Capítulo 8 — La mirada de una madre
Lo que no sabíamos esa noche era que la madre de Mateo había regresado antes de lo previsto, adelantando su viaje por un imprevisto familiar.
Escuchamos la puerta de calle demasiado tarde, y cuando ella subió las escaleras y abrió la puerta del cuarto sin tocar, como siempre hacía, se encontró con una escena que no supo, o no quiso, entender de otra manera.
El silencio que siguió fue el más largo de mi vida. Doña Rosa —así se llamaba— no gritó, no dijo una sola palabra. Solo nos miró con una expresión que mezclaba sorpresa, dolor y algo parecido a la traición, y cerró la puerta despacio.
Me vestí temprano esa noche, temblando, y salí de esa casa sin cruzar palabra con ella.
Mateo me escribió más tarde, destrozado: su madre le había prohibido volver a verme, amenazando con contarle todo a su padre, con cambiarlo de colegio, con lo que fuera necesario para "corregir" lo que ella entendía como un error.
Los meses que siguieron fueron los más difíciles.
Doña Rosa vigilaba cada paso de Mateo, revisaba su teléfono, lo acompañaba y recogía del colegio como si fuera un niño pequeño.
Pero el amor, cuando es real, encuentra grietas por donde respirar: notas escondidas en los libros de la biblioteca, encuentros de cinco minutos en el pasillo, una mirada cómplice en medio de la clase que valía más que mil palabras.
—No importa lo que haga mi mamá —me dijo Mateo un día, con una determinación nueva en la voz—. Yo te elijo a ti.
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