Sin miedo a perder(te) Chapter 5
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Chapter 5

Suelto un grito ahogado y siento algo romperse dentro de mí.

No puedo respirar.

No puede ser.

No sé en qué momento salgo de la habitación ni cómo llego al salón, donde están mis amigas y, en cuanto me miran, saben que algo va mal. Se levantan de golpe, pero sus voces me llegan distorsionadas, como si estuvieran muy lejos:

—Ale, ¿qué ha pasado, cariño? —pregunta Paula.

No respondo porque no tengo palabras para expresar lo que siento.

Las piernas me fallan y caigo al suelo mientras sollozo.

El móvil se me resbala de las manos y, al recogerlo, ellas ven lo que acaba de destrozarme: es un vídeo de Pablo y...

Lara. En el que se besan. Él la mira como nunca me ha mirado a mí, como si fuera la persona más importante de su vida, de una forma tan especial y devastadora...

No se dan cuenta de que los están grabando.

Se ríen y vuelven a besarse mientras bailan, mientras que las manos de mi supuesta mejor amiga recorren su cuerpo entero y él no se aparta ni parece tener intención de hacerlo.

Escucho voces a mi alrededor y sé que son mis amigas, pero no puedo dejar de llorar.

Carla se arrodilla a mi lado y me acaricia el pelo mientras me susurra palabras tranquilizadoras.

Me falta el aire, siento cómo se me rompe el corazón y no sé cómo detener este dolor inmenso que me atraviesa y se expande.

—Son unos hijos de puta —sisea la pelirroja—. Te juro que voy a matarlos.

Al verme incapaz de moverme, se agacha junto a Carla y me sostienen entre las dos.

Sigo sin poder hablar, paralizada por el daño que acaban de hacerme mi mejor amiga y mi novio.

No puedo parar de llorar, siento cómo cada pieza que conforma mi vida se desplaza, se agrieta y se rompe.

Las oigo llorar conmigo, manteniéndome a flote, intentando consolarme y sabiendo, igual que yo, que nunca volveré a ser la misma.

El cansancio me pesa de golpe y las fuerzas me abandonan.

Las voces se alejan, se mezclan, se apagan, y de repente todo se vuelve negro.

Me despierto sobresaltada. Estamos las tres en la habitación de Paula, que es la que tiene la cama más grande. Al incorporarme tan de golpe, ellas se alarman al instante.

—Tranquila, cielo —me susurra Carla—. Estamos aquí contigo.

Vuelvo a llorar, sintiendo que no puedo parar, mientas ellas me agarran de las manos y me acarician los brazos .

—¿Qué...? ¿Qué hago ahora? —balbuceo.

No reconozco mi propia voz, pues tengo la boca seca y el corazón más roto que nunca.

—Volver a ser tú —dice Paula con firmeza—. Recuperar el brillo que has perdido, dejar ir a personas que está claro que no te merecen. Porque no te merecen, Ale. Y no por lo que han hecho, sino por cómo te han tratado durante todo este tiempo.

—Yo... No sé vivir así —respondo entre sollozos—. No soy suficiente... Vuelvo a no ser suficiente.

Me abrazan y me susurran que sí lo soy, que me quieren con todo su corazón y que ellas nunca van a dejarme. Ojalá pudiera creerlas y sentir que tienen razón. Desearía poder pensar que merezco que estén aquí conmigo.

No sé en qué momento vuelvo a quedarme dormida abrazada a ellas, pero han debido pasar un par de horas cuando me despiertan unos gritos que provienen del pasillo. Me levanto de golpe y el mareo me obliga a apoyarme en la pared.

—Más vale que te vayas de aquí ahora mismo. Eres una desgraciada, ¡no sé cómo te atreves a venir! —Escucho decir a Paula—. Te juro que, como no te vayas por las buenas, te vas por las malas.

Salgo al pasillo y veo a Lara junto a la puerta.

—¿Qué haces aquí? —Me sorprende la firmeza de mi propia voz—. Quiero que te vayas de mi casa y, ya que estás, de mi vida también.

Lara hace una mueca extraña, ya que no está acostumbrada a verme así, y mucho menos a que le hable de esta forma.

—Déjame explicártelo —me suplica—. No te pido nada más, solo que me escuches.

—¿Qué quieres que escuche, Lara? —le pregunto, extendiendo los brazos a ambos lados del cuerpo—. ¿Cómo los que eran mi mejor amiga y mi pareja se han estado riendo de mí en mi cara? No entiendo qué he hecho para merecer esto por vuestra parte.

Si le duele lo que ha hecho, no se le nota, al contrario; me mira con suficiencia y lo que dice a continuación es un dardo directo a mí corazón:

—¿Que qué has hecho? —inquiere con sarcasmo, y su actitud cambia por completo—.

Intentar siempre ser la mejor. Ser la niña de papá que lo tiene todo resuelto.

Tener un futuro prometedor y quejarte del presente que vives.

—Se encoge de hombros, pero continúa—: Eres una puta consentida y todo lo que has querido lo has tenido.

Quisiste irte de casa y dejaron que te independizaras.

Encontraste a un chico que te trataba como a una diosa y lo has echado a perder durante estos dos años, porque no te merecías a una persona como él —sentencia con los ojos entornados, y la observo en silencio, consternada—.

Y esa ansiedad que dices tener por una vida de ensueño que ojalá estuviera viviendo yo.

Siempre haciéndote la pobrecita, cargando a los demás con tu mierda —escupe al final con rabia.

Carla y Paula dan un paso al frente; sé que, si no las paro, harán algo de lo que se arrepentirán, por lo que las detengo con una mirada significativa.

—Me parece mentira escuchar lo que estás diciendo.

—Me rompo un poco al hablar—. Has sido mi mejor amiga desde los diez años.

Tú mejor que nadie me conoces... o pensaba que me conocías.

—Respiro hondo en busca de calma—. No tengo nada resuelto en la vida, Lara.

Nadie lo tiene. Sabes lo que tuve que soportar en el colegio: los golpes, los insultos.

Lo insuficiente que me sentí cuando mi madre nos abandonó y cuando mi padre empezó a pagar sus frustraciones conmigo —le recuerdo, mirándola a los ojos—.

Lo sola que he estado siempre y lo reemplazable que puedo llegar a sentirme. Lo sabes todo.

Estoy llorando de nuevo, pero ya no me importa, porque no va a impedirme decir todo lo que llevo dentro.

—Mi madre se fue cuando yo tenía ocho años, ¿lo recuerdas?

Sin una explicación —añado, asintiendo entre lágrimas—.

¿Sabes lo que se siente? —Sacudo la cabeza y doy un paso en su dirección—.

Mi padre me obliga a estudiar algo que no quiero para heredar una empresa que no me importa, y tú vienes a mi casa a decirme que soy una caprichosa.

Quizá no merezca a Pablo y tengas razón en eso, pero lo que sí sé es que no merezco lo que me habéis hecho.

Ni que vengas a reprocharme nada cuando sabes que mi relación se basa en prohibiciones y marcas...

Y no hablo solo de las que se quedan en la piel, sino de las que se clavan dentro.

—Me señalo el pecho con el dedo, dolida.

Cuando termino, me siento vacía. Exhausta.

Como si hubiera hablado después de años callada.

Sin aguantarme más, me acerco a Lara y la empujo hacia la puerta.

—Y antes de que desaparezcas de mi vida para siempre, espero que algún día aprendas a mirar más allá de tu ombligo y consigas amigas a las que no necesites aplastar para brillar —añado con firmeza, y aprieto los labios cuando abro la puerta y la saco al rellano—.

Que te vaya bien, Lara. No me escribas, no me busques y, cuando veas a Pablo, dile que estoy muerta para él —termino de decir, y le cierro en la cara.

Y es verdad: me siento muerta, no solo para él, sino para todos.

El deseo de desaparecer es tan grande que, cuando me giro entre lágrimas, no me da tiempo a nada más que a caer en los brazos de mis amigas. Unos brazos que me sostienen sin pedir nada a cambio.

A pesar de todo lo que siento, de lo rota y perdida que estoy, lo que más predomina en mí es el vacío y las ganas de desaparecer.

Nunca antes había sentido que me quería morir.

Y no es solo por haber perdido a mi mejor amiga y al que creía el amor de mi vida el mismo día, sino por esa sensación constante de insuficiencia que no deja de crecer: insuficiente para mi madre, que se fue sin mirar atrás; para mi padre, que me ha castigado con exigencias y un futuro que no quiero; para Lara, por no haber sido la amiga que necesitaba, aunque me olvidé de mí tratando de serlo; para Pablo, que no solo apagó mi brillo, sino que se encargó de dejar claro que nadie podría quererme.

Y, sobre todo, me siento insuficiente para mí misma.

Sigo llorando durante no sé cuánto tiempo. Lo que sí sé es que Carla y Paula siguen a mi lado, y que solo puedo pensar en que no sé si algún día seré suficiente para ellas, aunque espero que no me dejen sola.

Tengo miedo de este sentimiento tan grande.

De querer desaparecer.

Para siempre.