SIN LASTRE 8. VIII. Los primeros días sin Ella
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8. VIII. Los primeros días sin Ella

VIII. Los primeros días sin Ella

Desperté y, por un instante, el mundo fingió ser el mismo. El techo de roca, la luz de la selva filtrándose por la entrada y ese olor tan nuestro a tierra húmeda y hojas machacadas.

Luego, el derrumbe de la ausencia.

Un vacío punzante donde antes habitaba su presencia luminosa, su calor tangible rozando mi piel y esa voz mental que solía susurrar en la periferia de mis pensamientos.

Ella se había ido. Busqué con la mirada entre las sombras, con la ridícula esperanza de encontrarla escondida.

Nada. Solo un silencio denso que pesaba más que la propia piedra.

Desde la altura del refugio, la vista seguía siendo la misma: la playa de arena blanca y ese mar verde claro que a ella tanto le gustaba contemplar. Pero el paisaje mentía. Le faltaba color; le faltaba inmensidad.

Por primera vez, el cuerpo se negó a andar.

No quise caminar al manantial ni recolectar fresas o aguacates.

El hambre se convirtió en una impotencia terrible por no haber podido retenerla, y en una pregunta sorda: ¿por qué me había dejado?

Sentía una amalgama de tristeza, resentimiento y culpa que me presionaba el pecho y no me dejaba respirar.

Nunca le dije que la quería y ahora Ella ya no podrá saberlo, todo por mi arrogante forma de pensar.

Regresé al lecho con el único deseo de morir o dormir eternamente, que, a fin de cuentas, se sentían como la misma cosa.

Perdí la noción del tiempo; dormí uno o dos días en un intento desesperado por desconectarme del mundo, esperando que al despertar me reiniciara otra vez en un nuevo renacer junto a ella.

De pronto, un tirón mental me sacó del letargo, como un leve llamado de atención.

Apoyado contra la pared de roca lisa, inmóvil, descansaba el cuarzo.

Ese caracol de geometría imposible, translúcido y frío.

Lo tomé con ambas manos, buscando un rastro de su magia.

No latía. No vibraba. Se había convertido en lo que temía: solo un objeto inerte que ella me dejó.

Un objeto hermoso, sí. Una pieza de cristal que la luz del sol atravesaba proyectando pequeños arcoíris en las paredes de mi fortaleza. Pero frío. Mudo.

—Ella se fue —le dije.

El caracol guardó silencio.

—Claro —murmuré, riéndome de mi propia estupidez—. Estoy solo en una isla, hablando con un caracol.

Pero no era un caracol. Era su legado. Su esperanza. Su continuidad. Aunque en ese momento parecía un dulce engaño, frío e inerte; solo un engaño genial de la ninfa, tal vez un motivo para que yo siguiera adelante. Y dudé.

Decidí que no podía quedarme en la cueva abrazando el duelo. Tenía hambre. Tenía sed. Y tenía una rutina que seguir.

Caminé al manantial ya al anochecer. En el camino vi caer un lucero; me detuve, pensando que tal vez era ella, pero, como ella, se disipó.

El agua estaba transparente como siempre.

Bebí hasta saciar mi sed. En ese momento escuché el ruido de algo que se movía y volteé esperanzado; solo eran dos aves grises, parecidas a palomas, que volaban a su nido.

Miré mis manos arrugadas y me dije: «Viejo necio, ¿en dónde quedó tu valiente desapego? ¿En dónde están ahora Séneca y Marco Aurelio? Al dar por sentada la paz de su constancia, hoy el frío de su ausencia te consume».

En el camino de regreso, recogí un par de aguacates maduros y unas fresas silvestres. Más adelante, y casi por casualidad, encontré un nido bajo, abandonado, con dos huevos pequeños. Mi desayuno estaba asegurado.

Pero estaba harto de comerlos crudos. Necesitaba fuego.

El fuego y los lentes

Al día siguiente desperté muy temprano, pues el hambre me apretaba.

Lo primero que intenté fue lo que había leído en libros de divulgación científica: golpear dos piedras entre sí, como hacían los hombres prehistóricos.

Busqué dos rocas de cuarzo, de bordes afilados, y las golpeé con fuerza.

Chispas, sí, pero minúsculas, fugaces, que se apagaban antes de tocar las hojas secas.

Intenté frotarlas. Nada. Solo polvo de piedra y el sonido áspero de la fricción.

—Vaya mierda —mascullé, tirando las rocas al suelo con frustración.

Mis dedos ya estaban irritados por el roce. Me senté en una roca, derrotado, mirando las hojas secas y el montón de fibra de coco que había reunido con tanto esfuerzo.

Y entonces, como un latigazo, recordé.

Había leído una advertencia en algún manual de seguridad: «Nunca deje sus lentes en el asiento del automóvil. Los rayos del sol, concentrados a través de los cristales, pueden incendiar el tapiz y causar un accidente».

Mis lentes. Los lentes de lectura que había rescatado de las olas el primer día.

Los había guardado en la grieta de la cueva.

No porque los necesitara para ver —eran solo para leer y aquí ni libros ni pantallas—, sino porque eran mi único objeto de la ciudad.

Mi último vínculo con el mundo civilizado.

Los había guardado como un tesoro casi inútil.

—Muy bien... —murmuré, y fui por ellos.

Sostuve uno de los cristales entre el sol y el montón de hojas. Moví el ángulo. Nada. Lo ajusté. Nada. Pasaron minutos. El sol se movía, y yo con él, como un autómata, intentando encontrar el punto exacto donde la luz se concentra en un haz.

Mi brazo se cansaba. Mi paciencia se agotaba.

—Esto no funciona —dije, a punto de rendirme.

Pero entonces, poco antes del mediodía, el destello.

Un punto de luz minúsculo, pero intenso, se posó sobre la fibra de coco.

Lo mantuve firme, conteniendo la respiración.

Casi de inmediato, un hilo de humo gris comenzó a danzar en el aire.

Un olor a madera quemada inundó mis sentidos.

Soplé con delicadeza, cuidando ese sutil aliento como si fuera el alma de la propia ninfa regresando a la materia.

Entonces, ocurrió. Una llama pequeña, viva y anaranjada, brotó de la nada.

El fuego nació entre mis manos.

—¡Ja! —exclamé, riéndome como un niño—. ¡Todavía sirves, compañero!

Cociné los huevos sobre una roca plana que calenté lentamente.

Les agregué un poco de hierbas y semillas molidas.

El sabor era puro, elemental, suficiente.

Comí sentado en la entrada de mi cueva, huevos, aguacates cremosos y papaya de postre.

Mirando el horizonte, sentí que, a pesar de todo, la vida en la isla seguía teniendo algún sentido.

A los pocos días de encender fuego con mis lentes, choqué con la realidad: solo podía lograrlo al mediodía con sol pleno.

Para asegurar mis tres comidas y mantener segura mi cueva, busqué una solución en los alrededores.

A tres pasos de mi entrada, elegí una pequeña cueva de caliza de cincuenta centímetros de ancho por ochenta de fondo.

Funcionó como un horno térmico para conservar las brasas día y noche; cuando no cocinaba, bloqueaba el oxígeno con un muro de piedras removibles.

El combustible no escaseaba, pues los cocos secos abundaban en la playa.

A fuerza de prueba y error, calibré las porciones.

Por las noches, su resplandor filtraba una luz tenue hacia mi cueva.

Si necesitaba más luz de noche, usaba una veladora de bambú verde con ceniza y resina pegajosa que sangraban unos árboles de las partes altas de la isla; empapaba la mecha de fibra de coco trenzada.

Al calor de las brasas y adentro del horno, hervía huevos en vasos de bambú o asaba pescados y langostas en pinchos.

En mitad del aislamiento, aquello era un auténtico lujo.

El cuarzo, frío e inerte, descansaba en la cueva, siempre esperando.

El sonido del cuervo

Una tarde, motivado por el hallazgo del fuego, decidí explorar la costa en busca de algunos mariscos.

La marea estaba baja, y los arrecifes dejaban al descubierto pequeñas pozas donde algunos peces y langostas quedaban atrapados.

No necesitaba mucho; un par de ejemplares me bastarían para la cena y el desayuno del día siguiente.

Antes de salir, dejé el cuarzo junto a los lentes prende-fuego, apoyados en el lugar más seguro: una grieta en la pared de la cueva que parecía una pequeña repisa. No sé por qué, pero sentí que debía despedirme de él.

—Ahí te quedas —le dije—. Espérame.

Caminé hacia la playa. El sol estaba en lo alto, caliente pero no abrasador. Me quité la camisa —una vieja camisa de franela que ya parecía un trapo de cocina— y me metí en el agua hasta las rodillas, donde sobresalían unas pequeñas rocas. El mar estaba tranquilo, como un espejo roto por las olas.

Atrapé dos peces con mis manos, usando la técnica que había aprendido por ensayo y error: esperar, quieto, entre las rocas del arrecife que tenían partes cóncavas que se vaciaban cuando las pequeñas olas se alejaban; esperar hasta que un pez nadara en ese charco de agua; luego, con mis brazos, dejar que el agua se filtrara mar adentro, menos el pez atrapado; después, si el pez era de buen tamaño, lo golpeaba con un tronco pesado y lo sacaba rápidamente antes de que la ola volviera y me lo quitara. No era elegante, pero funcionaba.

Cuando regresaba a la cueva cargando los peces ensartados en una rama, escuché un sonido que me heló la sangre.

No era el canto de las aves. No era el viento. No era el mar.

Era un sonido mudo que solo escuchaba yo: un fuerte jalón de urgencia como el que Ella un día me dio.

Sentí que venía del refugio.

Corrí.

La escena que encontré me dejó sin aliento.

Un ave grande, de plumaje oscuro y pico curvo —una especie de cuervo tropical, supuse—, estaba posada en la entrada de la cueva.

Había logrado meter la cabeza y su pico golpeaba la frágil puerta de bambú con insistencia, intentando alcanzar el cuarzo que reflectaba un rayo de sol en un crisol de atrayentes colores.

Imaginé que lo hacía con la intención de robarlo.

El caracol emitía ese sonido mudo, cada vez más intenso, como un grito desesperado.

—¡Lárgate! —grité, lanzando una piedra que dio en el suelo a pocos centímetros del pájaro.

El ave alzó el vuelo con un graznido furioso, pero no se fue lejos. Se posó en la rama de una palmera cercana, observando con sus ojos negros y brillantes.

Me arrodillé junto al caracol. Lo tomé con manos temblorosas.

El zumbido cesó al instante, y en su lugar sentí un calor suave, como si el objeto estuviera reconociéndome, celebrando mi regreso; palpitaba en perfecta sincronía al ritmo agitado de mi corazón.

Segundos después se apagó, como si en el esfuerzo hubiera agotado su reserva de energía.

—Tranquilo —susurré, acariciando su superficie lisa—. Ya estoy aquí. El viejo David ha vuelto para no irse más. Ya no sentiremos este tipo de soledad otra vez.

Entendí entonces que no era inerte. No era un objeto. Era un ser vivo, en sus primeras etapas. Un bebé que aún no podía moverse ni comunicarse con soltura, pero que sentía. Sentía el peligro. Sentía el miedo. Y me había llamado a mí, su protector.

—Nunca más te dejaré solo —le prometí, mientras el ave, finalmente, se alejaba.

Las manos que construyen

Esa noche, después de cenar —pescado asado, aguacate y almendras del árbol con flores color rosa claro—, me senté a la entrada de mi cueva y observé las estrellas en ese cielo limpio. El caracol de cristal descansaba sobre mis piernas, como un gato dormido.

Sabía que mi refugio necesitaba mejoras. La puerta de bambú que había construido en los primeros días era débil, atada con lianas que ya se estaban desintegrando. Si otra tormenta llegaba, o si esa ave regresaba con más compañía, no protegería lo que debía proteger.

Al día siguiente, me dediqué a una tarea que me mantuvo ocupado durante horas: recolectar hojas de palma.

No eran hojas cualesquiera. Eran las hojas grandes, carnosas, que crecían en las palmeras bajas. Las arrancaba con cuidado, las extendía sobre el suelo de la cueva, y con la punta de una piedra afilada rasgaba la fibra interior. Era un trabajo lento, minucioso, que requería paciencia.

Pero el resultado valía la pena. Las fibras que extraía eran largas, flexibles, resistentes.

Las enrollaba una a una, como se trenza el cabello una mujer.

Me acordé de mi infancia en Guatemala, de las cuerdas de henequén que mi abuelo usaba para atar los haces de leña y los ramos de rosas que después vendía.

—Así se hace, David —me repetía a mí mismo, como un mantra—. Así se hace.

Pasé dos días trenzando lianas. Mis dedos, que en la ciudad solo conocían teclados y guitarras, hoy se lucían con el trabajo artesanal.

Se endurecieron. La piel de mis palmas, antes suave y delgada, ya tenía callos.

Y las cuerdas quedaban perfectas: firmes, elásticas, con la textura de la fibra vegetal seca.

Con esas cuerdas, reforcé la puerta de bambú. Añadí más varas, más gruesas, atadas en forma de cruz. La cueva, ahora, tenía una entrada que podía cerrarse con un pasador improvisado. No era una fortaleza, pero sí un buen refugio. Yo me sentía satisfecho, como buen hombre de campo.