Chapter 9
No sé en qué estaba pensando cuando rellené el formulario con mis datos para esa oferta de trabajo.
Tampoco en qué momento acepté la videollamada para conocer a la familia Fernández ni cuándo dije que sí, sin dudar demasiado, a las condiciones de José y Mariana; un matrimonio encantador que me habló de Capri como si fuera un lugar capaz de curarlo todo.
El caso es que ahora estoy haciendo la maleta, mi avión sale en unas horas, y apenas he podido dormir desde que colgué aquella llamada.
La noticia me ha mantenido despierta, con el corazón acelerado y la mente dando vueltas sin parar.
Y sin dejar de pensar, doblo la ropa casi de forma mecánica, casi inconsciente de lo que estoy haciendo.
Además, mi padre no sabe nada y prefiero que siga siendo así. Es capaz de paralizar todos los vuelos del país si se lo propone, lo que sea con tal de no perder el control sobre mi vida .
El caso es que estoy haciendo todo esto sin pensar demasiado, y no sé cómo catalogarlo: no sé si es algo bueno o algo terrible.
Hay momentos en los que siento que es una oportunidad increíble para empezar de nuevo, para volver a ser quien era...
Aunque, si me detengo a pensarlo, no sé ni quién era entonces ni quién soy ahora.
Así que no puedo evitar preguntarme en qué momento dejé de ser yo.
Si fue cuándo mi madre decidió marcharse de un día para otro, sin despedidas ni explicaciones, o cuando mi padre cambió los besos y las caricias por exigencias y expectativas inalcanzables.
No sé si tuvo que ver que Lara apareciera en mi vida y empezara a moldearme para encajar en lo que ella quería.
O si fue Pablo cuando supuestamente me salvó de la soledad, para convertirme en algo aún más pequeño.
Un pinchazo me atraviesa el pecho al pensar en él; quizá deberíamos haber hablado antes de irme, no para volver —porque ni me lo planteo—, sino para cerrar la puerta de verdad y hacerle saber todo el daño que me hizo, lo que me quitó sin darse cuenta o dándose cuenta y sin importarle.
Tengo la sensación de que me voy a medias, sin gritar ni decir adiós, y eso me duele de una forma extraña; también sé que este dolor me va a acompañar durante todo el viaje.
Tal vez debería estar más triste y lamentar más lo ocurrido, pero lo único que siento es un vacío tan antiguo que ya no recuerdo cuándo comenzó exactamente; solo sé que lleva conmigo demasiado tiempo.
Unos golpes suaves en la puerta me sobresaltan, y un segundo después mis compañeras de piso asoman la cabeza a mi habitación.
—Pero, Ale... —dice Paula entre risas—. Si llevas más libros que ropa.
—Ya sabéis que soy más de leer, que de salir —me justifico.
Se ríen y entran sin pedir permiso, aunque tampoco lo necesitan; se sientan en el suelo y empiezan a ayudarme a guardar la ropa.
Mientras doblamos camisetas, hablamos de tonterías fingiendo normalidad, aunque a partir de ahora todo vaya a cambiar.
Al principio les sorprendió bastante este viaje, pero se alegraron por mí y me apoyaron en cada paso que doy, como siempre han hecho desde que las conozco.
—Te vamos a echar mucho de menos —asegura Carla—. Te hemos hecho un regalo para que no te olvides de nosotras.
La pelirroja hace un pequeño puchero antes de tenderme un sobre alargado de color rojo.
Lo abro despacio, y dentro encuentro un marcapáginas con fotos nuestras: abrazadas viendo una película, haciendo muecas en una de nuestras sesiones de mascarillas, y en aquel viaje improvisado a Valencia.
Se me escapa un sollozo antes de poder evitarlo.
—Es imposible que me olvide de vosotras —sentencio entre lágrimas—. Sois mi familia, chicas.
—Una familia a la que volver, si lo necesitas —añade Paula, emocionada.
—Una familia que te quiere —dice Carla con seguridad.
Nos abrazamos las tres, fuerte, como si quisiéramos quedarnos grabadas en la piel de las otras. Siento el cariño, el calor, la presencia tan grande que tienen en mi vida; son lo único que me hará volver con una sonrisa cuando estos meses terminen. Y, sin duda, voy a echarlas muchísimo de menos.
—Espero que hagamos videollamada cada día —digo entre risas y lágrimas—. Os obligo, ¿vale?
—Eso está hecho —responden a la vez.
Sé que será así. Y también sé que, aunque estén lejos, las sentiré cerca.
Finalmente, me ayudan a cerrar el enorme equipaje, porque ¿cómo se supone que se mete una vida entera en una maleta? No exageraban al decir que llevo muchos libros; son los que tengo pendientes, los empezados, y mis favoritos. Y no niego que acabe comprando más allí.
Cuando tan solo quedan dos horas para el vuelo, me acompañan al aeropuerto. Allí, nos despedimos y vuelvo a llorar, porque no sé si lo que siento es miedo o felicidad, o ambas cosas mezcladas. Eso sí, las abrazo con todas mis fuerzas y prometo que pronto nos veremos.
Un rato después, tras pasar el control y facturar la maleta, espero en la puerta de embarque.
No puedo evitar que los pensamientos empiezan a invadirme.
¿Esto es lo que sintió mi madre cuando se fue?
Nunca me he detenido a intentar entenderla; siempre la juzgué por abandonarme y dejarme sola, pero quizá ella también se sentía ahogada y estaba viviendo una vida que no quería; quizá, por primera vez, pensó solo en ella y decidió marcharse sin mirar atrás.
Sin embargo, nunca podré perdonar del todo el daño que me hizo.
Pero ahora, de algún modo, me siento un poco más cerca de ella, compartiendo esta sensación de huida.
Cuando tan solo faltan treinta minutos para el despegue, abren la puerta y empezamos a entrar al avión. Aunque sí que he estado en Italia antes, nunca así. Sola. Así que la ansiedad se instala en mi estómago como una piedra muy pesada.
Para aumentar mi incertidumbre, no dejo de pensar en que, al llegar a Nápoles, me espera una familia desconocida.
Viviré con ellos, trabajaré para ellos, cuidaré a dos niños pequeños sin tener experiencia...
Y, además, aprenderé a moverme en un restaurante sin saber nada de hostelería. La realidad es que estoy asustada.
—Señorita, su dni, por favor —me indica la azafata.
Se lo entrego y, con una sonrisa, me desea buen viaje. Una vez sentada, no puedo evitar que mi mente se centre de nuevo en mi padre, en su reacción cuando lo descubra, en todo lo que será capaz de hacer para encontrarme. También pienso en Pablo, en Lara, y en el dolor que dejo aquí.
Durante todo el trayecto, me acompaña la sensación de estar escondiéndome.
Creo que estoy siendo valiente al haber tomado esta decisión y, al mismo tiempo, me siento la persona más cobarde del mundo.
Y aunque estoy escuchando una de mis playlist s favoritas en las que tengo un poco de todo, no puedo dejar de pensar en que estoy huyendo de mi vida, de mi pasado, y de todo lo que me estaba rompiendo.
No sé qué me deparará el futuro en Capri, pero sí sé que, cuando me baje de este avión, tendré que ser una Alejandra distinta; una que no deje ver el dolor que arrastra, que no muestre lo rota y perdida que está.
Aunque, en el fondo, no tenga ni idea de cómo hacerlo.