Sin miedo a perder(te) Chapter 3
5%

Chapter 3

Después de un día de mierda y con otro suspenso más en Historia de la Economía, estoy intentando decidir qué ponerme para ir a una fiesta sin que mi novio me monte un pollo monumental.

Recostada en mi cama, Lara mira el teléfono sin parar; seguro que está subiendo alguna de las cien fotos que se ha hecho delante del espejo.

Lleva su pelo corto y castaño ondulado con unas trencitas que la hacen parecer adorable.

Además, ha venido una hora antes para —supuestamente—prepararnos juntas, aunque ya ha llegado con un vestidazo que marca todas sus curvas.

Si me preguntan, ella siempre ha sido la que llama la atención de las dos; lo cual me parece razonable, viendo el desastre que soy.

—¿Puedes dejar de resoplar y elegir algo ya? —espeta, claramente nerviosa, levantándose para acercarse al armario. Saca un vestido de color burdeos, demasiado ajustado, y me lo enseña con decisión—. Este seguro que no te queda mal —sugiere con una sonrisa amplia.

—Es demasiado pegado, se me va a marcar todo —lo rechazo al momento, pensando en Pablo. Aún no he podido hablar con él porque sigue enfadado, y lo mejor de todo es que no sabe que voy a ir a la fiesta, lo que augura que monte un doble pollo.

—Ay, amiga... Si dejaras de comer tanta comida basura, no tendrías ese problema —comenta como si ese pequeño detalle no me hubiera dolido—. Cuando quieras, te paso mi dieta diaria.

—Eh, sí... Gracias —murmuro—. Otro día.

No entiendo por qué nunca me atrevo a plantarle cara, a decirle que su manera de hablar me duele y que aviva esa voz interna que insiste en que no soy suficiente.

Es cierto que Lara me ha acompañado desde siempre, pues fue mi única amiga en el colegio, la que no se reía de mí y me abrió la puerta a su mundo.

Sé que me quiere, aunque su forma de hacerlo a veces sea difícil de entender.

Al final me decanto por unos vaqueros y un top que quizá pueda considerarse «demasiado ajustado».

Me miro al espejo más tiempo del necesario, buscando algo que no sé definir; defectos, quizás.

A pesar de mis dudas, Carla y Paula insisten en que me queda genial, y decido confiar en ellas antes que en la mueca de desagrado de Lara.

Tras los últimos retoques, salimos un poco justas de tiempo, pero con la tranquilidad de quien sabe que la discoteca está cerca de casa.

Además, a finales de marzo ya no hace tanto frío, así que decidimos ir caminando, con el aire nocturno acariciándome la piel y devolviéndome al presente, pero sin conseguir disipar la presión que llevo en el pecho.

—¿Has avisado a Pablo de que vas a una fiesta? —inquiere Lara, rompiendo el silencio en el que llevábamos sumidas unos minutos .

El estómago se me cierra de golpe y el miedo vuelve a no dejarme respirar con normalidad. Niego con lentitud.

—Me tiene bloqueada... —susurro, casi avergonzada, esperando que no me escuche.

—A saber qué has hecho ahora... —responde en el mismo tono de voz, sin mirarme directamente.

Agacho la cabeza. Me siento culpable de algo que sé que no he hecho, pero que aun así pesa como si fuera real. Aprieto los labios y finjo que no me importa, aunque evito mirar a Paula y Carla porque sé que, si lo hago, se notará el daño que me han hecho las palabras de mi amiga.

—¿Y por qué tiene que ser ella la que haya hecho algo? —salta Carla, incapaz de callarse—. El gilipollas en la relación es él, Ale —me recuerda con firmeza—. Y es normal que te pueda doler escucharlo, pero es la única verdad.

Paula no dice nada; se muerde la lengua y se lo agradezco más de lo que podría explicar, ya que ella es más impulsiva y le cuesta un poco medir cómo dice las cosas.

Además, sé que no soporta que Lara me hable así.

Pero ninguna responde a las palabras de Carla y continuamos caminando envueltas en un ambiente algo tenso hasta llegar a la discoteca.

Entramos tras esperar un rato en la cola, y cuando avanzamos por el pasillo que lleva a la pista la música me golpea el cuerpo.

A mi alrededor, la gente ríe, baila y disfruta de la noche; durante unos segundos, casi consigo olvidarme de todo.

Mientras nosotras nos acercamos a la barra más cercana para pedir, Lara va directa hacia unos amigos de su facultad.

Entonces lo veo y se me corta la respiración: Pablo está apoyado en la barra, hablando con Alberto y riéndose como si nada, como si no me hubiera bloqueado la noche anterior y no me castigara con su silencio cada vez que no hago exactamente lo que espera de mí.

Su pelo negro está desordenado y sus ojos brillan con la luz tenue del local.

Recuerdo la primera vez que me miró hace dos años, esa paz que me transmitía con solo estar a mi lado, ese sentimiento de hogar que nunca tuve y él me regaló sin dudar.

Y lo echo de menos, pues me duele pensar que nunca volveré a tener eso.

Pero vuelvo a la realidad cuando levanta la vista y me ve.

Su cuerpo se tensa al instante y la sonrisa desaparece de su rostro.

Aprieta la mandíbula y su mirada se vuelve dura, oscura, cargada de algo que me atraviesa, como la rabia y el desprecio.

La he cagado, pues no debería haber venido.

Lo sé con solo verle.

Solo he venido de fiesta con mis amigas. No estoy haciendo nada mal.

Intento tranquilizarme pensando que todo está bien, que solo soy una chica normal que ha salido a tomar algo con sus amigas. Pero no puedo evitar temblar.

—Ale, tranquila —me susurra Paula—. No estás haciendo nada malo.

Asiento, aunque no lo percibo así. Siendo valiente por una vez, me atrevo a pedir una copa, aunque sepa que al día siguiente tendré otra excusa para martirizarme.

Después de eso, el tiempo pasa y estamos un par de horas bailando; me obligo a reír y a moverme, limitándome a existir sin pensar y sin sentir que hago todo mal.

Cuando me duelen los pies de tanto bailar y consigo reír de verdad con los bailes tan raros de Carla, necesito ir al baño. Me acerco a las chicas para hablarles en el oído, ya que la música está demasiado alta y quiero que sepan a dónde me dirijo.

—Voy un momento al baño, no tardo nada, ¿vale? —les digo, y ellas asienten.

Camino hacia los servicios y suelto un suspiro de alivio cuando me doy cuenta de que no hay mucha cola.

Entonces, una mano me agarra el brazo con fuerza y cada segundo que pasa me aprieta más; sé quién es incluso antes de girarme, pues he notado su olor.

Mientras me armo de valor para afrontar lo que se viene, noto el corazón en la garganta y la ansiedad adueñándose de mí.

—Pablo... —susurro con un hilo de voz.

—Así que no solo te vas de fiesta sin decirme nada, sino encima te vistes así —escupe con rabia mientras me mira de arriba abajo. No me deja responder, sigue apretando mi brazo sin remordimiento—. Como una puta —espeta cerca de mi cara—. ¿Para qué, Alejandra? ¿Para zorrear con quien te dé la gana?

Siento que todo el mundo desaparece, que solo estamos él y yo, y que no va a servir nada de lo que diga, porque no va a cambiar de opinión. Trago saliva antes de intentar defenderme:

—No... —niego con la voz rota—. Pablo, sabes que no es por eso. Solo me importas tú, no necesito a nadie más.

Aprieta más fuerte y cada vez me duele más.

Sé que mañana habrá marca.

Siempre la hay.

—Por favor... —suplico.

—Me das asco —sentencia sin rebajar el tono—. No sé cómo sigo contigo.

Algo se rompe dentro de mí. Una vez más. Pienso que ya está, que volverá a irse; que desaparecerá y que su castigo será su silencio hasta que suplique de nuevo por su perdón. Una disculpa que cada vez me cuesta más pronunciar. Así que agacho la cabeza y él vuelve a hablar:

—¿No vas a decir nada? —Me zarandea del brazo, furioso—. ¿Nada?

—No... No sé... —balbuceo, incapaz de pensar con claridad.

—Pablo, ya basta. —La voz de Alberto corta el aire y rompe el momento—. Déjala, no está haciendo nada que tú no hagas.

Pablo no responde, tan solo me mira. Su mirada es tan fría y vacía...

como si no significara nada para él. Y ya no puedo respirar bien, pues la ansiedad se apodera de mí y siento cada latido frenético de mi corazón; quiero irme de aquí.

Miro a mi alrededor, buscando una salida, y veo a Paula y Carla acercándose a toda velocidad.

Intento sonreír para transmitirles seguridad, pero por la forma en como miran a Pablo, sé que han visto todo.

—Nos vamos a casa —dicen al unísono.

Me agarran de las manos y salimos de allí.

Apenas he estado un par de horas enfrentándome a la realidad, pero estoy agotada.

El cuerpo me pesa y la cabeza también, ya que sé lo que viene ahora: unos días bloqueada, casi como si estuviese castigada.

Me preguntaré a mí misma qué hice mal. Y, aun sabiendo que no hay ningún problema conmigo, una parte de mí seguirá pensando que todo es culpa mía.