Capítulo 5 — Los pasos pequeños
Las semanas siguientes fueron un baile lento de acercamientos y distancias.
Mateo seguía saliendo con chicas frente a los demás —una tras otra, como si cada relación fuera una máscara nueva que se probaba para convencer al pueblo entero de algo que ya no lograba convencerse a sí mismo— pero cada tarde, cuando el colegio quedaba atrás, buscaba una excusa para verme: que si lo ayudaba con matemáticas, que si caminábamos juntos hasta la plaza, que si nos quedábamos hablando hasta tarde sentados en la acera de mi casa.
Verlo tomado de la mano de otra chica en los pasillos seguía doliendo, aunque ya entendía las razones detrás de esa actuación.
Había tardes en que llegaba a mi casa y lloraba de rabia y de tristeza mezcladas, sin poder explicarle a nadie más que a Camila por qué me dolía tanto algo que, según las reglas del pueblo, ni siquiera debería estar pasando.
—No es justo —le dije una vez a Camila, sentados los dos en las gradas del patio—. Yo lo espero, y él sale con todo el mundo menos conmigo.
—Lo sé, Emi —me respondió ella, apretándome la mano—. Pero también sé que tú ves algo en él que vale la pena esperar. Solo tú puedes decidir si esa espera te está costando demasiado.
Con el tiempo entendí que no era indiferencia lo que sentía Mateo por mí, sino miedo.
Miedo a su familia, miedo al pueblo entero, miedo a una palabra que aún no se animaba a decir en voz alta sobre sí mismo.
Yo tampoco había hablado de mi condición abiertamente.
Camila lo sabía, mis padres lo sospechaban sin decirlo, pero en Los Álamos ser diferente todavía dolía.
Así que entendía, aunque me costara, la lucha silenciosa que Mateo cargaba.
Una tarde de mayo, sentados en el patio de su casa mientras el sol se ponía detrás de los cerros, me tomó la mano por primera vez sin que nadie más estuviera mirando.
—Quiero intentarlo —me dijo, mirando fijamente nuestras manos entrelazadas—. Contigo. Aunque sea despacio, aunque sea a escondidas por ahora.
Le apreté la mano y sentí que, por fin, algo empezaba de verdad, y que toda la tristeza acumulada de esas semanas empezaba a transformarse en otra cosa.
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