Sin Miedo a Amar Capítulo 11 — El regreso
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Capítulo 11 — El regreso

Volví a Los Álamos un fin de semana de marzo, cinco años después de haberme ido, para visitar a mis padres por el cumpleaños de mi madre. El pueblo seguía casi igual: la misma plaza, el mismo autobús cansado, las mismas caras que envejecían despacio entre las mismas calles.

Fue caminando por el centro cuando lo vi.

Al principio no estuve seguro, pero cuando se dio vuelta y nuestras miradas se encontraron, no hubo duda posible.

Mateo, con cinco años más, con el rostro un poco más adulto, con una tristeza nueva instalada en los ojos que antes no estaba ahí, pero con los mismos ojos verdes que nunca había podido olvidar.

Nos quedamos parados, sin saber qué hacer, hasta que él sonrió con esa sonrisa que yo conocía de memoria y se acercó a abrazarme.

—No puedo creer que seas tú —me dijo, con la voz temblorosa.

Caminamos juntos hasta su casa, la misma casa donde tantos recuerdos, buenos y dolorosos, habían quedado guardados.

Me contó, con la voz apagada, lo que yo ya sabía a medias: que su madre había muerto hacía un año, después de una enfermedad que avanzó demasiado rápido.

Me habló del hospital, de las noches sin dormir a su lado, de la culpa extraña que había sentido al despedirse de ella sin haber logrado nunca decirle del todo quién era en realidad.

—Antes de morir me dijo que lo sentía —me contó, con los ojos llenos de lágrimas—.

Que sabía que me había hecho daño alejándome de ti, que solo quería protegerme del pueblo, aunque terminó lastimándome más de lo que cualquier pueblo podría haberlo hecho.

Nunca pude perdonarla del todo, pero tampoco pude odiarla. Era mi mamá.

Lo abracé fuerte mientras él lloraba, sintiendo que ese abrazo cargaba cinco años de ausencia, de silencio, de todo lo que no nos habíamos dicho.

Nos sentamos en la misma cocina donde años atrás habíamos hecho aquella primera tarea de inglés, y hablamos toda la noche.

De todo lo que había pasado, de todo lo que no nos habíamos dicho, de los años de silencio que ninguno de los dos había sabido cómo romper.

Le conté también de mis tristezas, de las noches en que lo extrañaba sin razón aparente.

—Nunca dejé de pensar en ti —me confesó, ya pasada la medianoche, con los ojos brillantes—. Ni un solo día en estos cinco años. Volví a este pueblo a arreglar lo de la herencia, pero en el fondo creo que también volví buscando algo. Buscándote a ti, aunque no me atreviera a decirlo ni a mí mismo.

—Yo tampoco dejé de pensar en ti —le respondí, sintiendo que el tiempo, de alguna manera, no había pasado en absoluto—. Ni un solo día.