Capítulo 7 — Una tarde de agosto
Fue una tarde de agosto, con el colegio en receso de mitad de año, cuando los padres de Mateo viajaron a la ciudad por un asunto familiar y lo dejaron solo en casa por primera vez.
Me invitó a pasar la tarde con él, y aunque los dos sabíamos que ese día sería distinto a los demás, ninguno lo dijo en voz alta.
Llegué cuando ya oscurecía. La casa estaba en silencio, solo el ladrido lejano de algún perro del barrio y el sonido de nuestros propios pasos en la escalera hacia su cuarto. Mateo cerró la puerta con una calma que escondía los nervios que yo sabía que sentía, los mismos que yo también sentía.
No hicieron falta muchas palabras. Nos habíamos esperado el uno al otro durante meses, entre miradas robadas y mensajes de madrugada, y esa noche todo lo que habíamos callado se convirtió en un lenguaje distinto: el de las manos que por fin se atrevían a no soltarse, el de dos corazones que después de tanto esconderse finalmente se permitían latir juntos, sin nadie mirando, sin nadie juzgando.
Después, abrazados en la penumbra de su cuarto, con el pueblo dormido afuera, Mateo apoyó la cabeza en mi pecho y por primera vez lo escuché decirlo en voz alta:
—Te amo, Emiliano.
Y yo, con el corazón lleno de una felicidad que no sabía que cabía en un solo cuerpo, le respondí lo mismo que sentía desde el primer día que lo vi entrar por esa puerta del salón de inglés.
—Te amo, Mateo. Desde el primer día.
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