SIN LASTRE 15. XV. El reencuentro
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15. XV. El reencuentro

XV. El reencuentro

Ala mañana siguiente desperté temprano.

Me olvidé por completo de lo fantástico que estaba viviendo, pues tenía que afrontar una realidad que se me venía encima en apenas dos horas. Diana llegaría a las ocho de la mañana con su acostumbrada puntualidad; ya le habían dado instrucciones para reiniciar su rutina conmigo.

Diana era la persona que más me conocía en mi etapa de hombre mayor; realmente éramos amigos y no sabía cómo iba a reaccionar.

Ahora se trataba de cuidar a un anciano de setenta años, pero además, todos pensaban, con «la enfermedad del olvido», poéticamente dicho; Alzheimer, científicamente, o demencia senil, si lo decíamos con crudeza.

Desde cualquier enfoque, lo importante era cómo lo tomaría ella.

¿Confiaría en mí? ¿Sentiría miedo? O tal vez, con toda su delicadeza, traería una buena razón para decirme que ya no podría seguir trabajando.

Ella sabía de mi temor a que esto sucediera por el antecedente de mi padre.

Le había comentado que sabría lidiar con serenidad contra cualquier otra enfermedad terminal, pero no con esta, porque perdería el control de mi vida totalmente.

Diana era valiente, pero no estaba tan necesitada como para aceptar una responsabilidad tan difícil.

Trabajaba en otros lugares y tenía un pequeño negocio de comida a domicilio; era posible que, incluso sin necesidad de inventar una excusa, realmente no tuviera tiempo para invertir dos horas conmigo cada mañana.

Pero bueno, por ahora solo quedaba esperar. Me preparé para un baño y después vería qué ropa aún me quedaba con mi nueva y esbelta silueta. «Muy viejo puedo estar —pensé—, pero aún me gusta dar una buena impresión», y sonreí por mi ocurrencia.

A diez minutos para las ocho de la mañana, me acomodé en el sofá. Luego me levanté, pues no quería parecer cansado; encendí mi computadora de escritorio y seleccioné un poco de música alegre, mi tradicional lista de reproducción de rock and roll de los años setenta. Bueno, aquí estoy.

Se escuchó el sonido característico de la chapa quitando el doble cerrojo y apareció Diana, con su abundante pelo rizado y una trenza adornada con un moño, y dijo graciosamente:

—Ya vine —como cuando un adolescente llega a casa después de un día de escuela.

Nos miramos por un momento y ambos soltamos una carcajada difícil de controlar, como si los dos cargáramos una tensión que no sabíamos cómo se iba a desencadenar.

Después confesamos qué había originado la risa al vernos.

Para mí, fue verla tan radiante y despreocupada, como si hubiera sido ayer; para ella, verme a mí disfrazado de marinero por ese bronceado exagerado y un bigote recién recortado, pero con una expresión como de «yo no fui».

Ella entró como si nada. Yo me paré instintivamente y la abracé como a un ser querido después de un largo viaje. Ella me dijo:

—Bueno, ya... ¿Qué va a desayunar?

«Solo así, sin preguntas ni explicaciones —pensé—, sin decirme que solo llegaba a despedirse porque ya no tenía tiempo». Y no, todo transcurría como si nada, aunque yo sabía que tarde o temprano tendríamos que tocar el tema. Me senté en el desayunador de la cocina.

Ella dijo:

—Qué buena música, hace tiempo que no la escuchaba. Me hacía falta.

—¿Y cómo ha estado? ¿Todo bien? —le pregunté después.

—Sí, todo normal, gracias a Dios. Si mi hijo está bien, yo solo por eso estoy mejor.

—Qué bien —le contesté.

Siguió sacando los trastos y me preguntó:

—¿Huevos revueltos?

—Sí.

—Con frijoles, papaya, café y pan tostado, ¿verdad?

—Sí, Diana, todo igual.

—Muy bien.

Hubo cinco minutos de un silencio incómodo, hasta que me disparó a quemarropa:

—¿Y me va a contar o qué?

—Sí, claro, Diana. Pero ¿usted qué sabe y qué piensa?

—Bueno, yo al verlo pensé: «No estaba muerto, andaba de parranda» —ja, ja, ja, reímos.

Ella agregó—: Sí, me contaron lo que ellos creen que le pasó, lo de su supuesta enfermedad. Pero ¿sabe qué? Yo no lo creo. Usted, como de costumbre, algo se trae entre manos.

Me volteó a ver con una especie de complicidad que me desconcertó.

—Diana, ¿y ya desayunó usted? —no esperé respuesta y añadí—: Quiero que esta vez prepare desayuno para los dos, ¿ok?

—Bueno, como mande el jefe —dijo ella.

—Diana, y después de lo que le han de haber contado —razón también por la que deberá dejarme encerrado y todo lo demás—, ¿no siente temor de mí?

—Mmm —dijo ella—, pues no me ha dado ninguna razón para temerle y yo me siento segura. Usted es una buena persona, razonable, y, además, como le dije, no creo todo lo que me dicen. Pero sí voy a dejarlo con doble llave para no arriesgar, ¿está bien?

Ya sentados uno frente al otro desayunando, me vio y me dijo:

—¿Y usted en qué spa estuvo que se ve tan saludable? No parece alguien que anduvo mendigando y sufriendo en las calles. A mí no me engaña, picarón —ja, ja.

—Ya le contaré algún día lo poco que recuerdo —le dije, y guardé silencio. La verdad, prefería no decir nada antes que inventarle una mentira.

Entonces pensé en por qué el destino me había dado tan buenos amigos.

Guardaba amistades desde mi juventud; fácil de cincuenta años atrás.

Es más, con mis parejas románticas, que fueron más de las que merecía, nunca había terminado peleando o disgustado.

Todo lo enfocaba como ciclos, relaciones que cambian de estatus nada más, pero nunca las dejaría de querer.

De cualquier forma, ellas comprendían y se volvían amistades incondicionales; extraño me parecía que no todos pensaran igual.

Y mis amigos de juventud fueron cinco, y todavía tenía contacto con ellos; todos viejos pero vivos. Uno se convirtió en...

Diana interrumpió mis pensamientos:

—Entonces, ¿qué quiere que le deje preparado para el almuerzo?

—Sus famosas fajitas de pollo, arroz integral y aguacate, sin olvidar la limonada con sal —le respondí.

Me pidió dinero y salió a hacer las compras...