Sin miedo a perder(te) Chapter 6
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Chapter 6

Llevo toda la semana en piloto automático, sin ser realmente consciente del paso de los días ni del vacío que siento dentro: me levanto, voy a clase, paso tiempo con Paula y Carla, leo e intento dormir el máximo de horas posibles.

Siempre he sido un poco marmota, pues me encanta dormir y echarme siestas interminables de cuatro horas; por desgracia, últimamente me está costando un poco más, ya que, en cuanto apago la luz y cierro los ojos, el mundo se me viene encima y la ansiedad aparece sin pedir permiso.

Entre la rutina y el cansancio, tengo que soportar mensajes y llamadas de Pablo a las que no respondo.

Los mensajes sí los leo, y me sorprenden más de lo que me gustaría admitir, dado que empiezan siendo disculpas de todo tipo y terminan convirtiéndose en amenazas en las que no solo habla de hacerse daño a sí mismo —no es la primera vez, el chantaje emocional siempre ha sido su especialidad—sino que también dice que me arrepentiré de esta decisión .

La verdad es que, si de algo me arrepiento ahora, es de haber aguantado tanto tiempo al lado de alguien que, en lugar de sumar cosas positivas a mi vida, me ha ido restando poco a poco.

Y lo mejor de todo no es solo que esta mañana lo haya bloqueado definitivamente, sino que ha decidido llamar a mi padre.

A mi padre. Junto con Lara. No sé exactamente qué le han contado, pero el señor Cortés ha considerado oportuno aplazar su agenda para «desayunar conmigo».

Así que llego al restaurante al que siempre viene, pues está al lado de la empresa, como casi todo en su vida.

—Hola, padre —saludo con formalidad.

—Alejandra —responde sin apartar la vista del periódico.

Tras pedir el desayuno al camarero, esperamos en silencio hasta que trae nuestros platos. Remuevo el café y doy un sorbo antes de mirarlo con expectación.

—¿A qué debo tu llamada? —inquiero, intentando sonar tranquila, aunque la ansiedad me quema por dentro.

—Lara y Pablo ya me han contado lo ocurrido —responde con neutralidad—. Creo que deberías ser más considerada e intentar negociar con ellos.

Parpadeo, incrédula.

—¿Negociar? ¿Te parece que el hecho de que mi pareja y mi mejor amiga me engañen, es una absurda reunión que deba negociar? ¿Te estás escuchando, padre? —replico sin poder controlar la indignación.

—Alejandra, sin negociar no se llega a ningún lado —sentencia, seguro de sus palabras—. ¿Así es como pretendes heredar la empresa y elevar tu apellido ?

Me quedo callada, mirándolo con un odio que no sabía que guardaba dentro. Nunca imaginé que me pediría algo así, que me exigiera comprensión hacia quienes me han traicionado. Por lo que, sin pensar demasiado, digo algo que sé que me costará caro:

—Ah, claro... —Asiento, sarcástica—. ¿Así fue como negociaste con mamá cuando nos abandonó?

El dolor llega incluso antes de que mi mente procese la bofetada. Algunas personas se giran, miran durante un segundo y luego apartan la vista. Claro,  es el señor Cortés, y para él todo está permitido.

—Limítate a estudiar y a llevar una vida normal —gruñe con desprecio—. Si tienes que estar con Pablo porque es de buena familia, lo estarás. Lara, ahora mismo, me es indiferente —añade.

Sigo sin reconocer al hombre que tengo delante. Apenas recuerdo al padre que jugaba conmigo de pequeña, aquel que me abrazaba y me llenaba de besos y cosquillas. Sus ojos, tan castaños como los míos, están ahora cubiertos por una frialdad que me resulta desconocida.

Echo la silla hacia atrás con un ruido seco, a pesar de que apenas he tocado el desayuno. No puedo quedarme aquí ni un segundo más.

—Lo que haga con mi vida, es decisión mía —le recuerdo con la mayor calma posible—. Quizá deberías empezar a entenderlo y dejar de pagar tus frustraciones conmigo.

—Quizá lo que deje de pagar sean tus facturas y tus caprichos si sigues llevándome la contraria —me espeta con firmeza.

Mis facturas. Mis caprichos.

Es curioso que llame así a una carrera que nunca elegí estudiar.

—Adiós, padre —digo sin más .

No le dejo responder, tan solo me doy la vuelta y me voy por donde entré.

De camino al apartamento, pienso. Le doy demasiadas vueltas a en qué momento mi vida dejó de ser mía; cuándo me limité a complacer a los demás y dejé de soñar.

Yo quería trabajar como editora y corregir manuscritos, leer mucho, y al menos ser feliz con lo que estudiaba.

Pero decidieron por mí, al igual que dejé que Lara definiera mis gustos, y permití que Pablo tomara decisiones por mí durante toda la relación.

La triste realidad es que no recuerdo cuándo dejé de ser yo, pero ahora me resulta casi imposible volver a encontrarme.

¿Qué haces cuando te has perdido tanto que ya no sabes cómo volver a ti?

Al llegar a casa, Carla me recibe con un abrazo nada más abrir la puerta; siempre me sorprende su capacidad para saber cuándo lo necesito.

—Tengo un plan —asegura con entusiasmo—. Pau ha salido con un chico de su clase, pero no digas que te lo he dicho; seguro que luego quiere contártelo todo. —No me da tiempo ni a quitarme el abrigo cuando me zarandea por los hombros—. Pero tú y yo vamos a preparar un bizcocho.

Suelto una carcajada, la primera real en toda la semana. Carla tiende a solucionar cualquier crisis con comida, lo que me hace pensar que, en lugar de criminología, debería haber estudiado repostería .

—Me parece perfecto. —Asiento, algo más animada—. Y ponemos una buena playlist con canciones alegres —añado.

—Ah, sí. —Pone morritos, pensativa—. David Bisbal es ideal para estas ocasiones —suelta una carcajada y no puedo evitar reír.

Carla, sin saberlo, siempre sabe cómo sacarme del pozo.

Así que nos dirigimos a la cocina para preparar todo lo necesario mientras suena Bulería por los altavoces. Un rato después, escuchamos a Paula dar un portazo y entrar muy indignada; suspira con fuerza dejando el abrigo de mala gana en el perchero.

—A este paso, voy a dejar de creer en la inteligencia masculina —refunfuña, visiblemente cabreada, cuando se acerca a nosotras.

—Bienvenida al club —intento bromear.

—¿Qué ha pasado? —cuestiona Carla, confundida.

—Prefiero no hablar de ello ahora —responde Pau con un deje de tristeza—. Solo quiero unirme a vuestro plan, si me dejáis... —nos pide, poniendo ojos de cachorrito.

—Eso está hecho —le digo, abrazándola antes de ponerle un delantal.

Pasamos la tarde cocinando, cantando canciones de hace treinta años, y recordando anécdotas de cuando vivíamos en la residencia durante el primer año, con las que nos reímos a carcajadas.

No sé si esto es lo que mis amigas necesitan, pero sí que es justo lo que necesito yo: un poco de normalidad en medio del caos, cariño sin condiciones, ser yo sin sentirme juzgada.

Tras probar el bizcocho y merendar juntas, ellas se quedan viendo una película y yo decido irme a mi habitación a leer.

Antes de abrir el libro, enciendo el portátil y reviso el correo, ya que estoy esperando la nota de un examen y no consigo quitármela de la cabeza.

Sin embargo, entre los correos aparece uno extraño titulado «Ofertas de trabajo en Italia».

Me había olvidado por completo de que, hace meses, me registré en una web de empleo internacional; fue un arrebato, uno de esos momentos en los que quiero huir lejos y olvidarme de todo.

Abro el correo, pero la mayoría de ofertas piden estudios y experiencia que no tengo. Hasta que llego a la última opción, en la que solo piden saber español y que te gusten los niños:

Sin pararme a pensar en lo que estoy haciendo, relleno el formulario rápidamente y marco disponibilidad inmediata. Una vez que está todo, pulso el botón de enviar sin darle más vueltas.

Puede que sea una locura, porque, ¿qué voy a hacer yo en Italia?

Tal vez reencontrarme. Y si este viaje me sirve para volver a ser la que un día fui...

De momento, solo me queda esperar. Pero, en el fondo, una parte de mí ya está cruzando los dedos y soñando con escapar de esta vida que ya no siento como mía.