Sin Miedo a Amar Capítulo 12 — El reencuentro
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Capítulo 12 — El reencuentro

Esa noche no hubo prisa ni miedo. Hablamos hasta que el sol empezó a asomar por la ventana de la cocina, recordando cada detalle de aquel último año de colegio, riendo de los nervios de aquella primera tarea juntos, llorando por los años perdidos, por el silencio que nos había robado tanto tiempo, por la madre que ya no estaba, pero cuya sombra todavía se sentía en cada rincón de esa casa.

En algún momento de la madrugada, entre los recuerdos y las lágrimas, Mateo me tomó la mano sobre la mesa, sin dudar, sin mirar hacia la puerta como hacía antes.

—Ya no tengo que esconderme de nadie —me dijo—. Ya no le tengo miedo a nada.

Nos quedamos mirándonos en silencio, dos personas adultas que ya no eran los adolescentes asustados de años atrás, y en ese silencio se dijo todo lo que las palabras ya no alcanzaban a expresar.

Me acerqué despacio, dándole tiempo, dejando que fuera él quien decidiera acortar la distancia, y cuando nuestros labios se encontraron, sentí que cinco años de espera se disolvían en un solo instante.

Esa noche nos permitimos, por primera vez sin miedo, sin madres vigilando, sin pueblo juzgando, sin la urgencia adolescente de esconder cada gesto, redescubrirnos el uno al otro con la calma y la certeza que solo da el tiempo.

Fue un encuentro distinto al de aquella tarde de agosto de años atrás: más pausado, más consciente, cargado de toda la ternura que dos personas guardan cuando finalmente se permiten amar sin condiciones.

Nos quedamos dormidos abrazados, con la primera luz de la mañana entrando por la ventana, sintiendo que después de tanto tiempo, por fin habíamos vuelto a casa el uno en el otro.

Los días siguientes los pasamos juntos, redescubriéndonos, permitiéndonos sentir de nuevo lo que durante cinco años habíamos guardado en el fondo del pecho, disfrazado de recuerdo, de nostalgia, de un "qué hubiera pasado si".

Caminamos por el mismo cerro donde nos habíamos despedido aquella última noche antes de la graduación, y esta vez, en lugar de una despedida, hicimos una promesa.

—No quiero volver a perderte —le dije, mirando esos ojos verdes que habían sido el comienzo de todo—. Esta vez, sin escondernos. Sin miedo.

Mateo sonrió, me tomó la mano con firmeza y, por primera vez frente a la plaza del pueblo, frente a todos los que quisieran ver, me besó sin esconderse.

—Sin miedo a amar —repitió, como si sellara con esas palabras todo lo que habíamos vivido y todo lo que todavía nos quedaba por vivir juntos.

Y así, después de tantos años de silencios, secretos y distancias, después de una madre que se fue sin haber logrado entender del todo, después de tanta tristeza guardada en cartas que nunca se enviaron, volvimos a empezar.

Esta vez, sin esconder lo que sentíamos, sin miedo a lo que el pueblo pudiera decir, sin miedo a amar.

FIN