Sin Miedo a Amar Capítulo 2 — Nervios y silencios
17%

Capítulo 2 — Nervios y silencios

La casa de Mateo quedaba en el barrio nuevo, con jardín al frente y un perro que ladró como loco cuando entré.

Nos sentamos en la mesa del comedor con los libros abiertos, pero yo no lograba concentrarme del todo.

Cada vez que él hablaba, cada vez que se acercaba para señalar algo en mi cuaderno, sentía un cosquilleo que no había sentido nunca antes, ni siquiera con las pocas chicas con las que había intentado salir para disimular lo que en el fondo ya sabía de mí mismo desde hacía años.

Terminamos la tarea, hablamos un rato de música, de series, de nada en particular, y cuando me fui esa tarde, caminé hasta mi casa con una sensación extraña en el pecho: la de haber encontrado algo que no sabía que buscaba.

Al día siguiente, en el colegio, las chicas rodeaban a Mateo como si fuera lo único interesante que había pasado en Los Álamos en años.

Reían con él, le coqueteaban, y pronto empezó a salir con una de ellas, una compañera de cabello largo que siempre olía a perfume dulce y que se colgaba de su brazo en los descansos como si tuviera algún derecho sobre él.

Yo los veía de lejos, sentado en el patio con mi almuerzo intacto, sintiendo una opresión en el pecho que no sabía nombrar todavía.

No era solo tristeza, era una especie de vergüenza silenciosa, la sensación de estar deseando algo que ni siquiera tenía derecho a desear en voz alta.

Cada risa que ella le arrancaba, cada vez que la tomaba de la mano en el pasillo, era una pequeña herida que yo aprendía a esconder detrás de una sonrisa forzada.

—Te dije que era hetero —me recordó Camila una tarde, sin maldad, solo constatando lo obvio, mientras me veía picar la comida sin ganas de comer.

—Ya sé —respondí, tratando de sonar indiferente, aunque las lágrimas se me acumulaban detrás de los ojos.

Esas semanas aprendí a llorar en silencio, de noche, con la almohada apretada contra la cara para que mis padres no escucharan. Aprendí que amar a alguien que ni siquiera podía nombrar en voz alta lo que sentía era una de las formas más solitarias de tristeza que existían.

Pero una semana después, cuando ya casi había logrado convencerme de que debía olvidarlo, Mateo me buscó de nuevo.

—¿Me acompañas a mi casa? —me preguntó, como si fuéramos amigos de toda la vida.

Le dije que sí, aunque el corazón me latía con una mezcla de esperanza y miedo.

Caminamos juntos las quince cuadras hablando de todo un poco, y cuando llegamos a la puerta de su casa, algo pasó que no esperaba: se acercó y me dio un beso en la mejilla, un segundo más largo de lo que un simple saludo hubiera necesitado.

Me quedé ahí parado, rojo hasta las orejas, sin saber qué decir. Él sonrió, entró a su casa, y yo caminé de vuelta flotando, sin poder pensar en otra cosa en toda la noche.

---