6. VI. Mi constante en el caos
VI. Mi constante en el caos
y el entrenamiento del silencio
Conforme los meses se asentaban sobre la isla, mi relación con Ella floreció en una empatía mística, dando paso a un cariño completamente distinto a los cánones del mundo que conocía, limpio, puro y desprovisto de cualquier condición.
Ella se volvió el faro de mis tormentas.
En esta convivencia, descubrí una conexión asombrosa que resignificó por completo mi pasado.
Anteriormente recordaba con extrañeza cómo Diana, a pesar de trabajar conmigo desde antes del gran encierro, jamás me había llamado por mi nombre ni había usado pronombres conmigo, logrando una comunicación perfectamente normal y fluida.
Ahora entendía que la vida en la ciudad me había sometido a un sutil y misterioso entrenamiento previo.
Ella, la ninfa, no conocía el concepto de un nombre.
No lo tenía, ni lo necesitaba. A través de nuestra comunión mental, me hizo comprender que ponerles nombre a los seres es una costumbre humana profundamente limitante; una etiqueta que encierra y reduce la inmensidad de una identidad a un puñado de letras.
Al igual que Diana, sin saberlo, me había demostrado que el lenguaje puede prescindir de las identidades rígidas.
Por su parte, Ella me enseñó que la verdadera comunicación existe en el plano del ser puro.
Yo no era «David» para Ella, ni ella era un misterio con nombre para mí; éramos, simplemente, dos conciencias reflejándose la una en la otra en un rincón olvidado del universo.
Fue en este periodo donde mi filosofía del desapego, un pensamiento que siempre he sostenido a lo largo de mi madurez, se convirtió en mi mayor escudo y salvación.
El desapego no es indiferencia; es la sabiduría suprema de amar con intensidad absoluta en el presente, aceptando al mismo tiempo la impermanencia de todas las cosas.
Sabía que esta maravillosa existencia en la isla, la fortaleza de piedra que me daba cobijo y la misma presencia luminosa de Ella eran regalos temporales del destino.
Practicar el desprendimiento de mi pasado en la ciudad me había permitido adaptarme a la isla sin que la nostalgia me destruyera; ahora, esa misma templanza me preparaba para lo que estaba por venir.
Ella se convirtió también en mi guía biológica.
Con gestos suaves y proyecciones mentales, me enseñó a identificar ciertas semillas silvestres altamente nutritivas que abundaban en el suelo de la selva, así como una variedad de hierbas saludables y curativas que recolectaba cerca de los acantilados.
Estas plantas no solo complementaban de manera perfecta mi régimen para la glucosa, sino que aportaban un vigor renovado a mis músculos.
Asimismo, comencé a pescar con mayor regularidad en los canales de roca de la playa.
Aunque comer pequeños trozos de lomo de pescado crudo no era precisamente muy agradable, descubrí que, condimentándolos con hierbas y semillas machacadas, y después secándolos al sol del mediodía, mejoraba el sabor; ese ritual era necesario para consumir un poco de proteína animal.
Ella permaneció todo el tiempo a mi lado, en los paseos o trabajos en la isla y en la cueva.
Una vez, después de muchas semanas de rutinas juntos, tuvimos una experiencia distinta.
Yo descansaba en mi colchón, una especie de pesebre de paja rodeado de piedras para que no se dispersara.
Ella, sentada a mi diestra, me observaba sin apagarse, como cuando caía en reposo profundo.
De pronto, sentí su presencia, su comunicación, su conexión, pero esta vez sin protocolos de seguridad.
Ella me dejó entrar a su conciencia de una forma total, sin límites.
Pude ver o sentir muchas cosas que no comprendía: unas parecían constelaciones, estrellas y sentimientos profundos.
Y de alguna forma, yo le di acceso a toda mi conciencia sin restricciones, incluso a esos terrenos del subconsciente que uno bloquea para sí mismo.
Ella supo todo de mí, más que yo mismo. Ya no teníamos secretos.
Incluso yo supe que ella tenía miedos y que cometía errores; no era como una diosa perfecta, también tenía metas que superar y errores que reparar.
Y de pronto dejamos de analizar... Nuestras conciencias se fundieron como cuando dos ríos se unen en una confluencia y siguen en un solo fluir caótico pero unido, en un nuevo río más caudaloso que llega al mar, en donde ese caos se dispersa y solo queda una quietud absoluta.
Al despertar, no encontré qué decir y se me ocurrió, en tono de broma, una expresión tonta: —¿Qué fue eso? ¿Me violaste?
Ella guardó silencio mientras lo descifraba; no sé qué entendió, pero cambió de colores, del azul pálido a un color violeta, y después, entre unas cuantas chispas, desapareció.
La escena para mí fue divertida: «Del coraje hasta chispas echó», pensé, ya volverá.
Me acomodé en mi pesebre y dormí un poco más.
No logré asimilar toda la información que obtuve de la ninfa; fue demasiado para mi mente poco entrenada, pero sentí como ella, después de esa experiencia, había tomado una decisión definitiva sobre mí: tal vez un voto de confianza o, peor aún, una condena definitiva.
La duda me superó, sentí miedo de algo desconocido que se aproximaba.
No me equivoqué. En los días siguientes, Ella dejó de hacer preguntas sobre mi mundo.
Ya no parecía estar recopilando información, sino despidiéndose en silencio.
Y entonces empecé a notar un cambio inquietante.
La luminiscencia de Ella, que antes vibraba con la fuerza de un faro en la penumbra de la selva, comenzó a atenuarse de forma paulatina.
Sus destellos bioluminiscentes se volvieron más lentos, y su textura tangible, aunque perfecta, se sentía cada vez más densa, como si estuviera concentrando toda su energía en un solo punto de su ser.
Noté que algo en su interior se debilitaba mientras otra parte se fortalecía; un proceso inevitable que respondía a leyes biológicas o cósmicas que yo no podría comprender.
Le pregunté: —¿Qué puedo hacer para ayudarte? ¿Te sientes mal? Tal vez necesitas alimentarte mejor, yo puedo recolectar lo que te haga falta.
Ella me observó con esa su distintiva mirada tierna y me transmitió:
—Nosotros ya no comemos; superamos esa etapa de la evolución hace muchísimo tiempo. Mi alimento proviene directamente de las estrellas, sin ningún otro proceso.
No supe qué comentar. Solo hice el gesto de fruncir el ceño y decir: —Bueno, está bien.
Al sentir mi incredulidad, añadió: —Fotosíntesis, pero sin ningún otro ingrediente, la fuente de energía más abundante del universo, inagotable; a donde vayamos, siempre habrá un sol.
El sufrimiento nace del deseo egoísta de retener lo que debe cambiar. En lugar de lamentarme por su declive, era mejor disfrutarla y protegerla con mayor devoción en cada amanecer.