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NICO
Llevo una semana en el hospital y hoy por fin me han dado el alta.
Una semana de techo blanco, de pitidos de máquinas a las tres de la mañana, de enfermeras que entran sin avisar y de una comida tan mala que empiezo a entender por qué la gente se cura más rápido en casa, solo por las ganas de no volver a ver una bandeja de plástico.
De merienda café con galletas. Todos los días.
Café con galletas hasta que se me revuelve solo de pensarlo.
Pero también ha sido una semana rara, de esas que no esperas y que de alguna forma terminan dejándote algo bueno.
Tener a Marta casi todo el día sentada a mi lado, contándome sus movidas en las prácticas, riéndose de las anécdotas de sus niños de tres años, me está gustando más de lo que admitiría en voz alta .
Hugo viniendo cada tarde después de entrenar, todavía sudado, sentándose en la silla mala del rincón sin quejarse.
Mi madre trayéndome túper de comida de casa a escondidas de las enfermeras.
Casi se me había olvidado lo que es esto. Tener gente que te cuide.
Oigo la puerta y veo entrar a Davo.
No voy a tener un día en paz en la puta vida.
—¿Qué quieres, tío? ¿No habíamos saldado la deuda?
—Así es Nico, así es. Vengo solo a avisarte de que tu padre sigue por mi centro de apuestas.
Centro de apuestas. Qué forma más fina de llamar a esa mierda de antro.
—Lo único que te pido es que lo que tengas con él lo soluciones con él. Ni yo ni mi madre estamos en esa ecuación.
Davo asiente suavemente, mirándome con esa expresión que nunca cambia, ni cuando amenaza ni cuando parece amable, como si todo le diera exactamente el mismo nivel de importancia.
Es impresionante cómo ocupa espacio este payaso con el poco cuerpo que tiene, algunos hombres llenan una habitación con los hombros, Davo la llena con el silencio que deja antes de hablar.
Se acerca a la cama, no demasiado, lo justo para que no se me olvide quién manda en su mundo, aunque ya no quiera estar en él.
—Me has hecho ganar pasta. —Hace una pausa, como si estuviera decidiendo cuánto contarme—. Y he pensado que podría comprar el taller y podrías trabajar para mí .
Ni de putísima coña voy a currar para este subnormal. Ya he tenido bastante de su mundo para tres vidas, el taller quemado, las costillas rotas, el accidente, los disparos que todavía oigo algunas noches cuando cierro los ojos.
—No me interesa.
Él se ríe. Una risa corta, sin sorpresa, como si ya supiera la respuesta antes de preguntar y solo quisiera ver cómo la decía.
—Si cambias de opinión sabes dónde encontrarme. Y si quieres volver a pelear, siempre serás bienvenido.
No pienso volver a pegarme por dinero en esa mierda ni de coña. No me importa pelear — nunca me ha importado, es de las pocas cosas que se me dan bien sin tener que fingir nada — pero no así. Nunca más así.
—Nos vemos por las calles, Nico.
Espero verlo lo mínimo posible en mi puta vida, si es posible nunca más.
Davo se va dejando un halo de ese olor a todo lo que quiero eliminar de mi vida. Esta vez me he acojonado de verdad, casi me muero, y te aseguro que cuando la iba a palmar solo veía esos putos rizos morenos.
Cuando Davo está saliendo Hugo entra a la vez, casi se tropiezan en la puerta. Hugo me mira con una cara que no me cuesta descifrar porque piensa que sigo metido en mierdas.
—¿Qué hacía aquí?
—Mierdas de mi padre.
—¿Qué coño no sé, Nico ?
—Nada, tío, le debía pasta por eso lo de las peleas amañadas.
—Nico, deja esa mierda. Vente a entrenar conmigo al No Limits.
—Tranquilo no pienso acercarme a ese sitio nunca más. Por ahora voy a dejar las peleas, por lo menos un tiempo, de todos los tipos.
—Me parece bien, tío.
—Hugo, el taller, lo quemaron.
—Ya me ha contado Marta. —Se sienta en el borde de la cama, justo donde antes solía sentarse para contarme cómo le había ido el día—. Puedo ayudarte a comprarlo.
—Hugo.
—Nico, joder, deja de ser tan orgulloso.
—No quiero que nadie me pague nada.
Saca el móvil del bolsillo y me lo enseña. Es una transferencia, mil quinientos euros, hecha hace dos días.
—No te lo estoy preguntando, ya lo he hecho. Es lo que me han pagado de las dos últimas peleas con Manu. Considéralo el primer plazo.
Me quedo mirando la pantalla sin saber muy bien qué decir.
—Tampoco es que pueda pagarlo todo —sigue—, pero puedo ayudarte, con lo que vaya sacando. En unos años quizás, cuando sea campeón del mundo.
Me entra la risa.
—Baja, modesto.
Hugo también se ríe, pero no aparta el móvil de mi vista, esperando que diga algo.
—Hugo, no puedo aceptar esto .
—Sí puedes. Y vas a aceptarlo, porque si no te lo gastas en el taller te lo voy a meter en la cuenta de todas formas y entonces vas a tener que devolvérmelo en metálico, billete a billete. Tú decides.
Me río más fuerte, aunque me duele el costado al hacerlo.
Echaba tanto de menos estar con él. Solo sentir que sigue ahí, que me apoya en todo, incluso en esto que ni siquiera le he pedido.
—Podemos hablar con Paco si quieres, pero no solo es pagar, hay que arreglar muchas cosas.
—Poco a poco, Nico. Los problemas de uno en uno, que mira las cosas que nos pasan cuando tenemos muchos a la vez.
La puerta se vuelve a abrir y entra Marta.
Se acerca corriendo hacia mí y me besa en los labios. De reojo miro a Hugo, que mira hacia otro lado, sé que no le sigue resultando cómoda la situación.
—Mirad que traigo.
Y saca una libreta con un montón de manos enanas con pintura de diferentes colores.
—Mis niños.
—Marta, coño, ¿para qué quieres eso? —le suelta Hugo.
—Eres imbécil, se van a graduar.
—Claro que sí, princesa, es precioso —le digo mientras Hugo pone cara de vómitos.
Y nos reímos los tres a carcajadas, ahí en esa habitación de hospital que huele a desinfectante y a café malo, con Marta sentada en el borde de mi cama con la libreta de las manitas, y Hugo en la silla incómoda con los brazos cruzados fingiendo que le da asco cuando en realidad está sonriendo.
Hace un mes esto no existía. Hace un mes yo estaba jodido y con un futuro que no llegaba a imaginarme del todo. Y ahora estoy aquí, con costillas rotas y un pulmón que va a tardar en perdonarme, pero con la gente que de verdad me importa riéndose conmigo en lugar de a mi lado en silencio.
No sé qué va a pasar con el taller. No sé si Paco al final me lo va a poder vender o si Hugo conseguirá llegar a ser lo que quiere ser. No sé si mi padre algún día va a parar, aunque ya he aprendido a no esperar eso.
Pero sé que tengo un hermano que ya hizo la transferencia antes de preguntarme. Sé que tengo una madre que me trae túper a escondidas. Y sé que tengo a esta morena de rizos imposibles riéndose a mi lado que me eligió a mí teniendo todo el mundo para elegir.
A veces las cosas se solucionan. Por lo menos en cierta medida.
Y por hoy, con esto, me basta.