevas relaciones, ni siquiera laborales.