7. VII. Meses bajo el sol
VII. Meses bajo el sol
y la entrega del fruto
El tiempo corría y yo había perdido la cuenta; mis días morían sin nombre y los meses buscaban el calendario.
Mi viejo cuerpo olvidó el crujir de las rodillas y la pesadez de los madrugones urbanos, justo cuando el reloj dejó de importar.
Mi piel, completamente dorada y oscura por el sol perimetral de la playa, lucía firme y mis músculos ponían de manifiesto la agilidad del pasado, cortesía del esfuerzo diario y de una dieta orgánica y silvestre.
Supongo que mi glucosa, por fin, gozaba de un balance absoluto; combinado con una vida sin estrés citadino, me sentía como un animal sano.
Sin embargo, mientras yo alcanzaba mi plenitud, Ella literalmente se apagaba de forma irremediable.
Supe que el desenlace había llegado una tarde de extraña calma, cuando el mar verde claro parecía un espejo inmóvil.
Ella, que ya casi no se apartaba de mi lado, permanecía en la entrada de mi refugio de piedra.
Buscaba recibir directamente los rayos del sol y se entretenía viendo a lo lejos la playa de arena blanca, visible con total claridad desde ese punto elevado.
No obstante, su silueta translúcida apenas lograba emitir destellos.
Su hermosa bioluminiscencia se había concentrado por completo en sus manos, donde sostenía un caracol de cuarzo cristalino de extraña belleza, el cual latía con una energía viva mientras la ninfa lo sostenía.
Ella lucía una felicidad contenida, como cuando estás ante algo que debería ennoblecerte, pero tienes una culpa que te embarga.
Nunca la vi vulnerable como ahora. Le pregunté: —¿Qué te pasa, preciosa? ¿Qué tienes?
Algo cambió en sus ojos bellos y misteriosos, que ahora parecían al borde del llanto. Me dijo:
—David... —mencionó mi nombre—. No soy tan perfecta como tú crees. En verdad soy una fugitiva de mi propia especie. Cuando me perdí en la inmensidad del tejido cósmico, cometí una distracción de cálculo imperdonable que costó muchas vidas de los míos.
Hizo una pausa; su luz parpadeó.
—Yo ya tenía en gestación el desarrollo de mi sucesor, y eso me afectó.
Después, temiendo mucho por él, escapé para protegerlo y no advertí lo inútil de mi temeraria acción.
En nuestro sistema biológico, la madre trasciende o muere después de entregar su fruto a un protector.
En mi desesperación, no advertí que, al escapar, no tendría a nadie de mi especie.
Perdí a muchos de mis compañeros, y los que pueden encontrarme ahora son mis enemigos.
Discúlpame, David, por no preguntarte; no tenía elección.
Nosotros y los humanos tenemos una estructura mental y espiritual similar, solo que somos más evolucionados.
Después de años de búsqueda, te encontré a ti y te traje a este lugar remoto, violando con ello otra regla aún más prohibida de mi mundo.
Su luz titiló con un tono violeta, como si el recuerdo le doliera.
—No te puedo explicar ahora lo que transgredí para traerte a este lugar remoto y escondido para los tuyos y los míos.
Tengo mucho más que explicarte, pero mi tiempo se acabó.
Te seleccioné entre muchos de tu mismo nivel evolutivo de este singular planeta para entregarte mi tesoro, mi sucesión, mi esperanza de continuidad.
Se arrodilló a mi lado y, por primera vez, el peso de su futura ausencia me golpeó el pecho. Nada de lo que dijo me importaba. No quería dejarla ir.
A pesar de que mi mente ensaya habitualmente la sabiduría de Séneca y Marco Aurelio al comprender que todo en este universo es transitorio, la dolorosa certeza de saber que no volvería a verla rompió mi templanza.
Sentí un nudo en la garganta y, sin poder evitarlo, derramé lágrimas que resbalaron por mis mejillas curtidas.
Ella estiró sus dedos invisibles pero tangibles y rozó mi rostro, deteniendo el llanto. En ese instante, su mente se fundió con la mía en una oleada de consuelo y sabiduría cósmica que resonó con fuerza en mi cabeza:
—No llores, mi querido amigo. Tú y yo somos lo mismo.
Por eso no me gusta que nos etiquetemos con nombres, géneros o especies; las etiquetas solo encierran la inmensidad.
Somos la misma energía, pero habitando distintos niveles de crecimiento.
Nuestra esencia es igual; diríamos simplemente que yo soy más vieja que tú en mi desarrollo espiritual y mental.
Tu conciencia tiene aún mucho que aprender en esta dimensión, pero ten por seguro que algo de ti llegará algún día al mismo destino donde estaré yo.
Hizo una pausa. El caracol de cuarzo latió con más fuerza en sus manos.
—Este mi legado que te entrego no fue originado por algún tipo de unión física entre nosotros, ni es de nuestra propiedad.
Me fue dado por el universo y ahora te lo confío a ti, únicamente para que lo protejas hasta que llegue el momento de soltarlo.
Él es más evolucionado que tu especie, pero no es superior; simplemente, desde ya, es mucho más viejo que tú en el orden cósmico.
Por eso te escogí a ti, David... porque intuyo que tu mente ligera y sin lastres es capaz de comprenderlo.
Él llegará a su edad adulta, cuando ya no necesite tu protección, en unos ocho años de métrica de tu tiempo humano.
Cuando ese día llegue, deberás dejarlo partir para que busque su propio destino en el espacio infinito.
Su silueta comenzó a difuminarse, volviéndose tan transparente como el agua pura del manantial, pero su voz mental seguía clara y firme:
—Unos años después de que lo dejes ir, tú también trascenderás a un nivel distinto, como me ocurre ahora por mi propia necesidad evolutiva.
Será algo mucho más hermoso de lo que imaginas.
Morir no existe en realidad; la muerte es solo un engaño de los sentidos, es como despertar en un lugar diferente y seguir adelante...
¿Te suena familiar? Yo sé que un día lo comprenderás; tú ya lo experimentaste y aún no lo sabes.
Normalmente olvidas el pasado, pero conservas intacta tu esencia y tu actitud noble para enfrentar la nueva aventura.
Sus ojos proyectaron esa tenue luz azul por última vez en la penumbra de mi fortaleza de piedra, envolviéndome en un aroma dulce y fresco:
—Vivirás un poco más de lo que te correspondía gracias a la pureza que tu cuerpo aprendió en esta isla.
Eventualmente volverás a tu entorno, a tu pequeño pueblo.
Tu rutina de jubilado seguirá adelante, pero ahora cuidarás de mi esperanza en secreto.
No le pongas nombre, no lo limites con palabras.
Enséñale lo rudimentario para adaptarse a tu entorno y aprende tú de él.
No te desgastes intentando saber de dónde vengo, si de las profundidades del mar o del espacio infinito; eso no importa.
La única verdad real es que, por alguna razón cósmica, nuestras existencias coincidieron en este hermoso paréntesis o etapa finita dentro de una eternidad de etapas sin fin.
Decir que algún día nos volveremos a encontrar no es exacto, pues literalmente...
desde ya estamos unidos para siempre en la misma fuente.
Gracias por enseñarme ese concepto primitivo y absolutamente humano que yo no conocía: el amor.
Un sutil destello verde esmeralda iluminó las paredes de la cueva y luego el silencio se volvió absoluto.
Ella se había desvanecido. Me quedé solo en la penumbra de mi fortaleza, con los ojos húmedos pero el alma sumida en un estupor monumental, apretando contra mi pecho el fruto místico: el cristal de cuarzo con forma de caracol, la esperanza de mi ninfa, sabiendo que la verdadera aventura acababa de comenzar.
Y lloré. ¡Qué carajos! Lloré por última vez, pues necesitaba sacar de mi pecho esas lágrimas que me ahogaban.