Sin miedo a perder(te) Chapter 7
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Chapter 7

Al día siguiente, entro al salón y miro a mis amigas con una firmeza que, en el fondo, se tambalea. Carraspeo e inspiro hondo antes de hablar:

—Chicas —digo con la voz algo ronca—he hecho una locura.

Las dos me miran frunciendo el ceño, sin saber todavía qué es lo que se me está pasando por la cabeza en este momento.

No las juzgo, pues después de estos últimos días en los que he sido una auténtica montaña rusa emocional, es normal que no sepan qué esperar de mí, como si en cualquier instante pudiera estallar sin previo aviso.

—Verás tú... —murmura Carla, entornando los párpados con esa mezcla de curiosidad y cautela que aparece en su rostro siempre que intuye que viene algo importante.

Se me escapa una risita descontrolada, de esas que salen sin permiso cuando los nervios empiezan a ganarte por dentro.

—¿Has matado a alguien? —suelta Paula con seriedad, cruzándose de brazos—. Yo te ayudo a esconder el cadáver .

Ahora sí, no puedo contenerme y se me escapa una carcajada de verdad, de las que hacen que te dobles un poco.

Y, en el fondo, sé que no exageran tanto como parece: si alguna vez lo necesitara, seguramente me ayudarían a esconder un cadáver sin hacer demasiadas preguntas... Pero, por dios, no es eso.

—Vaya imagen tenéis de mí —replico, llevándome una mano al pecho y haciendo un puchero infantil con una fingida indignación.

—Venga —insiste Carla, perdiendo ya la paciencia entre risas contenidas—, deja de hacerte de rogar y cuéntanos qué has hecho.

Tomo aire, sintiendo cómo el corazón me late un poco más fuerte de lo normal, como si decirlo en voz alta lo hiciera más real.

—Me voy a Italia —suelto a bocajarro, sin dar rodeos.

Las dos se quedan completamente inmóviles. Es como si el tiempo se detuviera por un instante dentro de la habitación; dejan lo que están haciendo e incluso el ambiente cambia cuando se giran despacio hacia mí, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, intentando procesar lo que acaban de escuchar.

—¿De vacaciones? —inquiere Paula, todavía con esa esperanza leve de que sea algo temporal.

—Es un destino muy bonito para desconectar unos días —comenta Carla, tratando de encajar la noticia.

Niego despacio con la cabeza y siento cómo la realidad pesa un poco más con cada palabra que digo:

—Me voy para trabajar —explico.

Y entonces sí, el silencio cambia de forma. Carla suelta los cubiertos que tiene en la mano sin darse cuenta y caen al suelo provocando un golpe seco que me sobresalta ligeramente .

—Espera, espera... —pide Paula, esta vez con más calma, aunque seguro que intenta ordenar en su mente lo que acaba de escuchar—. Explícate.

Nos sentamos en el sofá —o más bien me dejo caer— porque las piernas, de repente, me parecen un poco menos firmes de lo habitual.

Les cuento todo con la mayor precisión que puedo: el anuncio, cómo lo vi casi por casualidad, los requisitos, la decisión tomada sin pensarlo demasiado y, sobre todo, la videollamada que tengo prevista esta misma tarde con quienes serán mis jefes.

Aún no me creo que esto esté pasando, que me vaya a ir a una isla en Italia durante un tiempo indefinido para cuidar de dos niños...

y, además, trabajar en el restaurante siempre que lo necesiten.

—¿Estás segura? —pregunta Carla al final, con una seriedad que ya no deja espacio a bromas.

—Sí —respondo con rapidez, como si al decirlo sin dudar pudiera convencer también a la parte de mí que todavía tiembla—, necesito irme.

Cruzan una mirada entre ellas, una de esas que son silenciosas y en las que se dicen más cosas de las que dirían con palabras. Se acercan a mí y nos acomodamos mejor en el sofá, buscando un espacio donde pueda terminar de explicarlo todo sin sentir que me falta el aire.

—Si me quedo... —continúo, más despacio, como si cada palabra tuviera que colocarse en su sitio antes de salir—. Mi padre seguirá teniendo todo el poder sobre mí. Tendré que seguir estudiando algo que no me hace feliz... ¡Incluso quiere que vuelva con Pablo! —admito, agotada.

—¿Cómo? —Paula gira el cuello hacia mí, incrédula, como si eso fuese lo que más le costase aceptar .

—Me dijo que viene de muy buena familia —les explico, sintiendo cómo al recordarlo me vuelve esa mezcla de rabia e impotencia— y que puedo negociar, según él, para volver a estar juntos.

Al ver sus caras, les explico rápidamente la conversación, sin adornos, sin suavizar nada, porque ya no me quedan ganas de hacerlo ver más llevadero de lo que es en realidad.

—Esto me parece increíble —suelta Carla, esta vez con un tono mucho más enfadado, dejando claro que no le parece ni medio normal.

—Ale... —me llama Paula. Aún procesando toda la información y mirándome como si de repente la idea adquiriera otro peso distinto—. Que te vas a Italia...

Se me escapa una mueca, una especie de sonrisa que no sé si nace de la alegría, del miedo o de esa extraña mezcla de ambas cosas que me acompaña desde que tomé la decisión.

—Supongo que sí —respondo en voz baja—. A ver qué tal la videollamada.

Nos apoyamos las tres en el respaldo del sofá, como si de repente nuestros cuerpos necesitasen estabilidad para sostener todo lo que han cambiado las cosas en tan poco tiempo.

—Estoy segura de que va a ser un sí rotundo —añade Carla, con esa confianza suya que a veces parece inquebrantable—. En cuanto te conozcan un poquito, verán lo maravillosa que eres y querrán que te quedes para siempre .

Se me escapa una risita, esta vez más tranquila y más real, por lo exagerada que es mi amiga incluso en los momentos importantes. Nos abrazamos en silencio mientras proceso lo rápido que puede cambiar la vida de un momento a otro y sin pedir permiso.