Sin miedo a perder(te) Chapter 2
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Chapter 2

Es la quinta vez que suena la alarma de mi teléfono esta mañana, y también es la quinta vez que atraso el despertador.

No quiero levantarme ni ir a clase, tampoco enfrentarme a otro día estudiando una carrera que no es para mí.

Pero, claro, soy Alejandra Cortés, y por supuesto que mi apellido pesa; mi queridísimo padre tiene todo el poder para decidir por mí, y parece disfrutar de ello.

—¿Puedes apagar eso de una vez? —protesta Paula desde el pasillo, dando unos toques a la puerta de mi habitación.

—¡Venga, Ale! ¡He hecho tortitas para desayunar! —grita Carla desde la cocina.

Vivimos en un apartamento pequeño, ya que los precios en Madrid están desorbitados y la residencia es, sencillamente, insufrible.

Conocí a las chicas el primer año de la carrera, entre un caos de estudiantes que compartían pasillos y miedos.

Desde un primer momento congeniamos tan bien que, al año siguiente, nos lanzamos a buscar un piso para vivir juntas .

—Ya voy... —gruño por lo bajo, apartando las sábanas con desgana.

Me levanto y subo la persiana para dejar que entre un poco de luz.

La habitación está patas arriba: hay ropa por todas partes, montones de apuntes en el suelo, y el puf está cubierto de ropa sin guardar.

Justo enfrente, el escritorio parece al borde del colapso, pues se encuentra sepultado bajo carpetas y libros que ni recuerdo haber leído; la estantería da la sensación de que va a reventar, y el armario... de ese mejor no hablamos.

Al lado de la puerta de la habitación, hay un espejo de cuerpo entero que me devuelve un reflejo espantoso: el pelo rubio completamente enredado, el flequillo mal cortado y unas ojeras enormes, lo que me convierte en el recuerdo perfecto de la noche anterior.

Me dormí tarde, ya que estuve discutiendo —otra vez— con Pablo.

Mi relación con él es justo lo contrario a lo que suelo leer en las novelas románticas que tanto me gustan, dado que en ellas el amor salva, mientras que aquí me ahoga.

Soy una marioneta consciente de quién mueve los hilos y, aun así, no hago nada por cortarlos, sino que lo justifico diciendo que «es su carácter», o que «no soy fácil de aguantar»; todo esto son solo mentiras que duelen más cuando sé que me las repito para no enfrentarme a la verdad.

Abro el armario con cuidado de que no se me caiga una montaña de ropa encima, y cojo el primer vaquero que encuentro junto a un jersey cualquiera. Me visto sin prisas, y salgo de la habitación para dirigirme hacia la cocina.

—Buenos días, chicas —las saludo al entrar.

Paula está sentada en el suelo, de espaldas al sofá, mientras revisa una carpeta llena de apuntes subrayados en mil colores.

Su precioso pelo pelirrojo es larguísimo y le cae por los hombros, y el flequillo casi le cubre los ojos otra vez; dentro de nada, le pedirá a Carla que se lo vuelva a cortar.

—Juro que, si hoy me dicen otra vez que el comercio internacional es solo saber idiomas, me levanto y me voy —farfulla la pelirroja sin mirarme siquiera.

Sé que es una exageración, pero también que está agotada de escuchar lo mismo una y otra vez. Ojalá yo pudiera hablar cinco idiomas como ella; me siento torpe a su lado, aunque Paula jamás ha hecho o dicho nada que me haya llevado a percibirme así.

Por otro lado, Carla sonríe de forma ladeada mientras prepara café. Lleva el pelo negro recogido en una coleta alta que se mueve con cada paso seguro que da, siempre con ese aire de mujer empoderada que sabe perfectamente lo que vale.

—Eso, no dejes que menosprecien tus estudios —la defiende Carla, que me guiña un ojo con diversión.

Río un poco ante la situación, aunque no puedo evitar sonreír al mirarlas; me encanta la familia que hemos formado, y la rutina con ellas tiene un sabor cálido, casi como si fuese un hogar.

A la sensación no solo la acompañan ellas, sino el sol que entra por la ventana de la cocina, el piso que huele a café recién hecho y a tortitas calientes, y el rumor de la ciudad llegando desde la calle como un murmullo tranquilizador.

Camino hacia la encimera y me siento en el borde, sujetando la taza caliente entre las manos, y dejo escapar el aire con calma.

Tengo el estómago encogido desde que he abierto los ojos .

—Esta noche hay una fiesta —anuncia Carla, mirándonos con interés.

Mierda.

Se me había olvidado por completo. Como si no fuera suficiente la ansiedad con la que cargo cada día, ahora tengo que sumarle la maldita fiesta; no hay nada especial en ella, ni motivo, ni celebración, tan solo gente, música y ganas de olvidarse del mundo exterior.

Para cualquier otra persona podría ser divertido, en cambio, a mí se me asemeja más a escalar una montaña.

—¿Te pasa algo? —pregunta Paula, levantando por fin la vista de los apuntes.

—No, nada —niego demasiado rápido.

Carla me observa con atención y entorna los párpados.

—Eso ha sonado muchísimo a «Sí, me pasa algo» —replica.

Intento sonreír, pero no resulta convincente.

—Es que... esta noche hay una fiesta —repito, como si no acabase de decirlo ella.

—¿Y? —cuestiona Paula frunciendo el ceño.

Guardo silencio unos segundos antes de continuar hablando:

—No sé cómo decírselo a Pablo —admito con la boca pequeña.

No necesito explicar más.

Carla cierra el portátil con cuidado y se levanta del sofá.

—Ale... —murmura, acercándose a mí.

—Ya lo sé —la interrumpo—. Ya sé lo que vais a decir.

Que no es normal y que no debería tener miedo. Que nadie tiene derecho a decirme cómo vestirme ni a dónde ir... Y yo todo esto lo sé demasiado bien.

—Solo... —Trago saliva y niego con la cabeza—. No quiero que se enfade.

Paula se levanta y cruza la estancia hasta quedar delante de mí.

—Ale, se enfadará igual —sentencia con firmeza—. Vayas o no.

Y me duele escucharla, porque sé que tiene razón.

Justo en ese momento suena mi teléfono con la llegada de un mensaje, haciendo que mi corazón dé un vuelco. Por un segundo pienso que puede ser Pablo, pero recuerdo que me bloqueó anoche. Otra vez.

Siento cómo la angustia me sube otra vez por el pecho al leer el escueto mensaje. Lara es mi mejor amiga desde los diez años y, aunque su personalidad sea arrolladora, siempre está ahí para mí.

—¿Lara? —inquiere Carla con curiosidad al ver mi expresión.

—Sí —respondo—. Dice que vaya a la fiesta y deje de poner excusas.

Las chicas intercambian una mirada significativa y, aunque finjo no verla, soy muy consciente de lo que acaban de decirse.

—Claro que sí —afirma la pelirroja, queriendo sonar natural—. Te vendrá bien.

—Y recuerda —añade Carla, dándome un toque en el brazo—. No son excusas. Si te apetece quedarte en casa leyendo, nosotras no te vamos a juzgar. Estamos contigo .

Asiento, aunque el nudo no solo no desaparece, sino que se me forma otro en el pecho cuando miro la hora en el móvil.

Esta noche tendré que hablar con Pablo para convencerle y prometerle cosas que no quiero prometer.

Y, aun así, una parte de mí —pequeña y silenciosa— desea por primera vez en mucho tiempo que no me desbloquee.