Sin miedo a perder(te) Chapter 8
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Chapter 8

Un golpe. Humo. Dolor.

No puedo moverme ni tampoco ver con claridad. Todo está borroso, espeso, como si el aire pesara demasiado. Intento respirar y el pecho me arde. Llamo a Ana, desesperado, una y otra vez, pero no responde.

—Ana... —mi voz es apenas un susurro.

Con esfuerzo, consigo llevarme la mano al cinturón de seguridad y soltarlo.

Me giro hacia su asiento, pero está vacío.

No está. Y el pánico me atraviesa de golpe, porque no sé dónde está ni cómo encontrarla, solo sé que tengo que hacerlo.

Escucho sirenas a lo lejos, cada vez más cerca, o quizá solo estén dentro de mi cabeza.

Mientras tanto, trato de gritar y pedir ayuda, pero no me sale la voz. El sonido muere antes de existir.

Ana necesita ayuda.

Ana necesita que la encuentre .

Me despierto sobresaltado, con un grito atrapado en la garganta y un vacío imposible de describir en el pecho. Estoy empapado en sudor y tardo unos segundos en darme cuenta de que estoy en mi habitación, en Capri, y asimilar que ha sido una pesadilla. Otra más.

La puerta se abre con cuidado y aparece la nonna .

—Cariño, ¿estás bien? —pregunta alarmada—. Ha sido solo un mal sueño.

Me cuesta respirar con normalidad e intento controlar el temblor de las manos antes de contestar. Asiento, buscando la voz.

—Tranquila, nonna ... Estoy bien —balbuceo.

No es verdad, pero nunca lo es.

Se acerca y me acaricia el pelo con una ternura que solo ella posee.

Poco a poco, la ansiedad va disipándose, aunque no desaparece del todo.

Llevo tres años así. Tres años despertando en mitad de la noche y reviviendo el mismo instante, el mismo error.

Desde que la perdí, desde que la culpa se convirtió en mi sombra, no consigo dormir más de un par de horas seguidas sin que las pesadillas vuelvan a adueñarse de mi mente.

Siento que mi corazón se quedó allí, en ese accidente que no debía haber sucedido.

Ese accidente que, en lugar de llevarme a mí, se la llevó a ella.

Miro el reloj y descubro que son las seis de la mañana, por lo que, para mí, la noche ya ha terminado.

—Voy a ducharme e iré al restaurante a preparar los desayunos con los demás —digo, más para tranquilizarla que porque realmente tenga fuerzas para hacerlo.

—Es muy pronto, ragazzo —responde—. ¿Por qué no te tomas hoy el día libre?

Me quedo un segundo en silencio, porque el recuerdo de mi madre cruza mi mente sin permiso.

Nonna siempre mezcla el español y el italiano, igual que hacía ella.

Bajo un poco la mirada; sé que no debo mencionarla demasiado para no entristecer a los nonni , que bastante han perdido ya: primero a su hija y, años después, a Ana.

—No te preocupes, abuela —respondo con suavidad—. Ya he descansado lo suficiente. Además, los Fernández están muy liados con el restaurante y con la llegada de la persona que viene a cuidar a los diablillos de sus hijos.

— Va bene, va bene —cede al instante—. Pero déjame prepararte un buen café.

Le sonrío agradecido y decido ir a ducharme.

El agua caliente resbala por mi cuerpo, pero no consigue borrar del todo el frío que se me ha instalado dentro.

Al mirarme al espejo, apenas me reconozco: el pelo castaño me cae demasiado largo, cubriéndome las orejas, siempre desordenado; los ojos me devuelven una mirada cansada y apagada.

Antes, eran de un azul intenso como el mar, pero ahora... ni siquiera se parecen a los de Ana.

Vuelvo a la habitación para buscar algo de ropa; elijo un pantalón vaquero y una camiseta negra, el «uniforme» para ir al restaurante.

También, por si acaso, me preparo la mochila por si después los chicos deciden ir a la playa a pasar la tarde.

Cuando bajo las escaleras, encuentro al nonno leyendo, como cada mañana.

—Buenos días, abuelo —lo saludo, dándole un beso en la frente—. ¿Cómo has dormido hoy?

—Mejor que ayer y peor que mañana —asegura .

No puedo evitar reír, ya que siempre responde lo mismo, esa frase que es la respuesta para todo lo que le preguntes. La abuela me tiende una taza de café recién hecho, y como agradecimiento le doy un beso sonoro en la mejilla, logrando que su sonrisa se ensanche.

Los observo unos instantes y no puedo evitar sonreír con suavidad.

Hace tres años que vivo en Capri con mis abuelos, y vine pensando que no estaría aquí tanto tiempo, pero ya no tengo a dónde volver.

A veces, siento que he huido de Madrid y me he escondido aquí, pero este lugar tiene algo especial.

La calma del mar, el ritmo lento de la isla...

Todo consigue que la culpa pese un poco menos.

Aquí puedo fingir, al menos durante unas horas, que soy un chico normal con una vida normal.

Cuando termino el café, me despido de mis abuelos y salgo hacia el restaurante Trattoria Bella Vita .

Lo regentan Mariana y José Fernández, un matrimonio encantador con dos hijos que son auténticos terremotos; los niños, Andrea y Julio, tienen una capacidad innata para liarla en cuanto te descuidas un poco.

Camino hasta el local mientras la isla despierta: las calles empiezan a llenarse de movimiento, el sol asoma y se refleja en el mar, las farolas se apagan...

Respiro hondo y el olor a sal me llena los pulmones.

Ya se nota el calor y, aunque por la mañana todavía se agradece una chaqueta, seguro que en cuanto el sol suba un poco más el día pedirá playa.

Mariana y José me saludan en cuanto entro al restaurante.

—Buenos días, Mateo —saluda la mujer—. Menos mal que ya estás aquí, porque a media mañana viajamos a Nápoles a recoger a la jovencita que viene a trabajar con nosotros .

Asiento mientras empiezo a preparar las mesas del desayuno. Ojalá esta vez funcione, porque la última chica no aguantó ni dos semanas con los niños y se fue sin avisar siquiera.

—Mañana la conocerás —añade José—. Esperamos que nos ayudes a explicarle cómo funciona todo en el restaurante, ya que también echará una mano aquí de vez en cuando.

Intento sonreír y asiento, aunque noto cómo el gesto se me tensa un poco.

No me gusta conocer gente nueva y mucho menos enseñarles nada; no estoy aquí para hacer de niñero ni de profesor.

Así que, sea quien sea la chica, espero que sea lo suficientemente espabilada como para no complicarme la vida...