SIN LASTRE 12. XII. La condena aceptada
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12. XII. La condena aceptada

XII. La condena aceptada

Me quedé ahí en la camilla, con los ojos cerrados para descansar.

Mis hijos, mientras tanto, irían a la oficina solo unos minutos, según me dijeron, para hablar con el administrador sobre el seguro social, el seguro médico, y para saber cuándo me darían el alta o el traslado a una habitación privada.

Después desperté por el movimiento y el rechinido de las llantas de la camilla; me llevaban a una habitación más cómoda y silenciosa. Entraron mis muchachos y David anunció:

—Todo listo. Lo bueno es que ya no eres una urgencia médica, pues estás totalmente estabilizado.

Carlos sonreía mientras me tocaba el hombro.

—Nosotros nos vamos a descansar también —dijo Carlos— y mañana volvemos. Te darán el alta si todo sigue bien. Estarás en observación la noche de hoy; ni modo, tienen que seguir con el protocolo.

Salieron de la habitación cansados, pero bastante más tranquilos.

Más tarde entró una enfermera y me preguntó que cómo me sentía mientras me tomaba la presión arterial.

—¡Perfecto! —exclamó—. Tiene una excelente salud, señor Cruz.

—Después, mirando la tableta con mis datos, añadió—: Acá dice que tiene setenta años y parece de cincuenta y tantos, más con ese envidiable bronceado.

—Me regaló una sonrisa amable—. Duerma bien; por hoy ya no lo voy a molestar, pero estaré pendiente de usted.

Mañana lo visita su médico. Feliz noche.

—Señorita, antes de que se vaya, ¿tendrá por ahí la bolsa con mis pertenencias?

—Claro que sí, pero nadie tiene acceso a ellas, solo usted. Cuando le den de alta se las entregarán; no se preocupe, sus cosas están seguras.

Y salió de la habitación. Esa noche no la sentí; tenía mucho tiempo sin disfrutar de un colchón de verdad.

Al día siguiente me despertó la misma enfermera amable y me dio los buenos días.

Corrió las cortinas, ordenó lo poco que estuviera fuera de lugar y estiró las cobijas que tenía encima de mí.

Levantó la cama con un dispositivo eléctrico hasta dejarme prácticamente sentado, volvió a acomodar las almohadas en mi espalda, estiró las arrugas de las sábanas otra vez y dijo:

—Listo. En un momento vendrá el doctor Hernández e inmediatamente después su desayuno.

Cuando entró el doctor, llegó acompañado de mis dos hijos. Ellos me saludaron con gestos afectuosos. Después, el joven médico habló:

—Espero que su estancia en el hospital esté siendo cómoda y su descanso reparador...

No pude evitar activar mi modo bromista y pensé: «Vaya, solo le falta darme la clave del Wi-Fi y la llave del minibar ».

—... Le comento que ha sufrido una contusión cerebral severa —continuó el doctor—, pero sus signos vitales están completamente estables. El trauma ya pasó.

—¿Cuánto tiempo estuve en la isla? —logré articular con una voz ronca.

—¿De qué hablas, papá? —intervino mi primogénito, dándome un apretón solidario en la mano izquierda—.

Te encontraron en el suelo de tu sala. Como sabes, nosotros vivimos lejos, por lo que fue una fortuna tremenda que Diana tuviera llaves de tu casa y que ayer tocara su visita rutinaria de inspección.

Ella entró temprano, vio que el pesado sillón de la estancia estaba completamente volcado y tú estabas tendido en el suelo, atrapado debajo, inconsciente.

Nos alertó de inmediato en medio del pánico; llamamos a los bomberos y nosotros salimos de prisa, llegando tres horas después debido al largo trayecto en la carretera.

—No... no es posible —susurré, intentando incorporarme a pesar de que sentía que el cuerpo me pesaba el doble de lo normal.

Levanté mis brazos con desesperación, obligándolos a mirar mis extremidades—.

Miren mis brazos totalmente quemados... ¡Fueron dos años bajo el sol de una isla!

Miren mi cuerpo, esta delgadez no es de una sola noche...

El hombre de bata blanca intercambió una mirada compasiva con mis hijos. Al ver la contundencia física de mis pruebas, el especialista borró su sonrisa escéptica, dio un paso al frente y me miró con una gravedad absoluta.

—Don David, ¿qué recuerda de este largo tiempo que estuvo desaparecido?

—Bueno, que como de costumbre me recosté en mi sofá reclinable después de estar un rato en las redes sociales. Me dormí y después no sé cómo, pero desperté en una isla tropical realmente hermosa, aunque con un fuerte golpe en la cabeza. Pueden ver la cicatriz aquí, arriba de la nuca.

El doctor se aproximó y me revisó brevemente con su linternita. Yo continué:

—Asumo que por eso olvidé lo del naufragio y cómo llegué ahí. Después de muchos meses, cuando llegó la gran tormenta perdí el sentido y desperté aquí en el hospital. Y, bueno, lo demás ya lo saben ustedes.

Un silencio incómodo siguió a mi relato. Añadí:

—Sé que suena loco, pero así fue.

El médico guardó su linternita de metal en el bolsillo de su bata blanca, se ajustó los lentes y disparó:

—Señor Cruz, seré muy claro con usted —dijo, modulando su voz con una seriedad profesional—.

Comprendo perfectamente su duda y su confusión.

Sí, estuvo desaparecido durante dos años, pero no sabemos en dónde; lo más seguro es que haya sido en las calles de esta misma ciudad, y por eso debo hablarle con la verdad.

Durante el tiempo en que usted estuvo inconsciente, conversé con sus hijos sobre su historia familiar.

Realmente, ellos también estaban profundamente impresionados con su cambio físico al llegar a urgencias: su evidente delgadez, la tonificación muscular y el color tan marcadamente curtido de su piel.

Todo en usted delata una exposición prolongada a la intemperie.

El experto hizo una pausa, miró a mis hijos como pidiendo autorización y, después de que ellos asintieron levemente con la cabeza, se acomodó los anteojos otra vez, antes de lanzar el golpe definitivo:

—Ellos me explicaron que su abuelo paterno padeció Alzheimer avanzado.

Me contaron que, en una ocasión, él estuvo vagando por las calles de la ciudad durante más de una semana.

Y que por pura casualidad lograron encontrarlo, pues de alguna forma su mente fragmentada lo guió de vuelta al lugar donde había laborado de joven: una institución muy sólida que, hoy en día, todavía opera en la misma dirección.

Yo recordé, pues con mi hermano mayor, Samuel, lo encontramos. Acepté la revelación con una amarga mueca, sintiendo cómo el suelo cedía bajo la cama.

El doctor Hernández continuó:

—Creo que exactamente lo mismo le ha pasado a usted, don David, pero su desaparición en el mundo real duró dos años enteros.

Durante veinticuatro meses todo el mundo lo buscó incansablemente y no hubo rastro alguno.

Su cocinera siguió yendo a revisar el departamento una vez por semana, albergando la esperanza de que usted volviera; pues en los anales de la medicina es factible que, en un momento de lucidez, el paciente recuerde su hogar y regrese por su propio pie.

Como pasó con su papá y ahora con usted.

—Doctor —dijo Carlos—, yo era muy pequeño cuando mi abuelo desapareció, solo sé lo que han contado en la familia, pero hay cosas que no cuadran.

Por ejemplo, mi abuelo no recordaba nada de esa vez que se extravió; para él eso nunca sucedió.

Pero mi papá sí recuerda muchas cosas, casi todo.

¿No será algo distinto lo que a él le sucedió?

—Otra cosa —añadió David—, mi padre nunca miente, es una de sus características más notables. El abuelo ya no reconocía a nadie, ni a mi abuela, con quien tuvo cinco hijos. Mi padre nos reconoce a nosotros perfectamente. Igual a mí algo no me termina de convencer de todo este asunto.

Yo, mientras tanto, los escuchaba, notando cómo el protagonista de repente pasaba a un segundo plano mientras hablaban de mí como si yo no estuviera presente.

La verdad, yo también dudaba; realmente no podía recordar cómo había viajado a la isla ni cómo había vuelto.

Me quedaba claro ahora que no me habían rescatado los guardacostas, pero en realidad, por ahora, no era importante lo que ellos discutían.

Para mí era más importante lo que yo descubriera, y sin duda había partes de mi historia que tampoco podía explicarme, sin hablar de lo mágico de la ninfa.

¿Y si en realidad tengo una combinación de enfermedades mentales? Tal vez, además de olvidar, tengo algo así como algún tipo de esquizofrenia y sufro alucinaciones. O tal vez todo sucedió como yo recuerdo. Igual, no es creíble para el resto del mundo si no presento pruebas.

En ese momento escuché que la plática subía de tono en la habitación y regresé con ellos.

—Pero ¿cómo dice eso, doctor? —reclamó David—. ¿Cómo lo vamos a encerrar en su casa como si fuera un delincuente peligroso?

—Miren, señores, entiendo que hay cosas que no concuerdan al cien por ciento.

Cada persona y cada paciente es distinto; no hay dos enfermedades cien por ciento idénticas, menos cuando se trata de trastornos de la mente, pero es que no hay otra explicación.

Además, el cerebro humano es tan maravilloso que, en eventos muy traumáticos, compensa con recuerdos creados para llenar vacíos o reemplazar cosas que se prefieren olvidar.

Y, por supuesto, vagar dos años como un indigente en una ciudad no es algo que alguien quisiera recordar.

Además, el diagnóstico es temporal y precautorio; hacen falta más estudios que lo confirmen.

En un mes vendrá un especialista de la capital que podrá evaluar mejor a su padre; esta medida es para evitar que se vuelva a perder.

—Muchachos, otra opción es recluirlo en un sanatorio especializado; el seguro también cubre eso —añadió el doctor.

«¿Cómo?», pensé. Están decidiendo por mí, están discutiendo sobre quitarme la libertad sí o sí, y ni siquiera me preguntan qué opino. Dios, ¿en qué momento perdí el control de mi vida?

—Creo —dijo Carlos— que, si no hay opción, prefiero que el viejo siga en su casa. Él ahí tiene todo. Ya de por sí nos contaba que ya no viajaba, casi ni iba a la tienda pues... ¿cómo se llama?

—Diana —dijo David—. Sí, Diana compraba los insumos por él. Además, se entretiene en las redes sociales, es muy activo ahí.

—Bueno, muchachos, ¿la decisión es de ustedes?

«¡¿Qué?!», pensé. «Hola, hola, aquí estoy yo también».

Sabía que podía salir del lío si les pedía que me trajeran la bolsa de cosas rotulada con mi nombre y sacaba el cuarzo con forma de caracol.

Pero, en todo caso, lo pondría en evidencia ante el mundo y, por asuntos de curiosidad científica, quién sabe si le harían daño en algún laboratorio o se lo llevarían a un lugar desconocido, sobre todo al descubrir sus propiedades de otro mundo.

No, me dije, esa no es opción, así que decidí callar.

—Disculpen, ¿puedo dar una opinión sobre mi futuro? —Y levanté la mano como pidiendo la palabra.

—Mil disculpas, papá —dijo uno de mis hijos.

—Por supuesto —añadió el doctor—. Disculpe usted, pero comprenderá que todos en esta habitación estamos preocupados por no volverlo a perder otra vez, pues podría ser la última.

—Sí, claro, yo me incluyo también en el grupo de preocupados —dije de forma sarcástica—. Bueno, les diré que mi última decisión sobre mi vida es terminante: quiero permanecer en mi casa con mis cosas. Estoy ya organizado, solo pregunten a Diana si puede seguir ayudándome con la comida y listo.

Entonces el doctor agregó:

—Además, amigos, podemos seguir con los estudios si ustedes lo solicitan, pues este es mi diagnóstico; pero están en su derecho si quieren una segunda opinión, como les dije hace un momento.

Por lo pronto, tomen como receta el consejo de que se quede en su casa, sin opción a poder salir por su propia voluntad.

Si están de acuerdo, firmo el alta, o si lo prefieren, él puede seguir acá esperando a un especialista que puede venir de la capital en unos días.

Acepté mi condena, pues el médico podría tener la razón y mi mayor miedo se hacía realidad: padecer la cruel enfermedad que se llevó a mi padre mucho antes de que muriera.

Por otro lado, ese encierro era perfecto para mantener la privacidad que necesitaba para cumplir con la misión que se me había encomendado; así pues, dejé que el agua corriera...