SIN LASTRE 5. V. El lazo entre dos mundos
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5. V. El lazo entre dos mundos

V. El lazo entre dos mundos

Días después, y sin poder olvidar lo sucedido, la vida siguió.

Sentado en el suelo de mi espacio rupestre —mi fortaleza de piedra— y contemplando las letras del diario que apenas comenzaba a nacer al carbón, mi mente fue arrastrada por el oleaje de los recuerdos de una Navidad de años atrás.

Era la época festiva más importante en Guatemala cuando mi hermano menor, Tony, veterano del ejército de Estados Unidos, me visitó sorpresivamente.

Llegó sin su familia. Yo ya vivía solo, así que el reencuentro con la niñez y la juventud fue emocionante.

, el reencuentro con la niñez y la juventud fue emocionante.

Recuerdo la noche en que el Tony, entre copas y risas, imitó el llanto de un bebé y me hizo llorar de risa; luego sonó una canción country y se levantó a bailar como vaquero del Medio Oeste, con movimientos tan perfectos que no podías creer que fuera el mismo hombre que horas antes discutía conmigo sobre política.

Entonces, en medio de la celebración, experimenté un mareo súbito y la vista se me puso borrosa; era una sensación idéntica a las neblinas visuales que me atacaban en el pasado, en días de extrema tensión laboral.

Detuvimos todo. Llamé por teléfono a mi otro hermano, el mayor, médico de profesión, quien me recomendó que fuera al laboratorio de la pequeña ciudad donde vivo.

Al leerle los resultados de los análisis, su veredicto fue certero: «Tenés que cuidarte, mi brother, pues estás en prediabetes».

En aquel instante, tomé una decisión inquebrantable de forma totalmente independiente: controlaría la enfermedad mediante un cambio radical en mi estilo de vida y alimentación. Me prometí que jamás sería esclavo de la insulina, pasara lo que pasara.

Durante la década siguiente, a base de caminatas diarias y una dieta estrictamente controlada, logré mantener el azúcar a raya, sin salir jamás del rango de la prediabetes ni permitir que mutara en una diabetes tipo 2.

Mi caminata diaria y obligatoria de quince minutos de ida al manantial, más veinte minutos de regreso cuesta arriba, y mi dieta —basada en los aguacates que abundaban en la selva, las papayas, las fresas silvestres, el agua de manantial, la carne de coco, los huevos de aves silvestres y el pescado fresco que obtenía en los arrecifes, todo condimentado con una estancia sin estrés— no eran un castigo; eran la continuación natural del entrenamiento que mi cuerpo ya dominaba.

Al vivir solo en la ciudad, me había resultado fácil dictarle a Diana lo que quería comer; aquí, la naturaleza se había convertido en mi nueva proveedora, y yo me sentía más fuerte que nunca.

En eso estaba, pensando una cosa y otra, escribiendo en la pared lisa de piedra, como tratando de ignorar la imagen de la ninfa que, de forma intermitente, invadía cada clip de mis recuerdos.

De pronto ella, por fin, se dejó ver; sabía cómo encontrarme, era evidente.

Vio minuciosamente lo que hacía en la pared y me dijo que la había atraído ese desborde de emociones de momentos atrás, y me preguntó si estaba bien.

Le dije que eran solo recuerdos de mi pasado.

Y se esfumó sin más palabras. Yo le dije a su espacio vacío: «Sí, a mí también me dio gusto verte; cuando gustes... ».

Después de eso comenzó a visitarme con regularidad.

Se sentaba a mi lado, permitiendo que mi piel asimilara la sutil calidez de su presencia translúcida y luminosa.

Aunque no poseía un instrumento físico, le mostraba con mímica cómo solía rasguear las cuerdas de mi guitarra y componer poemas en la soledad de mi escritorio.

Además de estas demostraciones de arte humano, ella comenzó a pedirme, a través de impulsos mentales directos, información muy específica sobre mi mundo.

Quería comprender la psicología humana, los intrincados laberintos de nuestras emociones y el peso de nuestros recuerdos.

Yo respondía a sus mudas preguntas proyectando en su mente imágenes de las calles de cemento, el bullicio de los mercados y las dinámicas de la sociedad que había dejado atrás.

Había una urgencia silenciosa en su curiosidad, como si estuviera realizando un inventario desesperado de la condición humana a través de mi memoria.

Entonces caí en la cuenta de que ella solo recibía la información que yo quisiera entregarle; no invadía mi mente, no la leía, por así decirlo, solo recibía mis respuestas.

Yo, igual con ella, me conectaba a su mente y escuchaba solo lo que quería decirme; era un respeto total de la intimidad de cada uno.

Sin embargo, una de esas tardes, mientras hurgaba con múltiples preguntas mi memoria, percibí un tirón mental inusual, una insistencia casi dolorosa.

Ella no estaba simplemente curioseando mis vivencias por entretenimiento.

Buscaba algo específico, un rastro o una cualidad en mi mente que yo mismo desconocía.

Al romper el contacto, su silueta translúcida vibró con un destello azul inquietante antes de desvanecerse en la selva, dejándome a solas en la penumbra de mi fortaleza de piedra con una sospecha helada que me carcomía: ¿era yo un invitado en su paraíso, o el sujeto de un plan cósmico que apenas comenzaba a gestarse?