13. XIII. El veredicto del espejo
XIII. El veredicto del espejo
El facultativo firmó mi alta médica y me permitieron abandonar el hospital.
El trayecto de regreso en el automóvil de mi hijo mayor transcurrió en un silencio sepulcral; mis sentidos devoraban el ruido de las avenidas, los semáforos y los rostros de los transeúntes, intentando asimilar que, en ese mundo de los callejeros, yo había sido uno de ellos durante los últimos dos años: un espectro sin memoria vagando por los callejones de la ciudad.
Al cruzar el umbral de mi departamento, la pulcritud geométrica de las paredes de cemento me pareció una prisión de alta seguridad. El pesado sillón descansaba en su posición correcta. Lo único que delataba mi ausencia prolongada era una que otra telaraña en las esquinas del techo.
Después de darme palabras de aliento, mi hijo menor, Carlos, dijo que estaría muy pendiente de mí, que me llamaría periódicamente y que, tristemente, no podían ir a vivir más cerca, pues ellos tenían ya sus prioridades en la capital, sus propias relaciones y trabajos.
Mi otro hijo estuvo de acuerdo. Después de indicarme que todo estaba dispuesto, con suficiente comida y los insumos necesarios para mi subsistencia, mis hijos se despidieron.
Antes de salir, David confirmó que ya había hablado con Diana y que ella llegaría, como de costumbre, al día siguiente a las ocho de la mañana.
Luego, con cierta indecisión que bien disimularon, se despidieron con una tristeza en sus miradas que me partió el alma.
Quién sabe si era la despedida definitiva, la última vez que los reconocería como mis hijos; tal vez mi identidad de David Cruz estaba por desaparecer.
Como pude, contuve las lágrimas y los vi salir.
La puerta de la casa fue cerrada de inmediato; pasaron el cerrojo doble con un sonido metálico que resonó en mis oídos como una sentencia de cadena perpetua.
Cumpliendo las órdenes del doctor, me habían encerrado en mi propio hogar para evitar que mi demencia senil me llevara a escapar otra vez.
Lo único que no me preocupaba era el dinero, pues el monto de los depósitos automáticos de mi retiro seguramente se había acumulado; al día siguiente revisaría mi cuenta bancaria por internet.
Lo único bueno que nos dejó el gran encierro fue esa casi inexistente necesidad de salir a la calle, y eso hoy jugaba a mi favor.
Me dirigí de inmediato al baño, buscando la intimidad del aislamiento para lavarme los dientes y quitarme el sabor a clínica de la boca.
Me encontraba con el cepillo de dientes en la mano agregando un poco de pasta y recordé brevemente que, en mi alucinación o sueño en la isla, mi higiene era distinta: me enjuagaba con agua salada del mar, me frotaba los dientes con una esponja natural llamada pashte —en idioma maya— y, con una aguja de hueso de pescado, repasaba las uniones de entre dientes para extraer cualquier residuo.
Al levantar la mirada hacia el espejo, me quedé congelado.
El cepillo dental resbaló de mis dedos y produjo un eco seco al golpear la porcelana del lavamanos.
El reflejo confirmaba cada palabra dicha en el hospital.
Casi no me reconocía; mi cara regordeta estaba con las mejillas hundidas, el bigote blanco y una barba escasa pero larga completaba la transformación, todo contrastado con un bronceado que nunca había tenido; exhibía un tono dorado, profundo y curtido que delataba un largo y misterioso peregrinaje bajo el sol.
Al despojarme de la camisa, contemplé mi silueta delgada y mis brazos firmes; sentía una agilidad física que la comodidad del departamento jamás me habría otorgado.
Busqué con las yemas de mis dedos la zona detrás de mi oreja izquierda.
La piel estaba perfectamente lisa y sellada, mostrando una cicatriz blanquecina y dura que, en ese momento, no podía explicar en mi realidad actual.
En ese instante, sentado al borde de la tina, el pánico tomó el control absoluto de mi mente.
La verdad de la ciencia me había acorralado.
Si el médico, mis propios hijos y las bitácoras de la policía afirmaban que yo había estado desaparecido de la faz de la Tierra durante veinticuatro meses enteros —y sin poder determinar el vehículo que me llevó y me trajo de vuelta—, la hermosa odisea de la isla se desmoronaba.
El miedo a la herencia genética sustituyó por completo mi fe en Ella, mi ninfa.
Recordé con una nitidez aterradora los últimos años de mi padre, atrapado en los laberintos destructivos de la enfermedad del olvido, y la desgarradora anécdota de sus casi dos semanas perdido que nosotros, sus hijos, recordamos; él nunca se percató de nada de eso, sus recuerdos solo se remontaban a unos minutos dando un brinco a muchos años atrás, en medio de una laguna enorme llena de olvido.
La razón, aplastada por el peso de la evidencia familiar, prefirió aceptar la locura antes que el milagro.
Me cubrí el rostro con las manos mientras me quebraba de pura frustración en la soledad de mi encierro.
Estaba convencido de que mi mente había colapsado hacía dos años debido a una demencia galopante; una fuga mental que me obligó a vivir como un mendigo sin rumbo por calles apartadas y plazas públicas bajo el sol —lo que explicaba mi delgadez y mi piel curtida—, mientras mi inventiva hiperactiva diseñaba el edén biológico de la isla, la dieta de aguacates y la fortaleza de piedra únicamente como un mecanismo de defensa subconsciente para protegerme de mi propia y macabra realidad, o tal vez solo recordaba lo que siempre había aceptado: un sueño maravilloso y, el resto, la realidad olvidada. Para mí, el misterio estaba resuelto.
A mis setenta años, atrapado en un apartamento con las puertas cerradas con llave y el fantasma del Alzheimer reclamando mis días, la certeza de la enfermedad parecía la única, devastadora y definitiva explicación lógica.
El paraíso edénico no era más que el hermoso delirio de un anciano demente.
¿Pero por qué tal crueldad de mi mente al sacarme de la libertad completa y placentera de una isla, acompañado de una bella ninfa, para arrojarme después al encierro más vil y denigrante de estas cuatro paredes?
No lo entendía, pero la vida no siempre es buena: es lo que es.
Sin embargo, igual que siempre, ya encontraría la forma de superarlo de la mejor manera.
Por lo pronto, estaba enfermo de Alzheimer, igual que mi padre, y punto.
Cuando me dirigía a mi habitación, vi la bolsa rotulada con mi nombre, tirada como cualquier cosa en un rincón de la sala.
Me detuve frente a ella, me dije: «¡Qué diablos!
», y me acuclillé. Si la abría y no encontraba nada, todo se confirmaría para siempre.
Si la abría y encontraba algo, tendría que enfrentar una verdad para la que no sabía si estaba preparado.
Levanté la bolsa rotulada y la acomodé en una silla de madera que estaba en mi habitación.