Sin guantes EPÍLOGO
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EPÍLOGO

TRES MESES DESPUÉS

NICO

Hugo tiene un combate en el Pavelló CEM Mundet, se celebra una velada con combinación de combates profesionales y amateurs. Va a ser su primer combate como profesional y no puedo estar más orgulloso de mi hermano.

Sé que le costó aceptar vernos juntos a Marta y a mí, pero también sé que siempre pensó que soy suficiente para ella.

Cuando nos sentamos en las sillas que están dispuestas alrededor del ring tengo sentimientos encontrados, hubo una época que pensaba que lo mío era el boxeo, pero quizás había puesto los sueños de Hugo en mi cabeza.

El árbitro empieza el combate y Marta me agarra de la mano, la miro y me sonríe, todavía no me puedo creer que esa pedazo de mujer sea mi novia. Joder qué raro suena, novia.

Hugo lo está haciendo bien al principio, pero algo se le rompe a mitad del segundo asalto, no sé si por nervios o porque el otro tío es mejor de lo que parecía en el pesaje.

Empieza a entrar con la guardia un poco más abierta de la cuenta, ese vicio que nunca le terminé de corregir, y el rival se lo cobra con un gancho corto al cuerpo que le dobla un poco.

Marta me clava las uñas en la mano sin darse cuenta, ya no sonríe, tiene la mandíbula apretada igual que yo.

Le grito algo desde la silla, que cierre la guardia, que se mueva, pero entre el ruido de la grada no sé si me oye o si ya está demasiado metido en su propia cabeza para escuchar a nadie.

Tercer asalto y el desgaste empieza a notarse de verdad.

Hugo sigue intentando boxear con cabeza, pero el otro le ha pillado el timing y cada vez que entra a buscar el jab se lleva un contraataque que va sumando.

No es un combate sucio ni dramático, es solo eso, una superioridad técnica que se va imponiendo round a round , y lo peor es que se ve venir desde fuera mucho antes de que él mismo lo acepte ahí dentro.

En un cruce de golpes se lleva un derechazo limpio que le hace perder el equilibrio un segundo, no llega a caer, pero la rodilla le tiembla, y todo el pabellón hace ese silencio raro que se hace cuando todos ven lo mismo a la vez.

El árbitro deja correr hasta el final del asalto, pero está claro que el médico va a mirar esa ceja que se le ha abierto.

Hugo aguanta de pie, terco como siempre, levantando los guantes, aunque ya no le queda mucho detrás de ellos, y cuando se acaba el combate por decisión no hace falta ni que lean los puntos para saber el resultado.

Marta se suelta de mi mano y se queda mirando el ring con los ojos llenos de lágrimas, sin saber si correr hacia su hermano o esperar a que él decida cómo quiere que lo vean. La conozco lo suficiente para saber que se está mordiendo la lengua para no saltar las cuerdas ella misma.

Le pongo la mano en la espalda.

—Espera —le digo en voz baja—. Déjale un momento.

Hugo está de pie en mitad del ring , con la cabeza un poco baja, escuchando lo que le dice el árbitro sin levantar mucho la vista. No mira hacia donde estamos nosotros todavía. Necesita ese segundo a solas con la derrota antes de tener que gestionar también la nuestra.

Yo solo pienso que esto es lo que hace este deporte, que te puede dar la noche más grande de tu vida o quitártela entera delante de la gente que más te quiere, y que ahora me toca a mí encontrar la manera de decirle que perder esta no significa nada, aunque los dos sepamos que esta noche se lo va a creer durante un tiempo.

Veo cómo Manu le agarra por la cabeza y lo acerca a él y oigo cómo le dice:

—Es el primero de muchos, Hugo. Vas a ser un campeón y para eso hay que aprender a perder.

Qué razón tiene el cabrón.

Al salir del Pabellón vamos a tomar algo a un bar que se llama la Jaula, los tres juntos, Manu se negó en rotundo a venir con nosotros. Es un tío de puta madre.

—¿Agobiado por perder ?

Hugo me mira en silencio.

—Eso de que hay que aprender a perder.

—Vete a la mierda, Nico.

Marta entonces se pone super contenta mirando el móvil y suelta:

—¡Me han cogido en la Escuela Infantil donde hice la entrevista el lunes!

Se tira a mis brazos como una loca y yo no puedo hacer otra cosa que besarla, porque no me imagino un lugar mejor en el que estar que entre esos labios, bueno y en otras cosas.

—Venga chavales, iros a un hotel —dice Hugo entre risas—. ¡Enhorabuena, pequeña!

La verdad que parece que las cosas se han ido arreglando en cierta medida. Mi padre sigue exactamente igual. A veces he pensado que quizás podría hacer algo para que fuera a un centro de adicciones o algo similar, pero no es posible si la persona no quiere y me cuesta aceptarlo.

No he vuelto a saber de Davo, bueno lo he visto por ahí alguna vez, pero tampoco he ido al polígono nunca más. Hugo tiene prohibidísimo acercarse ahí, Manu le ha dicho que como lo vuelva a ver no le entrenará más.

Cuando pasó lo del combate de Reid, por lo visto Manu estaba allí y se cogió un cabreo interesante.

Y el taller, con el dinero que me prestó Hugo le voy pagando una parte a Paco y otra voy arreglando partes que quedaron inservibles. Cojo pocas cosas porque todavía no está arreglado por completo, pero algún día lo estará seguro .

También entre Hugo y yo organizamos peleas amateurs, pero esta vez totalmente legales, para que chicos como nosotros no tengan que acabar en manos de tíos como Davo.

Es poco, lo sé. No arregla el barrio ni cambia de golpe nada de lo que nos pasó.

Pero es algo que hacemos con las manos limpias, y eso, después de todo, ya es bastante.

Marta a veces se agobia pensando que Tara o Reid van a aparecer para hacerle daño, pero eso cambió hace un par de semanas cuando estábamos viendo las noticias y la vimos ahí.

Resulta que la muerte de Paul destapó mucho más de lo que nadie se esperaba.

La policía australiana no se conformó con enterrar a un cadáver más y empezó a tirar del hilo, y cuando la policía tira del hilo de gente como esa, el ovillo entero se deshace solo.

Reconstruyeron lo que Marta vio aquella noche —el tío al que Reid dejó tirado en el asfalto, el charco que no paraba de crecer— y esta vez sí que tenía nombre y apellido y una familia esperando respuestas al otro lado del mundo.

Han pedido la extradición de Reid. Que se joda.

Que se pudra en una celda a diez mil kilómetros de aquí, lejos de Marta, lejos de todo lo que un día se creyó con derecho a tocar.

Y luego está lo de Tara.

Joder, Tara.

Resulta que no se limitó a mirar hacia otro lado mientras su padre movía los hilos.

Estaba metida hasta el cuello, ayudando, cubriendo, haciendo el trabajo sucio que hace falta cuando quieres que un imperio como el de su padre siga funcionando sin preguntas incómodas.

La detuvieron a ella también. Y no sé qué me sorprende más, si que lo hiciera, o que durante todos estos años nadie —ni siquiera Marta, que la quería como se quiere a una hermana— se diera cuenta de lo que escondía detrás de esa sonrisa, ni siquiera cuando debería haberlo hecho.

Se acabó. Los dos lejos, los dos donde no pueden hacer más daño. Y por primera vez en mucho tiempo, Marta puede dormir sin mirar antes por la mirilla.

A veces pienso en el Nico de hace unos meses, el que peleaba para pagar un alquiler y se creía que no merecía nada bueno.

Y ahora estoy aquí, en un bar que se llama la Jaula, con mi mejor amigo que perdió esta noche pero que va a seguir peleando, y con una mujer que huele a cerezas dormida casi contra mi hombro porque el día ha sido demasiado largo para los dos.

No sé qué nos espera después de esto. Mi padre seguirá siendo mi padre. El taller seguirá tardando en arreglarse. Habrá más noches como esta, de victorias y de derrotas que duelen igual.

Pero ya no peleo sin guantes. Y eso, para alguien como yo, ya es ganar.