SIN LASTRE 3. III. El instinto del superviviente
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3. III. El instinto del superviviente

III. El instinto del superviviente

y la exploración

La tarde cayó con una velocidad alarmante.

El cielo azul dio paso a un tinte purpúreo y cenizo; el viento del océano cambió de ritmo, volviéndose frío, húmedo y hostil.

A mi edad, sabía que la hipotermia y la deshidratación eran peligros mortales.

La necesidad física empezó a ganarle la batalla a mi confusión psicológica: tenía que sobrevivir.

Pasé esa primera noche como pude; improvisé una trinchera excavando un poco en la arena seca, como nido de tortuga marina, y me tapé con hojas de palma que abundaban por montones.

Al fin, una noche se pasa como sea. Antes de dormir pensé que iba a seguir el engañoso juego y que no cuestionaría si lo que estaba pasando era sueño o realidad; iba a organizarme, pues, en lo que eran peras o eran manzanas, tenía que sobrevivir.

Cerré los ojos. Nunca había dormido así, a la intemperie de un lugar que no sabía con certeza si era seguro y desarmado en todo sentido.

Mi única información se basaba en un sueño vago y confuso.

El silencio era tan absoluto que mi pulso resonaba en mis oídos, pero el cansancio superó al miedo y ya no supe de mí.

A la mañana siguiente, después de revisar si estaba entero, dediqué las primeras horas del día a realizar una exploración exhaustiva para confirmar mis sospechas sobre la veracidad de mi primer sueño, el que dio origen a todo.

El veredicto geográfico fue rotundo: efectivamente, me encontraba en una pequeña isla remota, de aproximadamente dos kilómetros de largo por un kilómetro de ancho.

Poseía una topografía imponente. El centro de la isla se elevaba de forma considerable en una colina fortificada por la naturaleza, una elevación perfecta para evitar cualquier tipo de inundación por marejada.

Al rodearla, descubrí con una mezcla de asombro y aislamiento que toda la isla estaba blindada por acantilados y paredes cortadas de roca sólida inaccesible.

La playa de arena blanca donde aparecí inicialmente era la única entrada factible al lugar, una franja costera de apenas unos doscientos metros de longitud.

No había rastros de civilización ni espacio donde pudiera descender un avión.

Durante esta caminata perimetral, la naturaleza me bendijo con un hallazgo providencial.

A unos quince minutos colina arriba desde el manantial, incrustada en la falda de la elevación rocosa, descubrí una formación fascinante: una cueva truncada.

Tenía unos cinco metros de fondo y una boca de cuatro metros de ancho, modelada de tal manera que recordaba a la concha acústica de los teatros al aire libre.

El lugar era un búnker de piedra total: el techo, las paredes y el suelo eran de una roca lisa y sólida que facilitaba enormemente su limpieza.

Comprendí de inmediato que ese sería mi refugio.

Me daría el aislamiento, la calidez para dormir y la seguridad emocional que necesitaba.

No quería pasar otra noche igual de desprotegido.

La cueva, en cambio, era increíblemente segura; solo debía asegurar más la entrada.

Además, la distancia de quince minutos hasta el agua dulce, lejos de ser un inconveniente, me motivó profundamente.

Aquella caminata diaria de mínimo treinta minutos entre la ida y la vuelta se convertiría en un ejercicio saludable; una disciplina obligatoria para mantener fuerte mi cuerpo de adulto mayor.

El recorrido por el entorno me reveló que estaba en un auténtico edén biológico, un paraíso sumamente extraño.

En la isla no existía ningún tipo de mamífero, ni reptiles de ninguna clase.

Los insectos eran escasos; no había mosquitos ni amenazas ocultas, solo libélulas de alas vibrantes, mariposas de colores imposibles y otros insectos magníficos que no logré identificar.

Las pocas especies de aves que habitaban las copas de los árboles sobrevivían de forma armónica gracias a una bendición botánica: los árboles de aguacate, que abundaban en el interior del bosque.

Mi dieta diaria comenzó a estructurarse con lo que el ecosistema me regalaba con generosidad: aguacates cremosos, agua fresca, carne de coco y pescados procedentes de la abundancia del mar.

Por otra parte, el asentamiento en la fortaleza de piedra resolvió un dilema intelectual.

La primera noche, entre la arena, palpé un trozo de madera carbonizada por un rayo antiguo, y tontamente pensé en usarlo para escribir mis memorias en las paredes de piedra cercanas.

Pronto caí en la cuenta de un error metodológico fatal: a la intemperie, la primera lluvia tropical fuerte borraría mis crónicas en un segundo.

Mi nuevo hogar de piedra lisa solucionaba el problema.

Al resguardo de ese techo milenario, mis escritos al carbón estarían a salvo del agua y del tiempo.

No es que fuera tan importante, pero como eso estaba también en el sueño, casi mi única guía, no me molestaba llevar un diario algo prehistórico; pensé que sería entretenido.

El primer lugar que reservé fue una hendidura en la pared de la cueva, casi como una repisa, para el único objeto tecnológico que me acompañaba: los lentes.

Así no se veía tan vacía la estancia, pensé, y me reí de mi propia ocurrencia; pero, en realidad, el valor que les damos a las cosas siempre es un asunto relativo.

Dediqué los siguientes días a recolectar cañas de bambú cerca de la costa, esforzándome paso a paso, no porque temiera a los depredadores —pues ya sabía que no los había—, sino para construir una especie de puerta rústica que aislara mi nuevo hogar del viento frío de la noche.

Noté la extrema suavidad de mis dedos. Mis manos estaban completamente lisas, desprovistas de cualquier rastro de aspereza.

Entonces, habiendo superado ya la amnesia temporal, recordé que toda mi vida en la ciudad había estado ligada a la independencia de mis pequeños negocios de ventas; jamás ejercí un trabajo duro o manual que demandara una fuerza física especial.

Mis únicos pasatiempos siempre fueron de corte artístico, nada pesado: rasguear las cuerdas de mi guitarra, escribir letras de canciones y componer poemas en la soledad de mi escritorio.

De joven, mis deportes favoritos fueron el ajedrez, el senderismo y, como todo joven, también el romance.

Aquella piel delgada y sensible estaba a punto de enfrentarse al verdadero rigor de la piedra.

Allí, sentado en el suelo de piedra, con el carbón firmemente sujeto en mis dedos aún limpios, comencé a registrar el nacimiento de mi nueva existencia, ajeno al mundo que había dejado atrás.

Literalmente, me estaba reinventando.

Sin pasado, sin propiedades, sin miedo. Solo el presente y una isla por descubrir.