10. X. El maestro y el aprendiz
X. El maestro y el aprendiz
La primera ilusión
En el presente de la isla, mientras recordaba todo esto, el cuarzo en forma de caracol descansaba a mi lado, inmóvil como siempre.
—Había una mujer —le dije al aire, como si el cuarzo pudiera escucharme—.
Ocurrió en esa frontera difusa donde se deja de ser niño, pero el mañana es aún un territorio virgen; eso que llamamos adolescencia.
Olvidé su nombre, lo admito, pero ella permanece intacta en mi memoria. Fue mi primer despertar.
Yo habitaba la timidez de los trece años; ella, la sutil ventaja de los catorce. Nos unió el ajedrez. Que una muchacha dominara los jaques y los mates con tal maestría era una hermosa anomalía en aquellos tiempos, y yo, un devoto absoluto del juego ciencia.
Una tarde, mientras la partida ardía en tensión, sentí su mirada fija, clavada en mí, al tiempo que yo intentaba descifrar mi siguiente movimiento. Creyendo que se trataba de una astuta maniobra de distracción, rompí el silencio:
—¿Te gusto o qué?
Su respuesta desarmó mi audacia:
—La verdad, «sí, tenés tu imán».
Era el argot de nuestra juventud, un elogio directo para decir que alguien encendía una atracción inevitable. El rubor me traicionó de inmediato y el tablero se volvió un laberinto indescifrable; por supuesto, perdí la partida. Su frase se quedó vibrando en mi mente como un eco persistente.
Cuando cruzó la puerta, mi habitación se llenó de su ausencia.
Me tendí en la cama, entrelacé las manos detrás de la nuca y contemplé el techo con una sonrisa de absoluta plenitud.
Estaba enamorado. Ella era el reflejo perfecto de los años setenta: su belleza libre vestía de mezclilla y utopía, compartiendo ese aire jipi en su forma de hablar, en la parafernalia de sus aretes y collares, y en el pensamiento.
El amor libre era nuestra bandera universal y, entre sonrisas, dejé que mi mente, aún de niño, se adentrara en esos senderos inexplorados del deseo.
Esa misma noche, en una página limpia de mi cuaderno escolar, grabé un pequeño verso: «Para ser feliz solo necesito una guitarra, un tablero de ajedrez y una chica linda que sepa jugar».
Alimenté la secreta esperanza de que sus ojos tropezaran con esas líneas, que dejaba discretamente a su alcance.
Nunca sucedió. Jamás tuve el valor de revelárselo, aunque el poema llevaba su silueta inconfundible: pues ella era, después de todo, la única muchacha que conocía la astucia de jaques y mates en el salón de clases.
Pero bueno..., lo importante era que una mujer se había fijado en mí, yo tenía algo que atraía al sexo opuesto. Y eso, mi pequeño amigo, era algo que no tenía precio.
El cuarzo no respondió. Pero sentí que su temperatura aumentó ligeramente, como si mis palabras lo alteraran.
—¿Puedes sentir lo que recuerdo? —pregunté.
Un leve pulso. Tibio. Breve.
Me quedé en silencio, procesando. Él no podía moverse, no podía hablar, no podía comunicarse como Ella. Pero podía sentir. Captaba mis emociones, mis recuerdos, la calidad de mis pensamientos. Estaba aprendiendo de mí.
—Entonces —dije, acariciando su superficie lisa—. ¿Te cuento más?
Otro pulso. Cálido. Afirmativo.
Y así, durante las noches siguientes, le hablé. Le conté mi vida en la ciudad. Mis cuatro hijos. Mi ex esposa. Mis viajes. Mis miedos. Mis pequeños triunfos. Y mis grandes fracasos.
No sabía si entendía las palabras. Pero entendía el tono. Entendía la emoción. Y eso era suficiente.
Una noche, mientras lo sostenía antes de dormir, noté algo que me inquietó y me maravilló al mismo tiempo.
Ese dolor recurrente, el de la nuca arriba a la izquierda, lo sentí con más fuerza; levanté mi mano instintivamente, en la que tenía el caracol, y lo puse sobre la cicatriz. El dolor desapareció al instante.
—¿Tú... me estás curando? —pregunté, atónito.
El caracol no respondió. Pero su calor aumentó un grado, como un sí.
—¿Ella lo sabía? —insistí—. ¿Sabía que tú me mantendrías vivo el tiempo suficiente para cuidarte?
Esta vez, el caracol emitió un pulso cálido que viajó desde el cuarzo hasta mi pecho, y en mi mente, por un instante fugaz, sentí un eco de Ella. No palabras, sino una sensación: seguridad. Protección. Continuidad.
Apreté el cuarzo y comprendí que no era solo el protector.
Era parte de un pacto silencioso, una simbiosis que trascendía mi entendimiento: yo le daba mis recuerdos, mi voz, mi presencia; él me devolvía años, salud, energía.
Ella me había elegido y no entendía por qué.
Y Él podía alargar mi vida justo lo suficiente para que yo cumpliera con esa misión.
—Cuando te vayas —susurré, mirando su transparencia a la luz de la luna—, ¿qué pasará conmigo?
El cuarzo no respondió.
El presagio
Una mañana, Él comenzó a vibrar. No era un zumbido, como el del cuervo. Era un temblor grave, profundo, que se extendía desde su interior como un latido acelerado. Lo tomé y lo sostuve en mis manos; su calor era intenso, casi febril.
—¿Qué pasa? —pregunté, alarmado.
El caracol vibraba con insistencia, como si tratara de advertirme de algo.
Miré al cielo. El sol estaba alto y brillante; no había nubes a la vista.
Pero algo en el aire, en la presión del viento, me dijo que no debía ignorar aquella señal.
Esa mañana me alejé de la cueva solo lo mínimo necesario y siempre en alerta.
Horas después, el cielo se encapotó. Las nubes llegaron desde el este, negras, densas y cargadas de electricidad estática. El viento se volvió frío, húmedo, hostil. Las palmeras comenzaron a doblarse. El caracol lo había sabido; había sentido la tormenta antes de que yo pudiera verla.
—Gracias —susurré—. Gracias por avisarme.
Me refugié en lo profundo de la cueva y cerré la puerta de bambú con el pasador. El caracol latía como un segundo corazón mientras el trueno retumbaba y la lluvia empezaba a caer. La tormenta se desataba.
Y yo sabía, con una certeza que no necesitaba explicación, que en adelante tenía que ponerle mucha atención a cualquier aviso que Él me quisiera dar.
Aún tenía limitaciones de comunicación y sus palabras mentales no poseían la maestría de las de Ella, su madre, pero sí tenía cosas que decir que yo debía entender.
La rutina en la isla
Exploré cada centímetro de su superficie: cada árbol, cada especie de insecto y de ave, cada semilla y cada fruto.
Un poco más arriba encontré papayas aún más dulces, y cerca de allí habitaban unas aves parecidas a gallinas silvestres de gran tamaño que enterraban sus huevos.
Las muy perezosas no los empollaban ellas mismas; buscaban el calor de la tierra y de las hojas caídas para calentarlos, dejándolos a su suerte.
Uno solo de esos gigantes equivalía a unos cuatro huevos de gallina doméstica, lo cual era una locura.
Yo tomaba solo uno de cada nido y dejaba los demás para no agotar la abundancia. Aquí podía cuidar mi medio ambiente y los recursos naturales, sin luchar contra ambiciones comerciales o políticos negligentes; todo es más sencillo cuando te gobiernas solo a ti mismo.
El enorme almendro, que como un gigante vigilaba la única entrada posible a la isla —el mismo que Ella un día me señaló como una formidable fuente de alimento—, completaba por segunda vez su leve ciclo de floración.
Después dejaba caer al suelo su banquete de almendras, como pidiendo que las abriera y le ayudara a diseminarlas por ahí.
Aquello también me indicaba la posibilidad de haber pasado ya un par de años en la isla.
Mientras tanto, el caracol cristalino poco había progresado. Temía que tal vez necesitaba más estímulo y que mis historias no eran lo suficientemente continuas para despertarlo, o tal vez aquello era algo normal. Solo sabía que tenía que esperar ocho años, y apenas llevaba poco menos de dos.