11. XI. Morir por segunda vez
XI. Morir por segunda vez
Muchos meses después de la partida de Ella, una gran tormenta llegó sin dar aviso.
Mi única alerta fue el jalón mental que el cuarzo me dio; yo lo tenía en mi bolsillo mientras me relajaba tendido en la arena blanca, dejando que el vaivén de las olas me masajeara suavemente.
Cuando volvía al refugio, noté que el cielo del trópico, usualmente de un azul intenso y predecible, se encapotó al mediodía con nubes densas, negras y cargadas de una electricidad estática que hacía crujir el aire.
El viento del océano cambió por completo de dirección, transformándose en un vendaval furioso que empezó a arrancar las hojas carnosas de los arbustos y a doblar las palmeras de la costa como si fueran simples varas de bambú.
El rugido del mar contra los acantilados de roca sólida ya no era rítmico ni pacífico; se había convertido en un trueno continuo que sacudía los cimientos mismos de la isla.
Como pude, llegué a la cueva y me refugié en lo profundo de mi fortaleza de piedra, protegiendo el caracol de cuarzo entre mis manos.
El calor vivo y parpadeante del objeto era mi único consuelo en medio de aquella oscuridad repentina.
Sabía que Ella ya no estaba en la selva para acompañarnos y darnos sus sabios consejos; me encontraba completamente solo frente a la furia desatada del ecosistema.
Pronto, la lluvia cayó como una cortina pesada, inundando los canales naturales de la playa y arrastrando lodo y ramas rotas desde la colina central.
De pronto, un estruendo ensordecedor retumbó justo encima de mi refugio.
Un rayo colosal, cargado de una energía incandescente, impactó de lleno en el árbol de tronco grueso que sostenía la puerta de bambú que yo mismo había levantado para aislar mi refugio.
El impacto desintegró la madera en un estallido de chispas y fuego que la lluvia apagó al instante.
Pero el desastre no terminó ahí: el peso del tronco principal, partido a la mitad por la descarga cósmica, cedió y cayó con una fuerza desmedida hacia el interior, atrapándome por completo contra el suelo de roca lisa.
El golpe me encontró de espaldas. Sentí cómo el inmenso fragmento del árbol me inmovilizaba, desatando una desesperación claustrofóbica extrema, un pánico horrible a quedar atrapado en un espacio estrecho sin poder moverme.
Al ver que el cuarzo se había soltado de mis manos, reaccioné olvidándome de mí mismo.
Intenté alcanzarlo con la mano derecha, pero no llegaba.
Mientras tanto, un charco de agua en el piso de la cueva crecía lentamente.
Como pude, alcancé mis anteojos, que estaban un poco más cerca, y usándolos como extensión logré arrastrar el cuarzo hasta tenerlo a mi alcance.
Lo sujeté con fuerza y arrastré el brazo hasta depositarlo en el fondo del bolsillo de mi pantalón.
Pasara lo que pasara, el cuarzo se quedaría conmigo.
El mundo se tiñó de una negrura absoluta y pesada.
No sentía nada, salvo la sensación de caer en un abismo profundo sin nada de donde sujetarme.
Dejé de luchar hasta que un dolor punzante, como un clavo ardiente, penetró en mi cráneo.
Era exactamente el mismo dolor, en el mismo lugar detrás de mi oreja izquierda, que había experimentado el primer día que aparecí en la playa.
Pero esta vez hubo una diferencia: con el dolor llegó la imagen de un punto blanco lejano que se expandía lentamente.
El graznido desesperado de una gaviota se transformó en un pitido agudo e intermitente.
El olor a salitre y a ozono mutó bruscamente en un aroma a alcohol y desinfectante.
Lo único constante era el dolor del clavo caliente perforándome la cabeza.
Pasaron segundos que, por el sufrimiento, me parecieron una eternidad.
Finalmente, la luz blanca creció tanto que me obligó a abrir los ojos.
Mi vista estaba nublada, solo distinguía sombras difusas y un fuerte vértigo me envolvía.
Escuchaba un pitido rítmico, monótono y molesto que taladraba mis oídos de forma intermitente.
El entorno era una amalgama de ruidos estridentes: el rechinar de ruedas, alarmas metálicas que parpadeaban, a lo lejos murmullos apresurados de voces extrañas que daban órdenes incomprensibles.
Tratando de llevar la mano a mi bolsillo para asegurarme de que el cuarzo seguía conmigo, mis dedos torpes no encontraron tela, sino piel desnuda.
Tropecé con una aguja clavada en el reverso de mi mano izquierda, sujeta con cintas adhesivas, y un tubo plástico bidireccional que me soplaba aire directamente en la nariz.
Preso del pánico, arqueé la espalda e intenté palpar con desesperación mis costados.
No traía mis pantalones. No había bolsillos.
Vestía únicamente una bata delgada, atada con hilos endebles que dejaban mi espalda fría.
Una mano firme y enguantada se posó sobre mi hombro de inmediato, empujándome con suavidad, pero con firmeza, contra la superficie acolchada.
—No se mueva, don David, se va a sacar el suero y va a romper la vía —advirtió una voz severa e impersonal que me pareció a la de un socorrista naval.
Al mismo tiempo, una voz grabada a fuego en mi memoria exclamó desde el otro lado, rompiendo el aire con una mezcla de angustia acumulada y alivio salvaje:
—¡Papá! ¡Por fin! ¡Por fin despertaste! —Era mi hijo mayor. De inmediato gritó a un lado—: ¡Carlos, entra ya! ¡Papá está despertando!
Con los ojos entrecerrados y las pupilas luchando contra tubos de luz fluorescente, yo solo distinguía sombras difusas, siluetas que se movían de un lado a otro en un espacio cerrado y blanco.
Mi mente, aún atrapada entre los escombros de la fortaleza, procesó la información de manera errónea.
Pensé que mis hijos finalmente se habían adentrado en la jungla espesa de la isla y estaban junto al grupo de guardacostas liberándome de la cueva colapsada.
Sin embargo, las ilusiones se disolvieron rápido.
La vista se me aclaró poco a poco, barriendo la niebla del letargo.
El dolor punzante de la nuca disminuyó levemente, transformándose en un latido sordo, y me di cuenta de la cruda realidad: me encontraba en la sala de urgencias de un hospital cualquiera.
El ambiente era caótico. A mi izquierda, detrás de una cortina azul entreabierta, se escuchaban los quejidos de otro paciente y el constante tecleo de una enfermera.
El olor a desinfectante industrial y medicamentos era sofocante, asfixiando cualquier rastro del aire marino que aún creía tener en los pulmones.
Al lado de la estructura de metal de la camilla se encontraba mi hijo mayor, David, nombrado igual que yo.
Su aspecto físico reflejaba el calvario de los últimos días: tenía el rostro demacrado, la barba de varios días sin afeitar, la ropa completamente arrugada y los ojos enrojecidos por el desvelo prolongado.
Detrás de él, un hombre con bata blanca anotaba datos con calma en una tableta digital, revisando los monitores que registraban mis constantes vitales con líneas verdes parpadeantes.
Mi hijo Carlos entró a toda prisa en ese momento, esquivando a una enfermera que transportaba una bandeja de metal.
Sostenía un vaso desechable del que escapaba un hilo de vapor con olor a café barato.
Al verme con los ojos abiertos, se le desencajó el rostro; dejó el vaso bruscamente sobre la primera mesa auxiliar que encontró, lo que hizo que un poco de líquido se derramara.
Más que por la quemadura, su expresión de dolor se debía a la tensión del momento.
Corrió hacia mí para sujetarme la mano derecha con una fuerza temblorosa.
—Gracias a Dios, viejo... Gracias a Dios despertaste —susurró, con la voz quebrada y los ojos llenos de emociones contenidas.
—¿Dónde... dónde está? —logré articular con una voz ronca que no reconocí como mía, pues hacía mucho tiempo que casi no hablaba—. Mi pantalón... El cuarzo... Tenía un cristal en el bolsillo.
David se inclinó sobre mí, intentando calmar mis delirios. Su mano cálida apretó mi hombro.
—Tranquilo, papá, no pienses en eso ahora —dijo con voz suave, como quien habla con un niño—.
Toda la ropa vieja que traías puesta cuando te encontraron...
todo eso lo metieron en una bolsa rotulada de pertenencias.
Está guardada en el casillero de la administración.
Te la van a entregar completa en cuanto te den el alta y podamos salir del hospital.
Ahora solo tienes que descansar. Estás a salvo.
Inmerso en ese entorno ruidoso, clínico y confuso, me encontré con una mezcla de felicidad al retomar el hilo de mi vida y una profunda resignación espiritual al comprender que mi fortaleza de piedra ya no existía.
No había mar verde esmeralda, ni palmeras danzando al son del viento, ni arena fina entre los dedos.
El choque mental de este nuevo despertar fue como un renacer violento, doloroso, mucho más traumático que la primera vez que aparecí en la costa.
Aunque el calor físico y el abrigo de mis hijos queridos me traían un consuelo innegable, la pérdida de mi otra vida me desgarraba por dentro.
La realidad me reclamaba con toda su rigidez burocrática y material, arrebatándome el paraíso que tanto me había costado comprender y una experiencia mística que nadie en esta sala podría fácilmente creer o asimilar.
Los sentimientos por Ella eran algo personal que sería prudente guardármelo solo para mí.
Cerré los ojos por unos segundos, bloqueando las luces de la sala y aislando el pitido de las máquinas.
Mis pensamientos chocaban unos contra otros.
Me hundí una vez más en la misma y eterna confusión que amenazaba con destruirme la cordura: ¿estaba despertando finalmente a la verdadera realidad o estaba iniciando un sueño recurrente del que jamás escaparía?
Lo cierto es que estaba experimentando la muerte por segunda vez.