Capítulo 4 — La fiesta
Dos días después, Camila me invitó a una fiesta en la casa de una compañera, una de esas reuniones de fin de semana con música alta y luces de colores improvisadas con papel celofán sobre las lámparas.
Fui sin muchas ganas, todavía dolido por lo que había pasado, pero la insistencia de mi amiga pudo más que mi ánimo.
Ahí estaba Mateo, con un vaso en la mano, evidentemente había bebido más de la cuenta. Nuestras miradas se cruzaron un par de veces durante la noche, pero yo evité acercarme. En un momento, necesitando aire, salí al patio trasero, lejos del ruido y las luces.
No pasaron ni cinco minutos cuando escuché sus pasos detrás de mí.
—Emi —dijo, con la voz un poco arrastrada por el alcohol, pero los ojos más claros que nunca, como si por fin se hubiera quitado una máscara.
Antes de que pudiera responder, se acercó y me besó. Fue un beso torpe, urgente, cargado de todo lo que él no se animaba a decir con palabras estando sobrio.
—Me gustas —me dijo cuando se separó, apoyando su frente en la mía—. Me gustas mucho, Emi.
Sentí que el corazón se me salía del pecho, pero también sentí algo más: no quería ser el secreto de nadie, no quería ser el beso a escondidas del que se arrepentía al día siguiente.
—No quiero estar con alguien que no se acepta como es —le dije, con la voz temblorosa pero firme—. Cuando estés listo, hablamos.
Me alejé de esa fiesta con el corazón partido entre la emoción del beso y el dolor de haberlo rechazado. Pero sabía que era lo correcto.
Al día siguiente, en el colegio, Mateo se acercó apenas me vio.
—Perdón por todo, Emi. De verdad. No estoy listo para salir del clóset, pero no quiero seguir lastimándote.
Fue el comienzo de algo distinto entre nosotros. Ya no había gritos ni humillaciones. Había, por primera vez, honestidad.
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