SIN LASTRE 16. EPÍLOGO
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16. EPÍLOGO

EPÍLOGO:

El visitante del cuarzo

Llevaba ya tres meses encerrado en casa, cuidando el caracol de cristal que no crecía y que aún cabía en la palma de mi mano.

Mis hijos me visitaban cada dos semanas, y recibía videollamadas de mis hijas con mis nietecitas.

Mis hermanos se comunicaban más conmigo, tal vez por consideración.

Aún tenía pendiente la difícil confesión con mi hermano mayor, Samuel: él tenía una mente abierta para las historias misteriosas, además de ser médico.

Con el Tony seguíamos igual, platicando de música y cosas divertidas.

Diana venía todos los días; cocinaba, limpiaba y se iba sin decir mi nombre.

La vida era una rutina gris, salpicada solo por el calor del cuarzo que descansaba en mi mesita de noche.

El encierro, que al principio me había parecido una prisión, se había convertido en una suerte de santuario.

Aprendí a amar el silencio de las paredes, la geometría de los muebles, la luz de la tarde que se filtraba por la ventana.

El caracol, en su tibieza constante, me recordaba que no estaba solo.

Y mi cuerpo, fortalecido por su presencia, me decía que aún tenía tiempo, incluso para escribir un libro. El tema, lo más difícil, ya lo tenía.

Una noche, mientras dormía, algo cambió.

No fue un sueño. Fue un desplazamiento. Una sensación de caer hacia arriba, de ser arrancado de mi cuerpo y colocado en un espacio sin dimensiones.

No había paredes, ni techo, ni suelo. Solo una luz suave, como la de una aurora boreal, y un silencio que no era ausencia de sonido, sino presencia de paz.

Y allí, en ese vacío luminoso, la vi a Ella.

Era translúcida como en la isla. Era más tenue, más distante, como un eco de sí misma. Pero sus ojos sin pupilas me miraban con la misma compasión eterna. Su silueta parpadeaba, como si la energía la abandonara lentamente.

—David —dijo, y su voz mental tenía un matiz de urgencia—. Escúchame bien. Tengo poco tiempo.

—¿Dónde estás? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿No habías trascendido?

—Trascendí, sí. Pero aún puedo alcanzarte en momentos de conexión profunda. El caracol es mi puente. Y necesito que sepas algo importante.

Su silueta parpadeó, y por un instante temí que se desvaneciera.

—El cuarzo que te entregué no es un objeto común.

Es un receptáculo de vida, un huevo cósmico.

Su caparazón es indestructible: más duro que el diamante de tu mundo.

Y solo se activa con tu contacto. Si alguna vez se pierde, si cae al fondo del mar o es tragado por una bestia, no se romperá.

Entrará en un estado de hibernación, latente, esperando.

Podrían pasar miles de años, y seguiría allí, intacto, emitiendo una señal que solo los seres de mi evolución pueden detectar.

—¿Una señal? —pregunté, atónito.

—Sí. Un transmisor que no puedes ver ni oír. Que tus instrumentos más avanzados jamás podrían detectar. Está programado para estar conectado a ti durante sus primeros ocho años de crecimiento. Eres su protector, su guía, su maestro. Sin ti, no crecería. Pero tampoco moriría. Solo esperaría.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes?

—Porque no debías saberlo —dijo, y su voz se volvió suave—. Si hubieras sabido que era indestructible, no lo habrías cuidado con la misma devoción. Necesitaba que lo protegieras como si fuera frágil, para que aprendieras a amarlo. El amor solo nace cuando creemos que algo puede perderse.

Guardé silencio, procesando. Pero entonces otra pregunta, más honda, surgió desde el fondo de mi ser:

—Y... mi cuerpo. El caracol me está manteniendo vivo, ¿verdad?

Ella inclinó su cabeza luminosa.

—Lo sabías —dijo, sin necesidad de confirmación.

—Lo noté. En la isla, mi dolor de rodillas desapareció. Mi glucosa se estabilizó. Mi corazón latía con fuerza. Y aquí, en el departamento, sigo sintiéndome más joven de lo que debería. El caracol me está curando.

—No curando —corrigió Ella—. Manteniendo. Mientras estés conectado a él, tu cuerpo no envejecerá. Pero es un préstamo, David. Cuando él complete su ciclo, el vínculo se romperá. Entonces, tu cuerpo retomará su curso natural.

—¿Cuánto tiempo me queda?

—Hasta que él esté listo. Aún faltan años. Pero cuando llegue el momento, sabrás que has cumplido.

—¿Y por qué confiaste en mí? —pregunté, con la voz quebrada—. Soy un anciano frágil, con prediabetes, con hijos que me encierran porque creen que estoy loco. ¿Por qué elegiste a un ser tan imperfecto para cuidar de tu legado?

Ella sonrió, y por un instante fue tan hermosa como la primera vez que la vi en la selva.

—Porque eres el único ser humano que he conocido que viaja verdaderamente ligero de equipaje —dijo—.

No tienes propiedades que acumular, ni títulos que presumir, ni ambiciones que satisfacer.

Tu mente está vacía de apegos materiales.

Y yo sabía que, si te entregaba el caracol, jamás intentarías venderlo, ni exhibirlo, ni usarlo para obtener fama o riqueza.

Lo protegerías en silencio, como un protector anónimo, porque para ti el verdadero valor no está en lo que se posee, sino en lo que se cuida.

—Eso es cierto —admití, sorprendido de que me conociera tan bien—. Nunca se me ocurrió sacar provecho de él. Ni siquiera cuando me dijeron que estaba loco.

—Lo sé —dijo Ella—. Hubiera sido fácil salir de tu cautiverio mostrando el caracol y exponiéndolo a estudios profundos, pero no lo hiciste.

—Su voz se llenó de una ternura que casi me hizo llorar—.

Por eso confié en ti. Porque el caracol de cuarzo no necesitaba un guardián perfecto.

Necesitaba un protector justo. Alguien que entendiera que el amor no se negocia.

Su silueta comenzó a desvanecerse.

—Volveré a hablarte cuando sea necesario —dijo—. Pero no esperes visitas frecuentes. El puente es frágil. Y el tiempo, en este nivel, es corto.

—Espera —dije, alargando la mano—. ¿Cuándo volveré a verte?

Ella se detuvo, y sus ojos sin pupilas brillaron con una luz que no era tristeza, sino promesa.

—Cuando el caracol esté listo para partir. Entonces, nos veremos de nuevo. Pero no en sueños. En el siguiente nivel.

Desperté con el corazón acelerado. El caracol descansaba en la gaveta de la mesita de noche, como si fuera una cuna, tibio. Lo sostuve contra la luz de la luna y, por primera vez, noté un destello interno, como una estrella atrapada en el cristal.

—Eres más fuerte de lo que creía —susurré—. Y yo soy más afortunado de lo que merezco.

Apreté el caracol y, por un instante, sentí que Ella aún estaba allí, en algún lugar, vigilando. No como una deidad, sino como una amiga que se despide en una estación de tren, sabiendo que el viaje continúa.

Cerré los ojos y dejé que el sueño me llevara. Mi cuerpo, fortalecido por el cuarzo, descansaba en una paz que no recordaba desde mi juventud. Fuera, la ciudad rugía indiferente. Dentro, en la penumbra de mi departamento, la esperanza de Ella latía siempre al ritmo de mi corazón.

Y ya no habitaba el miedo en mí, pues las sombras pierden su fuerza cuando se conoce el final del camino. Después de todo, yo era el hombre que había muerto dos veces.

FIN