SIN LASTRE 1. I. El sueño y el despertar
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SIN LASTRE

SIN LASTRE

Por Vctor Hugo Gudiel

© inepub.com

1. I. El sueño y el despertar

I. El sueño y el despertar

Todo comenzó con un sueño maravilloso y terminó con una realidad aterradora.

Soñé que era un náufrago en una isla pequeña, solitaria y deshabitada.

Había una gran variedad de frutas, un manantial de agua dulce y algunos animales pequeños.

Pensé que podría vivir ahí. Principalmente por mi edad; a mis sesenta y ocho años ya no buscaba formar una familia porque ya había tenido una, y mis hijos ya no me necesitaban, pues eran adultos independientes.

Además, tenía relativamente buena salud, vivía solo y tenía una jubilación apenas justa para mis gastos básicos, así que el tiempo que lograra vivir en ese paraíso sería el mejor epílogo para esta, desde ya, maravillosa vida.

Siempre pensé que lo material es un lastre si no se puede soltar, como en la historia de la trampa para monos: se utiliza una vasija de boca estrecha donde la mano entra abierta, pero al cerrarse con el puño lleno de nueces, no puede salir.

El animal nunca se libera, pues no está dispuesto a soltar el botín.

En el ajedrez aprendí desde muy joven que, cuando una partida ya no se puede ganar, dignamente se inclina el rey y se vuelve a empezar.

Ya de viejo llegué a extremos al considerar que, si lo peor que me podría pasar era morir, a estas alturas de la vida no era tan grave; al fin y al cabo, no era un jovencito y no iba a vivir una eternidad.

Cambiaría una aventura fantástica de pocos años por veinte de hastío.

«Yo ya tuve todo en esta vida», me decía: amores y rechazos, victorias y derrotas, alegrías y quebrantos; solo pedía seguir siendo independiente y poder tomar mis propias decisiones.

En esa isla tendría ocupaciones diarias, resolvería problemas rutinarios y usaría mi inventiva (y vaya que tengo una mente hiperactiva).

Siempre me han gustado las dificultades por la satisfacción de encontrar una buena solución.

No me asusta la soledad. Además, he reflexionado que no necesito estar acompañado a la hora de dejar este préstamo al que llamamos vida; por más personas que te rodeen en ese momento, la muerte es un asunto profundamente íntimo y nadie te puede acompañar en ese trance, sea cual sea tu creencia sobre el más allá.

Por todo esto no encontré razón para no ser feliz allí.

Continué con ese fluir mental mientras escribía un post para mis redes sociales; no me preocupaba lo loco que sonara, pues los pocos seguidores que tenía ya sabían de mis controversiales ideas.

En esas divagaciones filosóficas se me pasaron unas cuantas horas, entre el intento de volver a dormir para recuperar el hilo del sueño y el esfuerzo por sintetizar mis pensamientos.

Después, recuerdo haber sonreído frente a la pantalla de mi portátil al publicar el texto recién escrito que incluía fragmentos de mi experiencia soñada.

Luego me acomodé en el viejo sofá reclinable de mi sala y me quedé profundamente dormido bajo el arrullo rutinario de la televisión encendida.

Pero no hubo sueños esta vez. Lo que vino fue algo distinto: una negrura absoluta y pesada, como caer en un pozo sin fin.

El regreso a la conciencia no fue suave.

Lo primero que me golpeó no fue la luz, sino un dolor punzante, como un clavo ardiente enterrado detrás de mi oreja izquierda.

Al intentar llevarme la mano a la cabeza, mis dedos no rozaron la calidez de la tela de mi sala, sino una superficie fría, inestable y húmeda.

Abrí los ojos de golpe. El techo blanco de mi casa había sido reemplazado por un cielo de un azul tan violento que me lastimó las pupilas.

Escupí instintivamente; mi boca estaba pastosa, saturada de arena blanca y un sabor intensamente salado.

Me incorporé como pude, mareado, con el mundo dándome vueltas.

A mi alrededor, el agua espumosa del mar lamía mis viejos pantalones de estar en casa.

Estaba en una playa de arena blanca y fina, flanqueada por una densa vegetación que reconocía a la perfección, con la misma naturaleza de mi sueño, adornado todo con pinceladas de fantasía: el escenario perfecto donde habitaría un ser de la mitología griega.

El pánico no me había dominado aún porque mi mente se negaba a aceptar la lógica fría de la física.

Aún estaba convencido de que seguía atrapado en el sofá, experimentando un sueño lúcido de una nitidez aterradora, o bien...

que este era el verdadero despertar y el auténtico sueño había sido la vida en la seguridad de un hogar citadino.

Así de impactante era la experiencia que rivalizaba con una ya confusa realidad.

La extraña duda me abrumó y casi me divirtió.

Sin embargo, al tocar la herida en mi cabeza, mis dedos se tiñeron de una sangre roja, real y caliente. Mi leve sonrisa desapareció.

Los sueños no sangran. Los sueños no duelen así.