14. XIV. La verdad en el bolsillo
XIV. La verdad en el bolsillo
La noche cayó sobre mi departamento con un silencio sepulcral, solo interrumpido por el murmullo lejano del tráfico.
Me senté al borde de mi cama, autoconvenciéndome de que la mente es un laberinto traicionero y que debía resignarme a aceptar la trágica realidad que el doctor Hernández y mis hijos habían estructurado para mí.
Me acosté. Las sábanas tenían ese característico olor a lavanda que Diana les aplicaba. «Vaya —pensé—, no pasó por alto nada.»
Antes de apagar la lámpara, mi mirada se posó en la bolsa de plástico rotulada con mi nombre; la misma que la enfermera me había entregado con mis pertenencias.
Sin pensar más, como disimulando, me acerqué a la silla.
Con manos temblorosas, abrí el plástico y saqué los viejos pantalones de estar en casa.
No estaban simplemente sucios por el polvo de la calle: las bastillas estaban hechas trizas, deshilachadas de forma salvaje por el roce inconfundible de rocas afiladas.
La tela de algodón estaba rígida, acartonada por la salinidad del agua de mar, y al sacudirla, un puñado de granos de una arena blanca y finísima cayó sobre mi alfombra limpia.
Con el pulso desbocado, metí la mano en el bolsillo derecho del pantalón destrozado. Mis dedos tropezaron con algo sólido, liso y frío.
Lo extraje muy despacio. No era una alucinación. Era el obsequio de Ella.
Ahí estaba el caracol de cuarzo de geometría imposible, translúcido como el cristal, que pareció reanimarse al contacto de mis dedos emitiendo una calidez viva que entibió mi mano al instante.
Al sostenerlo, un pulso imperceptible comenzó a vibrar en su interior, latiendo exactamente al mismo ritmo que mi propio corazón.
Mi mundo, que daba por perdido, se reconstruía otra vez. Una vez más lloré, pero ahora de alegría, y eso era válido. No solo no tenía la enfermedad del olvido, sino que mi salud era formidable para mi edad y tenía ante mí la mejor aventura que ningún ser humano podría imaginar.
Al repasar los hechos, finalmente logré descifrar el misterio de la oportuna aparición de Diana.
Años atrás, cuando mis viajes a Estados Unidos para visitar a mis hijas eran intermitentes, fijamos un pacto para asegurar su continuidad como mi asistente: un depósito automático semanal, una tarifa mínima que corría en mi ausencia para que ella entrara al departamento una vez por semana a custodiar el orden.
Cuando yo volvía, el mecanismo bancario seguía su curso y yo completaba el resto en efectivo por sus jornadas diarias.
Por eso, cuando me desvanecí del mapa hace dos años, la rutina no se rompió.
Diana debió asumir que mi habitual impulsividad me había llevado a tomar un vuelo repentino y que, por un simple descuido, había olvidado avisarle.
Fiel a nuestra costumbre, continuó visitando la casa cada semana para ventilar la quietud y limpiar el polvo, aguardando en silencio mi regreso del extranjero.
Fue precisamente ayer, en uno de esos días de ronda programada, cuando cruzó el umbral y me encontró desmayado en el suelo de la sala.
O tal vez fue más simple: mis hijos, alarmados por mi silencio, la contactaron para que echara un vistazo.
Como fuera, el depósito automático mantuvo viva su constancia durante casi cien semanas.
Todo encajaba a la perfección; no había motivos para dudar.
Restaba apenas un cabo suelto por resolver, pero alguna respuesta debía existir.
¿Cómo llegué a la isla de la ninfa y cómo logré regresar?
Estaba claro que no había sido un sueño ni un viaje astral; yo estuve allí, y volví con mi propio cuerpo físico.
Si no lo descubro antes, Ella o el cuarzo tendrán que revelarme el secreto en algún momento.
Después de todo, creo que me lo he ganado.
Las piezas de aquellos veinticuatro meses de aventura se acoplaban con precisión, pero aún tenía algo que comprobar.
Miré el caracol vivo. Miré la pantalla apagada de mi portátil. La conecté a la corriente eléctrica, impaciente, y con los dedos temblorosos entré a mis redes sociales.
Allí vi mi último mensaje publicado dos años atrás, donde narraba un sueño idílico y expresaba el deseo de cerrar los ojos para retomar su hilo. Sí, ahí estaba, confinado al texto, el prólogo de una nueva odisea que prometía aventura y felicidad, pero nunca descartaba el llanto.
Los médicos se equivocaban. Mis hijos se equivocaban. No tengo demencia senil. La fantasía no era un síntoma de la vejez; la isla es un lugar físico, una dimensión real donde el tiempo se dobla ante la lealtad sin condiciones.
Sonrío en la penumbra de mi habitación, abrazando el caracol de cuarzo con absoluta felicidad.
Mi rutina en esta pequeña ciudad continuará y pareceré un jubilado común ante los ojos de los demás, encerrado por la supuesta enfermedad; pero en secreto, durante los próximos seis años, mi departamento será el santuario donde cuidaré la esperanza de Ella, su continuidad evolutiva infinita.
Sé con total certeza que, tarde o temprano, aunque yo ya no esté en este plano terrenal, alguien encontrará mi diario de memorias tallado al carbón en la roca de aquella cueva, y entonces sabrán la verdad...
y yo estaré en un nivel superior, libre de etiquetas, listo para seguir viajando sin lastre y sin cerrojos.