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MARTA
Estoy en el taxi, agarrada al colgante de cerezas con tanta fuerza que me está marcando la piel de la mano y del cuello. No se me borran de la cabeza las palabras que me acaba de decir Hugo por teléfono.
Vete hasta el Sant Joan de Déu. Nico no está bien.
Si Hugo dice que no está bien es que está fatal, porque nunca exagera para mal, siempre exagera para bien, siempre dice que todo va a salir bien, aunque no lo sepa, o aunque sepa que va a ir mal.
Que diga eso significa que no ha encontrado ninguna forma de suavizarlo y me da mucho miedo lo que puedo encontrar al llegar.
Las calles de Barcelona de madrugada pasan por la ventanilla, vacías, naranjas por las farolas, y yo no puedo dejar de pensar en lo último que le dije, en si lo de los celos con Lisa fue real o no, en si voy a llegar a tiempo de decirle todo lo que no le he dicho .
Doy golpecitos con los dedos sobre las piernas para intentar tranquilizarme, pero no me funciona. El taxista me mira de vez en cuando por el retrovisor sin decir nada, dejándome llorar sin hacer preguntas, que es lo mejor que puede hacer alguien en este momento.
Necesito estar fuerte cuando llegue.
Me bajo corriendo y voy a la recepción.
—¿Nicolás Tárrega?
—Está en la UCI señorita, planta dos. No se permiten visitas, debe esperar en la sala que está fuera.
UCI. La palabra me llega con un segundo de retraso, como cuando el cerebro decide procesar las cosas malas más despacio para ver si así duelen menos.
No duelen menos. Me quedo un momento quieta delante del mostrador con las manos apoyadas en el plástico frío y la recepcionista me mira con esa cara de quien ha dado esta noticia miles de veces y ha aprendido que no hay forma buena de recibirla.
—Planta dos —repite, más suave esta vez.
Madre mía, Nico, por Dios, no me hagas esto por favor.
Subo las escaleras corriendo, casi de dos en dos.
Antes de entrar en la sala lo veo a él. Hugo.
Está sentado en el banco del pasillo con la cabeza entre las manos, la camiseta medio rota, rasguños por los brazos y el cuello que no se ha limpiado.
Tiene esa postura que solo le he visto una vez, cuando murió el abuelo, esa forma de doblarse hacia dentro que en Hugo, que siempre ocupa el espacio como si fuera suyo, resulta más difícil de mirar que en otra persona.
—Hugo .
Levanta la cabeza y en el segundo que tarda en levantarse veo todo lo que no me va a decir: que tiene miedo, que ha estado aquí solo durante no sé cuántas horas sin nadie a quien contárselo.
Se levanta y me abraza sin decir nada primero. Solo me abraza, con esa fuerza que a veces olvido que tiene, y yo me agarro a él y respiro hondo una vez, dos veces, intentando que el aire llegue hasta abajo.
—Hugo dime que está bien por favor.
—Tenía una costilla fisurada, con los golpes se le ha roto y le ha perforado el pulmón. Lo están operando. Pero va a estar bien, Marta.
Me aprieto más contra él porque las piernas hacen una cosa rara, como si los huesos se hubieran ablandado de golpe.
Mi cabeza repite sus palabras. Pero va a estar bien, Marta. Lo dice despacio, con esa voz que usa cuando quiere que algo sea verdad a base de decirlo con suficiente convicción. Va a estar bien.
No digo nada más. Me empuja hacia sus brazos con más fuerza, como cuando discutía con mis padres de pequeña y él aparecía sin preguntar qué había pasado. Es el lugar más seguro en el que podría estar ahora mismo y odio un poco que tenga que serlo porque ojalá no tuviéramos que estar aquí ahora.
Cuando consigo separarme un poco lo miro a la cara. Tiene el labio partido seco, una ceja hinchada que no le ha mirado nadie, los ojos más pequeños de lo normal.
—Hugo, voy a estar con él te guste o no. Le quiero .
No lo digo como una pregunta ni como una disculpa. Lo digo como lo que es, un hecho, algo que lleva meses siendo verdad, aunque ninguno de los dos lo hayamos dicho en voz alta hasta ahora o espero que él no haya cambiado de opinión.
Hugo me mira. Tarda un momento, el suficiente para que yo aguante la respiración sin darme cuenta.
—Me parece bien, enana. —Pausa—. Nico es el mejor tío con el que podrías estar.
Lo miro sorprendida de verdad, no me lo esperaba así, tan directo, sin condiciones.
—¿Te parece bien?
—Sí, pero no me vuelvas a mentir.
Me quedo callada un segundo.
— Bueno si él todavía quiere estar conmigo— murmuro casi para mí.
—¿Por qué dices eso? Sabes que Nico no es de esos.
—Le vi con Lisa y me dijo…
—Eso es una gilipollez, Marta. Nico te quiere.
—¿Tú lo crees? — le pregunto mientras le agarro la mano.
—No lo creo. Lo sé.
Oír sus palabras me reconforta mucho más de lo que me esperaba, solo quiero hablar con Nico y solucionar las cosas. Luego me acuerdo de todo lo de Reid.
—¿Y Reid? ¿Y Tara? ¿Qué cojones vamos a hacer con eso?
—Ya está solucionado, es mejor que no lo sepas todo, pero el padre de Tara está muerto y Reid va a trabajar para Davo .
—¿Y Tara?
—Ni idea, pero si se acerca a ti, aléjate.
Asiento. Hay cosas que no necesito entender del todo para aceptarlas, y esta es una de ellas. Miro hacia la puerta cerrada de la UCI y luego otra vez a Hugo.
—Hay que llamar a la madre de Nico.
—Ya lo he hecho, viene para aquí.
Entonces veo aparecer por el pasillo a una mujer con los mismos ojos de su hijo, esos ojos que me destrozan cada vez que los miro porque ahora mismo están llenos de lo mismo que los míos.
Viene andando rápido, con el abrigo mal puesto como quien ha salido de casa sin terminar de vestirse, y cuando llega a donde estamos nos mira a los dos y no dice nada, no pregunta nada, solo abre los brazos.
Me acerco a ella y nos fundimos en un abrazo que no necesita presentación.
Entonces entra un médico en la sala.
—¿Familiares de Nicolás Tárrega?
Los tres nos levantamos al unísono.
—La operación ya ha terminado, está estable.
Su madre suelta el aire de una forma que parece que llevara horas sin hacerlo del todo. Hugo cierra los ojos un segundo. Yo me quedo mirando al médico con una gratitud tan grande que no sé dónde meterla.
—¿Cuándo podemos verle? —pregunta la madre de Nico.
—Necesita descansar. Esta noche no. Mañana por la mañana, si sigue evolucionando bien, de uno en uno .
Y se va por donde ha venido, con esa eficiencia de quien tiene veinte familias más esperando en otros pasillos.
**********
Nos quedamos los tres sentados en esta sala.
La madre de Nico se sienta entre Hugo y yo, y durante un rato nadie dice nada.
Las sillas de plástico azul son incómodas de una forma que parece intencionada, como si el hospital hubiera decidido que dormir aquí no entra dentro de lo permitido.
La máquina de café del fondo hace un ruido raro cada vez que alguien pide algo.
Hay otra familia al otro lado de la sala, una madre mayor con dos hijos que no hablan, y de vez en cuando nuestras miradas se cruzan con esa solidaridad silenciosa de gente que está pasando por lo mismo sin conocerse.
—¿Habéis comido algo? —pregunta la madre de Nico en un momento.
Los dos decimos que sí, aunque es mentira y los tres lo sabemos.
Se levanta a por cafés de la máquina sin preguntar si los queremos. Vuelve con tres vasos de plástico que huelen a quemado desde que los trae. Los cogemos de todas formas porque las manos necesitan tener algo.
Hugo tiene los codos en las rodillas y la cabeza un poco baja.
No habla, pero tampoco se va, que en Hugo es una forma de decir muchas cosas.
Le miro los arañazos del brazo izquierdo, la ceja que sigue sin mirarle nadie, y me dan ganas de decirle que vaya a urgencias, pero sé que no va a moverse de aquí, aunque se lo pida.
—¿Qué pasó? —le pregunto en voz baja.
Tarda en contestar.
—Nos siguieron cuando salíamos. —No me mira—. Yo iba conduciendo. El coche volcó.
—Hugo. No fue tu culpa.
—No fue mi culpa, Marta, pero tenía que haberme comportado de otra forma y no habría llegado a pedir nada a Davo y las cosas quizás serían diferentes.
—No lo sabías.
—No quise escucharlo.
—¿Entonces fue Davo?
—No, fue Paul, el padre de Tara, creo que te estaba buscando.
—Entonces fue culpa mía.
—No, Marta.
—Me alegro de que se haya solucionado. Yo debí contar todo antes. A ti, a nuestros padres…
—Ya está, pequeña.
Lo dice mientras pone su mano sobre mi rodilla y la aprieta ligeramente.
—Tienes que mirarte la ceja.
—Estoy bien.
—No estás bien, tienes la ceja abierta.
—Marta, estoy bien.
No insisto. Conozco esa cara, ahora no quiere hablar.
En algún momento que no sé determinar exactamente la madre de Nico se queda dormida con la cabeza ladeada y el café frío todavía en la mano, y Hugo y yo nos quedamos solos en el silencio del pasillo.
Las luces de los hospitales de noche tienen ese blanco frío que no parpadea y que hace que todo parezca más serio de lo que ya es.
—Oye —digo.
—¿Qué?
—¿Qué tal te va con lo de Manu?
Me mira de reojo.
—Bien.
—Hugo.
—Está siendo una pasada. Pronto vamos a empezar a competir.
—Es lo que llevas esperando mucho tiempo.
Hace ese gesto suyo de encoger un poco los hombros, quitándole importancia a algo que le importa mucho.
—Me alegro mucho. De verdad.
—Ya —dice, mirando la puerta.
Silencio.
No digo nada más. Apoyo la cabeza en su hombro, que está tenso y huele a sudor y a noche larga, y él no me aparta.
Nos quedamos así, los dos mirando la puerta cerrada, los dos esperando, mientras su madre duerme al otro lado y el pasillo va cambiando de turno de enfermeras sin que ninguno de los dos lo note del todo.
En algún momento de la madrugada Hugo se queda dormido también, la cabeza apoyada en la pared, la boca entreabierta. Parece mucho más joven así, sin esa cara de estar gestionando algo todo el tiempo. Le pongo mi chaqueta por encima y él se mueve un poco pero no se despierta .
Me quedo mirándolo. Pienso en que llevo toda la vida dándole por hecho y en que no debería, en que a veces las personas que más nos quieren son las que menos les decimos que lo sabemos.
—Gracias por estar aquí y cuidar de mí siempre—le susurro, aunque está dormido y no me oye.
No duermo. Lo intento, pero no puedo, cada vez que cierro los ojos el cerebro reproduce el trayecto en taxi, la palabra UCI, la cara de Hugo cuando llegué.
Así que me quedo despierta mirando la puerta y escuchando el hospital respirar a mi alrededor, los pitidos lejanos de las máquinas, los pasos de los turnos de noche, una conversación en voz baja en algún pasillo lateral que no llego a entender.
Pienso en la última vez que hablé con Nico.
En lo que le dije y lo que no le dije. En si alguna vez le he dicho en voz alta que me hace sentir segura de una forma que no tiene que ver con que sea grande o que sepa pelear, sino con algo más difícil de explicar, algo que tiene que ver con cómo me mira cuando cree que no estoy mirando.
No se lo he dicho.
Se lo voy a decir en cuanto pueda.
Cuando Hugo se despierta de madrugada lo primero que hace es mirar hacia la puerta de la UCI, con los ojos todavía medio cerrados, como si incluso dormido llevara la cuenta.
—¿Alguna noticia?
—Por ahora nada.
Asiente. Se frota la cara con las manos, mira el reloj y vuelve a mirar la puerta. No hace falta decir nada más. Los dos estamos pensando lo mismo y ninguno de los dos necesita confirmarlo.
Son las nueve de la mañana cuando la puerta se abre y sale una enfermera.
—Está despertando.
Los tres nos levantamos al mismo tiempo.
—¿Quién entra? —pregunta Hugo.
Su madre nos mira a los dos.
—Id vosotros.
Hugo me pone la mano en la espalda y me empuja suavemente hacia delante.
—Entra tú.
No le digo que no.
Empujo la puerta despacio.
La habitación es pequeña y huele a hospital y a algo más limpio que el pasillo.
Hay máquinas a los dos lados de la cama con números que no sé leer, tubos que no quiero mirar demasiado, una luz más suave que la del pasillo.
Y en medio de todo eso está Nico, con la cara llena de cortes y arañazos, los ojos entreabiertos, intentando enfocar.
Me quedo parada un momento en la puerta.
—Nico.
—Ey, enana.
Tiene la voz ronca y baja y es la mejor voz que he escuchado en mi vida.
Me acerco despacio, como si de repente el suelo fuera inestable, y me siento en el borde de la cama con cuidado de no moverle nada. Le miro la cara, los cortes, el tubo en el brazo, y tengo que respirar hondo dos veces para que la voz me salga como tiene que salir.
—Joder, menudo susto me has dado, pedazo de gilipollas.
—Lo siento. Tenía pensado morirme sin avisar, pero apareció Hugo.
Dios mío. Estando así y sigue con ganas de bromas.
—Sé que igual no debería preguntarte esto ahora.
—Tú siempre puedes preguntarme lo que quieras.
No me lo pongas más difícil.
—¿Estás con Lisa? No quiero echártelo en cara, sé que me dijiste que no estábamos juntos.
—¿Qué? ¿Flipas?
—Os vi besándoos en la nave.
—Joder, no, Marta. Te vi con Reid. Ella me besó y yo… la seguí, la cagué, lo siento.
—¿Entonces no significó nada para ti?
—Ningún beso puede significar nada para mí si no es tuyo.
—Pero tú me dijiste que no querías estar conmigo y me bloqueaste.
—Lo sé. Lo siento. —Cierra los ojos un momento y los vuelve a abrir—. Fui un gilipollas. Solo pensaba que no era suficiente para ti.
—Nico, joder, cómo dices semejante gilipollez.
—Porque no se puede ser más perfecta que tú y a mí mírame.
Y qué coño voy a mirar, al tío más guapo, más terco y más tremendamente buena persona que conozco, tumbado en una cama de hospital con tubos y todo y diciéndome que no es suficiente.
Le cojo la mano con cuidado, despacio, por el lado que no tiene el tubo.
—Tú eres perfecto.
Me mira. Y en esa mirada está todo lo que llevamos meses sin decirnos.
—Te quiero, enana.
Y las mariposas de mi estómago no revolotean, dan putas volteretas, porque nadie me había dicho un te quiero con tanto detrás.