2. II.Un libro en blanco
II.Un libro en blanco
El dolor en la base del cráneo era mi única ancla con este lugar.
Me obligué a ponerme de pie, aunque el suelo parecía inclinarse bajo mis pies descalzos.
Mi ropa, empapada de agua salada, pesaba como el plomo.
A mi costado vi unos anteojos balanceándose con el vaivén de las olas; asumí que eran míos y me apresuré a recogerlos, temiendo que el mar decidiera arrastrarlos. Los guardé en la bolsa del pantalón.
El clima era templado, arrullado por una brisa suave que transportaba un aroma intenso a salitre, yodo y hojas húmedas machacadas.
Hundí los pies en una arena de un blanco tan puro y deslumbrante que semejaba polvo de huesos.
Frente a mí, el mar exhibía un tono verde turquesa, casi luminoso; un efecto mágico provocado por la luz solar que atravesaba el agua transparente y se reflejaba en el fondo níveo de la costa.
Caminé hacia el borde de la vegetación en busca de sombra para protegerme del sol, que empezaba a castigar mi piel.
Una densa muralla de palmeras de troncos inclinados danzaba al son del viento, dándome la bienvenida.
Lo que vi a continuación me paralizó. A unos cincuenta metros hacia el interior, medio oculta entre unas rocas volcánicas oscuras que contrastaban con el paisaje, había una pequeña poza de donde brotaba un hilo de agua cristalina.
Era el manantial. Exactamente el mismo ojo de agua que vi en mi sueño hacía apenas unas horas.
Me arrodillé y lo observé: el agua era tan transparente que parecía aire líquido; podía ver cada grano de cuarzo en el fondo.
Bebí con desesperación; el agua era dulce, fría, real.
Aquí fue donde la lógica se rompió y el miedo empezó a consolidarse.
Si esto era un sueño, ¿por qué podía sentir la textura rugosa de las piedras y el alivio del agua en mi garganta con tanta nitidez?
Además, noté algo perturbador: el recuerdo de mi vida en la ciudad se difuminaba.
Solo evocaba con claridad lo ocurrido a partir de la vivencia que etiqueté como sueño; recordaba el sofá, la sala, el techo, la computadora portátil, el post recién publicado...
y casi nada más. Supe que era un hombre mayor únicamente al observar mis manos arrugadas.
Me senté un momento en un tronco caído, pero aún vivo, y pensé: «Debo tener una familia, hijos, esposa, amigos, pero no recuerdo nada».
¿Qué me había pasado? Tal vez el fuerte golpe en la cabeza me hizo olvidar mi pasado; pero si encontraba más pertenencias, como había encontrado los lentes, tal vez atando cabos empezaría a recordar.
Volví sobre mis pasos. Era una playa pequeña y no había ningún rastro de objetos de un naufragio a simple vista, pero decidí explorar.
Caminé por toda la orilla: nada, ni un pedazo de madera, plástico o ropa.
Nada. Me invadió una sensación terrible, como si acabara de nacer: era un libro en blanco, pero dotado ya de conocimientos y de un idioma, pues cada cosa que veía tenía un nombre.
De alguna forma debía de haber llegado hasta aquí.
A lo lejos, descubrí una forma que me atrajo: entre todas las palmeras, el rosa de un árbol de madera sólida resaltaba intensamente y contrastaba con el verde claro del mar y el cielo despejado.
Su tronco era oscuro y rugoso, y estaba cubierto de flores rosa pálido, sin una sola hoja.
Me senté a descansar un momento en la arena blanca que lo rodeaba, salpicada de pétalos rosados.
Cerré los ojos escuchando la monotonía del oleaje.
Entonces, como una campanada, resonó un recuerdo: Diana.
Rápidamente me incorporé. Ella llegaba todos los días a mi casa, de lunes a sábado.
Diana era el pilar de mi rutina de jubilado.
No solo cocinaba y traía los víveres de la tienda, sino que representaba mi único puente con el habla humana; platicábamos unas dos horas mientras ella preparaba los alimentos y lavaba los platos, y yo desayunaba.
Trabajaba conmigo desde un par de años antes del gran encierro.
Al repasar esperanzado esos recuerdos en la quietud de la playa, descubrí un dato curiosísimo e intransigente: Diana jamás me nombró.
Ni «David», ni «don David», ni «señor Cruz».
Logró mantener una comunicación perfectamente normal, fluida y afectuosa durante años sin utilizar jamás un solo nombre o pronombre conmigo, ya fuera en persona o por mensajes de texto.
Sonreí ante la extravagancia del recuerdo. Qué curiosos somos los humanos.
Ya había descansado un poco físicamente, pero en mi mente seguía la confusión.
Decidí poner a prueba mis recuerdos. En mi texto posteado mencioné que había frutas y algunos animales pequeños.
Me adentré unos pasos más en la selva baja, sintiendo el aroma dulzón de la maleza viva.
Vi un árbol frágil de donde colgaban unos frutos de gran tamaño, como papayas, y, a los pocos minutos, un par de aves de plumaje gris, parecidas a palomas, pero con un canto extraño y rítmico, pasaron volando cerca de mí en dirección a un aguacatal. Todo estaba allí.
Toqué otra vez mi cabeza, pues tras la lluvia de pensamientos el dolor había desaparecido.
Las yemas de mis dedos rebuscaron entre mi escaso cabello el rastro de la herida sangrante; sin embargo, solo quedaba una cicatriz dura y seca que aparentaba meses de haber sanado.
Era mucho por hoy, así que me negué a pensar en eso por el momento, concluyendo que la única explicación por ahora era que efectivamente era un náufrago que sufrió un duro golpe en la cabeza que fracturó mis recuerdos, olvidando desde que me embarqué hasta que aparecí en la playa desmayado.
No había rastros porque tal vez llegué sujetado a un trozo de algún material con buena flotación que después el mar succionó, como casi lo hacía con mis lentes.
Ya recordaría más en algún momento, concluí.
Sin embargo, mientras examinaba los alrededores con el mapa de mi memoria, noté algo que no encajaba.
En el suelo blando, cerca del manantial, había un sendero en la tierra, una línea recta que rompía la maleza.
No era una formación natural. Parecía el rastro de algo pesado que fue arrastrado desde el mar hacia el interior de la isla.
Yo no imaginé esa línea. Mi mente no diseñó ese rastro.
Quienquiera o lo que sea que hubiera dejado esa marca, pertenecía a un mundo que yo no controlaba.