Sin miedo a perder(te) Chapter 4
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Chapter 4

Me despierto con la luz colándose de forma tímida por la rendija de la persiana, y también con una presión familiar en el pecho. Antes incluso de levantarme, alargo la mano hacia el móvil y veo que tengo varios mensajes nuevos, pero el primer chat que abro es el de Lara.

Tiene razón. Nos fuimos tan rápido después de lo que pasó, que apenas tuve tiempo de pensar, y mucho menos de avisarla. El recuerdo de la noche anterior vuelve de golpe y a toda velocidad, como una película mal montada: luces, música, su voz, el miedo.

Sacudo la cabeza para disipar esos pensamientos, y decido disculparme con Lara y decirle que, si quiere, podemos ver una película más tarde. Es sábado y habrá otra fiesta, como es habitual, pero no tengo cuerpo para ir. Esta vez no.

El segundo mensaje es de Pablo, y la ansiedad se abre paso, instalándose en mi estómago incluso antes de abrirlo.

Suelto el aire despacio. Al menos ha pedido perdón, lo que ya es un paso; pequeño, sí, pero necesario.

Aunque el nudo en el pecho sigue ahí, firme, me repito que todo va a ir bien y que, después de la tormenta, siempre llega la calma.

Aunque no dejo de preguntarme cuántas tormentas más voy a tener que aguantar.

Me levanto y voy directa al espejo del armario, en el que el reflejo me devuelve una imagen que no termino de reconocer del todo; me veo cansada y más pálida de lo habitual. Bajo la mirada y el suspiro se me escapa sin pedir permiso.

Mis brazos están llenos de marcas: moradas, amarillentas, algunas más oscuras que otras.

Pienso en que tendré que ocultarlas si no quiero preguntas que no sé cómo responder, porque Pablo no me ha pegado.

Nunca. Pero sí ha apretado lo suficiente como para que, al día siguiente, mi piel guarde memoria, ya que la tengo muy sensible. Eso es todo. No es su culpa.

Me pongo una sudadera ancha pese al calor que hace hoy, y salgo de la habitación.

Un olor intenso a especias y tomate invade todo el piso y me resulta extrañamente reconfortante.

Carla está cocinando, seguro. Al llegar a la fuente del olor, encuentro a mi compañera completamente concentrada, cortando verduras con suma precisión, como si el mundo se redujera a esa tabla y a ese cuchillo.

—Mmm, qué bien huele, amiga —digo, acercándome—. Espero que hayas pensado en mí y haya suficiente, porque tengo muchísima hambre.

Ella pega un pequeño brinco al oírme, ya que es muy asustadiza, y a mí no puede hacerme más gracia sus reacciones. Eso sí, cuando me asusta a mí, no me río tanto; en el fondo, somos muy iguales.

—Eso siempre, querida —responde entre risas—. Pero, si puedes evitar darme estos sustos, mejor. Te toca poner la mesa, Pau ha ido a comprar el pan.

Con una sonrisa, cojo los cubiertos y los vasos para las tres. Carla y Paula son mi familia aquí, porque desde que las conocí no han permitido que me sienta sola ni un solo momento. A veces no sé cómo agradecérselo, ya que sin ellas estaría completamente perdida.

Unos minutos más tarde, cuando Paula llega y Carla ya ha sacado la comida, la disfrutamos tranquilamente y decidimos pasar la tarde jugando a un juego de mesa nuevo que la pelirroja ha comprado por internet.

Es rarísimo y nos cuesta pillarle el truco, pero las risas lo compensan todo.

Estamos recogiendo cuando llaman a la puerta.

—Es Pablo —digo, porque lo sé muy dentro de mí—. Voy yo.

Las chicas cruzan una mirada que conozco demasiado bien, pero les regalo una sonrisa que pretende ser tranquilizadora, aunque no estoy segura de convencerlas. Al abrir la puerta, no me da tiempo ni a saludarlo, pues Pablo me envuelve en un abrazo fuerte, de esos que parecen querer borrar algo.

—¿Podemos ir a tu habitación y hablar tranquilos? —me pregunta en voz baja.

—Claro —respondo—. Vamos.

Va muy arreglado: lleva una camisa blanca que contrasta con su piel morena y unos vaqueros oscuros. Está guapo y, por lo que parece, después saldrá de fiesta; antes siquiera de poder preguntarle, parece leerme el pensamiento y dice:

—Luego he quedado con Alberto para tomar algo. —Suaviza la expresión de su rostro y asiente para convencerme—. ¿Quieres venir?

Intento controlar mi cara de asombro, pero me sorprende bastante, ya que casi nunca me invita a salir con sus amigos. Dice que tenemos que tener nuestro propio espacio, aunque, si soy sincera, a él nunca le parece bien el mío.

—Prefiero quedarme leyendo, pero a la próxima, me apunto —rechazo con sutileza, cuidando el tono.

—Vale, princesa —contesta con una dulzura que me tensa—.

He venido porque sé que ayer no me porté bien.

No sé qué me pasó. Habíamos discutido, y que aparecieras en la fiesta sin avisarme...

me sentó muy mal, Ale. —Traga saliva y niega con confusión—.

Ibas muy guapa, y no sé por qué te dije eso. Lo siento.

—No te avisé porque... —empiezo a defenderme.

—No pasa nada, Alejandra —me interrumpe—. Sé que no me porté bien. Tan solo quiero que me perdones y lo olvidemos .

No me deja decirle que el motivo por el que no le había hablado era que me tenía bloqueada. Que no tuve opción y no hubo aviso posible.

—Claro, no pasa nada —acepto sus disculpas.

Prefiero estar bien con él y que desaparezca un poco este nudo en el pecho.

Se acerca y deja su cara a centímetros de la mía.

Su respiración tranquila se mezcla con la mía algo insegura, y me da un beso suave que me deja el corazón calentito y la certeza de que todo va a ir bien, al menos por ahora.

El chico del que me enamoré está aquí conmigo, y no la otra versión que a veces me hace daño.

Es él y, lo más importante, quiere estar aquí.

Así que pasamos el resto de la tarde entre besos y abrazos, siendo simplemente una pareja normal. Estos momentos son los que más echo de menos cuando todo se rompe, aunque intento no pensar en que volverá a pasar, sino centrarme en el ahora.

Más tarde, cuando Pablo tiene que marcharse con Alberto, reviso el móvil y hay un mensaje de mi mejor amiga.

A Lara le encanta salir, y no la juzgo por ello, así que le respondo que mañana hablamos y que lo pase bien.

Y yo, tal como le dije a Pablo, paso el resto de la noche leyendo una novela romántica y no puedo esperar a saber cómo acaba.

Leer siempre ha sido mi refugio: abrir un libro, oler sus páginas, perderme en una historia...

hace que la ansiedad desaparezca. Desde pequeña me ha ayudado a ahuyentar mis propios monstruos y a vivir mil vidas entre historias ajenas.

Llevo horas sumergida en la novela cuando me doy cuenta de que es tardísimo y aún no he cenado.

A veces, me pasa: me concentro tanto en lo que está ocurriendo en la trama, que se me olvida algo tan básico como comer.

Decido que voy a prepararme algo rápido para cenar, y volveré a la habitación para terminar el libro.

Cuando abro la puerta, escucho ruido en el salón, y estoy segurísima de que mis compañeras están viendo una película. Sin embargo, antes de salir de la habitación vuelvo atrás y miro el móvil. Me sorprende ver un mensaje de Alberto y que, además, lleve adjunto un vídeo.