Capítulo 3 — El primer tropiezo
Esa noche lo busqué en Instagram y le di seguir. Minutos después, él me siguió también. Envalentonado por la oscuridad de mi cuarto y la distancia de la pantalla, le escribí un mensaje: "Me gustó el beso de hoy."
Él respondió con una risa, unos emojis, nada más. Y yo me dormí pensando que tal vez, solo tal vez, había una posibilidad.
Al día siguiente, en el colegio, me acerqué a saludarlo con una sonrisa que no pude contener. Pero la respuesta de Mateo fue como un balde de agua fría.
—¿Qué te pasa? —me dijo, con la voz dura, delante de otros compañeros—. Vete, marica.
La palabra me golpeó como una cachetada.
Sentí que todo el salón me miraba, aunque probablemente nadie había prestado atención.
Caminé hasta mi puesto con la cara ardiendo de vergüenza y confusión.
No entendía nada. El muchacho que me había besado la mejilla la noche anterior era el mismo que ahora me humillaba delante de todos.
Camila me encontró llorando en el baño, en el descanso.
—Olvídalo, Emi. Es un estúpido —me dijo, abrazándome—. No merece que le regales ni un pensamiento más.
Quería creerle. Quería odiarlo. Pero en el fondo sabía que había algo más detrás de esa reacción, algo que yo mismo conocía muy bien: el miedo.
Esa tarde, cuando ya estaba en mi casa tratando de no pensar en nada, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Mateo.
"Perdón por lo de hoy. No sé bien qué es lo que siento. No quiero que me digan gay."
Lo leí varias veces antes de responder.
"No tienes que ser como los demás. Puedes ser tú mismo."
No respondió nada más esa noche. Pero yo sabía que esas palabras, de alguna manera, se habían quedado con él, aunque tardaría todavía mucho tiempo en dejarlas entrar del todo.
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