Capítulo 6 — A escondidas
Nuestra relación creció en los rincones que el pueblo no veía: la biblioteca del colegio en horas de poca gente, el cerro donde subíamos a mirar las estrellas los sábados que decíamos estar estudiando, los mensajes de buenas noches que siempre terminaban con un "te quiero" escrito y borrado varias veces antes de enviarlo.
Descubrí que detrás de esos ojos verdes que tanto me habían hipnotizado desde el primer día, había un muchacho dulce, inseguro, que reía con ganas cuando se sentía en confianza y que, cuando bajaba la guardia, era capaz de mirarme como si yo fuera lo único importante en su mundo.
Aprendimos a hablar sin palabras en los pasillos del colegio: una mirada que duraba un segundo de más, un roce de manos que parecía casual, una sonrisa que solo el otro entendía.
Era nuestro idioma secreto, y aunque a veces dolía no poder tomarnos de la mano frente a los demás, también había algo hermoso en esa complicidad silenciosa.
Camila fue la única que supo todo desde el principio. Nos cubría cuando decíamos estar "estudiando juntos", nos prestaba su casa cuando sus padres no estaban, y más de una vez me abrazó fuerte cuando el peso del secreto se hacía demasiado grande para cargarlo solo.
—Algún día no van a tener que esconderse —me decía, siempre con esa fe que a mí a veces me faltaba—. Confía.
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