48
NICO
Cuando veo a Hugo subir al ring me da un puto vuelco el corazón.
No consigo respirar bien, el aire se me queda a medias en algún punto del pecho.
La pelea contra Reid ha terminado hace diez minutos y todavía noto los nudillos latiendo, la mandíbula caliente, ese zumbido de fondo que dejan los golpes cuando has recibido demasiados en poco tiempo.
Me miro el costado sin querer mirármelo porque sé lo que voy a ver.
Hugo me mira el costado.
—Esto tiene muy mala pinta, hay que ir al hospital.
Antes de que me dé tiempo a decir nada más, veo cómo la vena que tiene Hugo en la mandíbula se tensa.
Miro hacia donde lo está haciendo él y veo a unos tíos trajeados viniendo hacia nosotros.
No son de los habituales del polígono. Demasiado limpios, demasiado ordenados para este sitio a esta hora. Busco a Davo, pero no lo veo .
—Vámonos, Nico. Intenta correr, tengo el coche en la entrada principal a la derecha— susurra Hugo entre dientes.
Me levanto buenamente como puedo. El costado me manda una señal que no es de las que se ignoran fácil, pero la ignoro igual porque Hugo me lleva medio agarrado por la cintura y los tíos cada vez están más cerca.
—Déjame Hugo, lárgate tú, esto es problema mío.
—¿Me puteas? Ya sabes que tus problemas son los míos, aunque seas un gilipollas y yo me haya portado como un subnormal estos días.
A duras penas logramos llegar al coche. Hugo mete la llave sin mirar, arranca antes de que yo haya cerrado la puerta del todo, y salimos del aparcamiento con ese ruido de neumáticos que en otro contexto sonaría a película de acción y aquí suena exactamente a lo que es.
Se escucha otro coche.
Los faros aparecen en el retrovisor antes de que Hugo diga nada.
Aprieta la mandíbula y baja un cambio, y ese gesto me dice todo lo que necesito saber.
No pregunto si son ellos. No hace falta.
En este mundo solo hay una clase de coche que te sigue a las tres de la mañana sin luces de cruce, y normalmente no viene a felicitarte por la última pelea.
—Agárrate —dice, como si yo fuera a hacer otra cosa que clavar los dedos en la puerta y rezarle a un dios en el que ni él ni yo creemos.
El motor ruge. Las calles se vuelven un borrón de persianas bajadas y contenedores de basura, los semáforos en rojo que Hugo se salta sin dudar, el ruido del coche de atrás ganando terreno cada vez que tenemos que frenar y perdiéndolo cada vez que la calle se abre.
Pienso por un segundo absurdo en lo ridículo que sería morir así, no en un cuadrilátero improvisado con sangre en los nudillos, sino aplastado contra una farola por culpa de un coche que ni siquiera nos había dejado ver la cara del conductor.
Morir sin volver a ver a Marta me hace doler el corazón.
Hugo gira en un callejón que yo ni sabía que existía, las ruedas chirrían contra el asfalto mojado, y durante un instante el otro coche desaparece de nuestra vista.
Apaga los faros. Silencio. Solo nuestra respiración y el motor jadeando como nosotros después de un combate, el tic-tac del metal caliente enfriándose, el goteo de algo en algún punto del coche que no quiero identificar.
—¿Sabes quiénes son? —pregunto en voz baja, aunque bajar el volumen no vaya a servir de nada.
—Tengo una idea.
—Hugo, siento lo de Marta.
Ni me mira. Tenía los ojos clavados en la boca del callejón, esperando los faros.
—No lo sientes.
—No. Pero siento no habértelo contado, joder.
—Vale, Nico, pero deja de hacer el gilipollas. Yo también siento cosas que dije estos días.
Lo dice sin rabia, que es peor. La rabia se grita. Eso otro se queda dentro y se pudre despacio. Voy a contestar algo, lo que sea, cuando veo su mandíbula tensarse de otra manera, una que no tiene nada que ver conmigo.
Se oyen unas ruedas chirriar sobre el asfalto .
—No sé por qué nos persigue el puto Davo —digo, agarrándome al asiento—. He hecho lo que me mandó, te lo juro.
Hugo no aparta la vista de la calle. Mete primera otra vez, despacio, como quien no quiere hacer ruido.
—Me parece que no es Davo.
—¿Cómo no va a ser él? ¿Entonces quién cojones va a ser?
—El jefe de Reid. El padre de Tara.
Lo miro sorprendido.
—¿Pero qué coño me estás contando?
—Marta vio algo que no debía. Deben querer buscarla a ella. Y eso no va a pasar.
—Claro que no va a pasar.
Nos miramos. Y los dos sonreímos al mismo tiempo, esa sonrisa de cuando las cosas están muy jodidas, pero estás con la persona correcta para que estén jodidas. Joder qué falta me hacía esa cara.
—Te echaba mucho de menos, Hugo.
—Eres imbécil.
Las luces vuelven a aparecer al fondo del callejón.
Esta vez más rápido. Ganando terreno como si el otro conductor conociera Barcelona mejor que nosotros, mejor que la propia ciudad, no siguiéndonos, adelantándonos, calculando hacia dónde vamos antes de que nosotros lo sepamos.
Hugo acelera sin decir nada, gira a la derecha, a la izquierda, buscando una salida que yo no veo desde el asiento del copiloto pero que él busca con esa concentración suya de cuando está en el ring y el contrario le lleva ventaja y se niega a dársela .
Por un momento pienso que lo va a conseguir. Que vamos a salir de esta como de todo lo demás, a base de pura cabezonería y de conocer el barrio mejor que nadie.
Entonces siento el golpe.
Viene por el lateral, seco y brutal, sin aviso.
Un crujido de metal que me sacude todo el cuerpo contra la puerta y me rebota de vuelta hacia el centro.
El coche derrapa, las ruedas pierden el agarre del asfalto mojado, y Hugo gira el volante intentando corregir algo que ya no tiene corrección posible.
Escucho cómo maldice entre dientes, esa forma suya de hacerlo en voz muy baja cuando las cosas se van de las manos, y pienso que si en este momento todavía escucho su voz es que los dos seguimos enteros.
Otro golpe. Más fuerte. Justo detrás de mi asiento.
Y el mundo deja de tener un eje fijo.
Veo el cielo donde debería haber estado la calle.
Veo los faros del otro coche alejándose, indiferentes, mientras nosotros giramos sobre nosotros mismos como una moneda lanzada al aire que tarda demasiado en decidir de qué lado va a caer.
Una, dos, tres vueltas, pierdo la cuenta en algún punto entre el cristal que estalla y el grito de Hugo que no distingo si es suyo o mío.
El cinturón me corta el pecho con cada vuelta, un dolor sordo que no llego a registrar del todo porque el cerebro está demasiado ocupado intentando entender hacia dónde es arriba.
Y entonces, de golpe, todo se detiene.
El coche queda del lado del copiloto. Mi lado.
Con la cara a centímetros del asfalto agrietado a través de un cristal que ya no está.
El motor sigue encendido haciendo un ruido que no debería hacer, algo líquido gotea en algún punto del techo, que ahora es la pared, y el olor a quemado empieza a mezclarse con el aire frío de la madrugada.
Silencio.
Pero distinto al del callejón. Ese tenía algo de espera. Este no tiene nada de calma.
Me pongo a toser y la respiración no me acompaña. Intento moverme y el costado me manda una señal tan clara que me quedo quieto.
—¿Estás bien, Nico? —dice Hugo
—Regular.
—¿Puedes moverte?
—Dame un segundo.
El segundo lo uso en intentar entender qué partes de mí siguen funcionando y cuáles han decidido tomarse el día libre. Las manos responden. Las piernas también, aunque con quejas. El costado es otro tema.
—Hugo, ¿tú estás bien?
—Estoy bien. Tengo que sacarte de ahí.
El primer sonido llega seco, partido en dos, como si alguien hubiera dado una palmada enorme justo al lado de mi oreja.
No lo identifico como nada en particular.
El cerebro, ocupado todavía en descifrar por qué el asfalto está donde debería estar el techo, lo archiva sin etiqueta, un ruido más entre el siseo del motor recalentado y el goteo de algo líquido cayendo cerca de mi cabeza.
El segundo me hace dudar.
¿Eso ha sido… ?
No termino la pregunta ni para mí mismo. Suena mal, suena a algo que no tiene cabida en mi cabeza en ese momento, así que mi mente, con la generosidad estúpida del shock, me ofrece alternativas más cómodas. Un tubo de escape petardeando. Un contenedor cayendo. Cualquier cosa menos lo obvio.
El tercero no me deja margen para mentirme.
Demasiado cercano. Demasiado nítido. Y esta vez es mi cuerpo el que responde antes que mi razonamiento, encogiéndome contra el asiento como si eso fuera a servir de algo, como si el metal retorcido del coche fuera suficiente pared entre lo de fuera y lo de dentro.
Y solo entonces, tarde, estúpidamente tarde, la pregunta se forma entera.
¿Eso son disparos?
Como si necesitara confirmación de algo que ya sé. Como si nombrarlo en mi cabeza pudiera hacerlo menos real, o al menos darme un segundo más antes de que lo fuera del todo.
—Hugo.
—Tranquilo, Nico.
Su voz. Cerca. Eso era lo único que importa.
—¿Han sido disparos?
—Sí, así que necesito que te estés quieto.
Me quedo quieto. Escucho. Pasos afuera, voces en voz baja, el sonido de un coche arrancando a lo lejos.
Pierdo la noción de cuánto tiempo pasa. El tiempo en el shock funciona distinto, a veces un minuto parece diez y a veces diez minutos pasan en un segundo y no hay forma de saber cuál es cuál hasta que ya ha pasado .
El costado late de una manera que empieza a tener su propio pulso, independiente del mío, más rápido e insistente con cada respiración.
Intento respirar más corto para no provocarlo, pero llega un punto en que el aire que entra no alcanza y tengo que hacer una respiración larga y la señal que me manda el costado es suficientemente clara para que pare de intentar ignorarla.
—Hugo... si me muero...
—Nico, coño, deja de decir gilipolleces.
—Dile que la quiero, ¿vale?
Silencio un segundo.
—Ya se lo dirás tú.
—Hugo.
—Ya. Se. Lo. Dirás. Tú.
Lo dijo con esa voz de cuando no admite discusión. La voz que usaba cuando éramos críos y yo me metía en algún lío y él venía a sacarme y de camino a casa me decía que no lo volviera a hacer con esa forma de hablar que no dejaba espacio para nada más.
Intento decir algo más pero las palabras ya no llegan con la misma facilidad que antes.
Una voz conocida llega desde fuera.
¿El puto Davo? ¿Ahora?
—¿Estáis bien?
—Nico necesita un médico —dice Hugo mientras alguien le ayuda a salir por su lado.
—Viene ahora la poli. Es importante que no digáis nada de lo que acabáis de ver.
—¿De qué coño va esto, Davo? ¿Era Paul?
Quién cojones es Paul. El padre de Tara tiene que ser .
—El que viste y calza. Me debía dinero Le gané al estúpido de su lameculos y era la única posibilidad que tenía de que le perdonara la deuda. Perdió, así que el problema está finalizado.
Uno de los matones de Davo mete el brazo por el hueco donde antes había un cristal e intenta ayudarme a salir. Me muevo lo que puedo que no es mucho. El costado dice lo que tenía que decir.
—¿Y la deuda de Nico?
—Vamos a dejarla saldada. Me voy a quedar a Reid para ayudarme con mis cosas.
Proceso eso desde algún punto entre el suelo y la consciencia completa.
Una parte de mi cabeza intenta atar todos esos cabos y la otra parte estaba demasiado ocupada en no perder el hilo de lo que era real y lo que no.
—Dile a tu padre que no coja dinero que no puede devolver porque es la última vez que te perdono algo.
Asiento. O creo que asiento. No estoy seguro de que mi cabeza haga lo que yo le pido que haga.
Todo empieza a dar vueltas. Las luces de los coches de Davo se desdoblan, una encima de la otra, y la cara de Hugo flota hacia mí desde algún punto que no sé determinar bien. Dice mi nombre. Lo escucho perfectamente y no puedo contestar.
—Nico.
—Me mareo.
Y todo se vuelve negro.