SIN LASTRE 9. IX. Diana
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9. IX. Diana

IX. Diana

Mientras trabajaba en la puerta de bambú, mi mente viajaba a la ciudad. Pensaba en mi vida de jubilado, y eso me llevaba a pensar en Diana.

Diana llegó a mi puerta unos siete años atrás, quizás ocho. Tenía veintidós años recién cumplidos cuando la entrevisté. Yo ya había cumplido los sesenta, y mi cuerpo empezaba a recordármelo con cada hueso que crujía al levantarme.

No era la primera cocinera que contrataba.

Antes de ella, había tenido tres, y todas habían durado poco.

No por mala suerte, sino porque yo soy un hombre difícil: tengo mis rutinas, mis horarios, mis manías.

No soporto el ruido en la cocina, ni los olores fuertes, ni el desorden —que no sea el que tengo en mi escritorio, claro—.

Y, además, la diferencia de edad siempre se interponía.

Las cocineras anteriores me trataban con una distancia respetuosa pero fría, como si yo fuera un relicario al que no se debe tocar. Eso me incomodaba.

Pero Diana era diferente. Era una muchacha de rostro amable y mirada atenta, con esa mezcla de timidez y seguridad que a veces tienen los jóvenes cuando saben lo que valen.

Llevaba el abundante cabello recogido con un moño, y sus manos, aunque jóvenes, se movían con una precisión que ya había visto en cocineras con el doble de su edad.

—Yo no pido nada complicado —le advertí—. Comidas sencillas: verduras, pollo. Nada de frituras ni de salsas pesadas. Y me gusta la puntualidad.

—Soy puntual —respondió, con una voz tranquila que me transmitió confianza al instante—. Cocino lo que pida.

—¿Y no le molesta trabajar para un viejo gruñón? —pregunté, soltando una risa para suavizar la pregunta.

Ella me miró con seriedad, pero sus ojos brillaban.

—La edad no importa —dijo—. Lo que importa es cómo se trata a la gente. Y usted parece alguien que trata bien a la gente.

No supe qué responder. Me quedé en silencio, sorprendido por su franqueza. Aquella muchacha de veintidós años me había dado una lección en menos de cinco minutos.

Así empezó.

Durante los primeros meses, todo fue normal.

Llegaba a las ocho, preparaba el desayuno, limpiaba la cocina, compraba los insumos, me ayudaba con la despensa.

Conversábamos mientras ella trabajaba. Me contaba de su familia, de su hijo —sí, ya tenía un niño pequeño—, y de su esposo.

Yo le contaba de mis hijos, de mis viajes, de mis pequeñas manías.

Poco a poco, la diferencia de edad se disolvió.

No porque la ignoráramos, sino porque la aceptábamos.

Ella me hablaba con la confianza de quien no necesita títulos ni formalidades.

Yo la escuchaba con la atención de quien ha aprendido que los jóvenes también tienen sabiduría.

La edad no importaba para la comprensión en los diálogos, en la amistad en general.

Era otra de esas cualidades que la vida te regala cuando dejas de poner etiquetas.

Meses después llegó el gran encierro.

Las primeras semanas del confinamiento fueron un caos.

Las noticias hablaban de muertes, de hospitales colapsados, de cuerpos en las calles de algunas ciudades.

Yo, con mi prediabetes, mis sesenta y tantos años, estaba en el grupo de riesgo.

El estado de alerta se instaló en mi cabeza como un inquilino permanente.

Diana fue mi salvación.

No por su comida —que también—, sino por su disciplina, su calma, su manera de enfrentar el miedo con rutina.

Ella llegaba a las ocho, como siempre. Se sentaba en una silla plegable que yo colocaba en el garaje. Desde allí, me llamaba con su celular:

—Ya llegué. ¿Puedo entrar? —preguntaba por molestar.

—Primero la desinfección —respondía yo, fingiendo molestia por la pregunta necia.

Y el ritual comenzaba.

Diana se ponía la mascarilla y los guantes.

Después, yo salía al garaje con una botella de alcohol y otra de gel.

Ella dejaba las bolsas del supermercado en el suelo.

Yo las rociaba con alcohol, una por una.

Luego las abría, sacaba los productos, los limpiaba con un paño desechable.

Lechuga, tomates, zanahorias, todo era desinfectado.

Las latas, los envases de plástico, las botellas de agua.

Nada entraba a la casa sin pasar por ese proceso.

Diana esperaba, sentada en su silla, viéndome trabajar. No se quejaba. No me apuraba. A veces, cuando el proceso se alargaba más de lo previsto, me decía:

—Tranquilo. Tómese su tiempo. Yo espero.

Esa frase se convirtió en un lema. «Yo espero».

En un mundo que se había detenido, en una ciudad paralizada por el miedo, Diana me esperaba.

Y eso era suficiente para seguir adelante.

Finalmente, ella pasaba por la alfombra especial mojada con desinfectantes para higienizar las suelas de sus zapatos.

Una tarde, cuando el ritual de desinfección ya se había vuelto tan automático como cepillarme los dientes, Diana me miró y soltó una risa.

—¿Qué pasa? —pregunté, sobresaltado.

—Es que su pelo —dijo—. Está creciendo como maleza. Ya parece jipi.

Me llevé la mano a la nuca. Era cierto. El poco cabello que me quedaba, un halo gris alrededor de la coronilla, se había alargado sin control. Las patillas me llegaban a la mitad de las orejas.

—Las barberías están cerradas —dije, encogiéndome de hombros—. No hay nada que hacer.

Diana me observó unos segundos. Su mirada era seria, pero amable.

—Si se deja, le corto el pelo —ofreció—. Le he cortado a mi hijo toda la vida. Y ahora a mi esposo también. Sé hacerlo.

—¿Con qué? —pregunté, incrédulo—. ¿Con tijeras de cocina?

—Con tijeras de cocina, sí. Están desinfectadas.

Nos reímos. No podía evitarlo. La imagen era absurda: mi cocinera, en mi cocina, cortándome el pelo con unas tijeras que momentos antes habían cortado el papel de seda de la pollería.

—Bueno —cedí, todavía riendo—. Pero si me trasquilas, te despido.

Diana sonrió y extendió un periódico en el suelo de la cocina. Puso un tazón con agua y un peine. Luego, con la tranquilidad de quien ha hecho eso cientos de veces, comenzó a cortar.

—No se mueva.

Y no me moví.

Sentado en una silla, con el periódico a mis pies, el sol de la tarde entrando por la ventana, y las manos de Diana moviéndose con precisión alrededor de mi nuca, me sentí extrañamente en paz.

No era un corte de pelo profesional, pero era un gesto de cuidado, de confianza.

Y, además, ella me hablaba sin títulos, sin distancias.

Como si el miedo y el gran encierro nos hubieran igualado, pero sin romper el misterio de su extraña costumbre: nunca usaba nombres ni pronombres. Nunca.

Cuando terminó, me pasó un espejo.

—¿Qué le parece?

Mi imagen reflejada era la de siempre: un hombre mayor, casi calvo, con la piel manchada por el sol. Pero el corte estaba bien hecho. Limpio. Ordenado.

—No está mal —admití—. No está nada mal.

Diana recogió el periódico con los cabellos, lo enrolló y lo tiró a la basura.

—Sabe —dijo, mientras guardaba las tijeras—. Usted es el primer empleador que me ha dejado ver su miedo.

—¿Mi miedo?

—Sí. La forma en que desinfecta todo, el alcohol, el paño, las bolsas. Usted tiene miedo a morir. Y yo también. Pero usted hace algo con ese miedo. Lo convierte en ritual. Y los rituales son importantes.

—Muy observadora, Diana, pero fíjate que ahora te voy a explicar algo: no es miedo a morir, pues todos vamos a morir algún día, es inevitable; únicamente creo en hacer lo que se puede.

Por ejemplo, como sabes, me negué a que me vacunaran, pues es una vacuna experimental y no confío; además, sé que el virus se transmite de persona a persona.

Si no lo dejo entrar a casa, estaré bien, no hay cómo me infecte.

Y si yo no tengo el virus, te protejo a ti de no adquirirlo aquí, el único lugar que visitas todos los días.

Sabrás que soy creyente en solo preocuparme de lo que puedo resolver; lo que no está en mis manos, ni pienso en eso, lo ignoro.

Por eso morir en general no me preocupa, pues no está en mis manos evitarlo; algún día llegará, pero todavía no, todavía no.

Y sonreímos.

No supe qué más decir. Solo la miré, y en su mirada vi algo que no había visto en nadie durante mucho tiempo: comprensión. Y confianza. La confianza de alguien que te habla sin necesidad de nombrarte, porque te ha visto el miedo y no ha huido.