EPÍLOGO EXTRA
Para los lectores de Puños Arriba
NICO
Estamos en el pabellón para ver a Mía, la novia de Hugo, combatir contra Giulia Pretel, es la semifinal del campeonato.
Tengo a Hugo sentado a un lado y al otro a Marta.
Me resulta gracioso ver a Hugo así, tan nervioso por una tía.
Nunca le había visto enamorado hasta que la conoció y todo cambió.
Veo como mueve el pie de forma rítmica y acompasada, está histérico.
—Relaja, Hugo.
La gente nos mira, Hugo es el puto campeón del mundo de su peso. Muchas personas se acercan a felicitarle a pedirle autógrafos, pero él solo tiene ojos para esa chica morena que está subiendo al ring y que mira fijamente para nosotros .
—Tiene que ganar—me dice en voz baja.
—Va a ganar —le digo, aunque no tengo ni idea de si es verdad, porque para eso están los amigos, para mentir con seguridad cuando hace falta.
Mía se sube al cuadrilátero con esa cara de concentración que ya le conozco de las pocas veces que la he visto entrenar con Hugo, esa mezcla de calma y de estar en otro sitio que solo tienen los que de verdad saben pelear.
Se ata bien los guantes, salta un par de veces sobre los pies, y cuando el árbitro la llama al centro nos busca con los ojos antes de nada.
Encuentra a Hugo. Le sostiene la mirada un segundo, solo un segundo, y algo le cambia en la cara, algo se le suelta.
Hugo levanta el puño hacia ella. No dice nada. No hace falta.
Giulia Pretel es más alta, con más envergadura, del tipo de boxeadora que gana antes de empezar a pegar, solo con hacerte creer que va a doler más de lo que en realidad duele.
La he visto pelear antes en algún vídeo que Hugo me enseñó como quien enseña los deberes, todo nervios, todo orgullo de novio pesado.
Es buena. Pero Mía también lo es, y esa es la parte que a Hugo se le olvida cuando la mira, que no está ahí para que la protejan, está ahí para ganar.
Suena la campana.
Marta me agarra del brazo sin darse cuenta, la miro de reojo y tiene los ojos como platos, absorta del todo. A mi otro lado Hugo ya no mueve el pie. Se ha quedado completamente quieto, con las manos apretadas sobre las rodillas, como si moverse ahora fuera a distraer a Mía de alguna forma mágica.
Giulia sale fuerte, buscando el centro del ring desde el primer segundo, y Mía se mueve, no se queda a esperar nada, gira, tantea, deja que el primer minuto sea solo para medirse.
Cuando Giulia lanza el primer directo ya no está ahí, se ha corrido medio paso y responde con un jab rápido que no busca hacer daño, busca decir aquí estoy, sé lo que haces.
—Así, joder, así —susurra Hugo entre dientes, sin darse cuenta de que habla en voz alta.
El primer asalto es de tanteo, de esos que a la gente que no entiende de esto le aburren y a los que sabemos nos dicen todo lo que hace falta saber. Mía está leyendo a Giulia igual que yo aprendí a leer a mis rivales en el polígono, buscando el hueco antes de decidir por dónde va a entrar.
Segundo asalto y empieza a hacerlo.
Cierra la distancia justo cuando Giulia adelanta el hombro para el gancho, y en vez de esperar el golpe se mete dentro, donde el brazo largo de Giulia no sirve de nada, y le coloca dos rectos cortos al cuerpo antes de salir otra vez.
Giulia responde tarde, con el aire un poco cortado, y la gente empieza a levantar la voz.
—Eso, Mía, eso es, joder —Hugo ya no susurra.
Se pone de pie sin darse cuenta y yo le agarro de la camiseta y tiro de él hacia abajo, no porque me importe una mierda que se levante, sino porque va a acabar en el ring él si no lo freno .
Tercer asalto, Giulia cambia de plan. Empieza a ir a la cabeza, más rápido, más desesperada, ese tipo de cambio que solo se hace cuando ya sabes que el plan A no funciona.
Mía lo ve venir a un kilómetro. Se agacha, entra por dentro, y cuando Giulia falla por encima le mete un gancho al hígado que la dobla entera.
El pabellón entero se pone de pie.
Giulia aguanta el conteo, pero se nota en las piernas, en cómo busca las cuerdas para apoyarse un segundo de más de lo necesario.
Mía no se apresura. Espera su momento, controla el espacio como quien ya sabe cómo va a terminar esto, y cuando vuelve a entrar coloca un derechazo limpio en la mandíbula que hace que Giulia se vaya al suelo sin que nadie tenga que discutir la cuenta.
Diez.
El árbitro levanta el brazo de Mía y el ruido del pabellón se me mete en el pecho, ese ruido que conozco de otra vida, de otras noches, aunque nunca con tanta gente.
Hugo se levanta de golpe, esta vez no lo freno. Salta hacia el ring gritando su nombre como un loco, como si fuera él el que acabara de ganar, y Marta se ríe a mi lado con la mano todavía en mi brazo.
—Nunca lo había visto así —me dice.
—Yo tampoco —le digo, y es verdad.
Mía baja del ring y Hugo la levanta del suelo como si pesara nada, dando vueltas con ella entre la gente que grita y los flases de los móviles, y por un segundo pienso en que hace unos años ninguno de los dos hubiéramos podido imaginar esto: Hugo enamorado hasta las trancas de una campeona, yo aquí sentado con Marta agarrada de mi brazo, los dos con vidas que por fin se parecen a algo que merece la pena vivir.
Menuda parejita de campeones nos ha tocado, joder.
Cuando por fin bajan a saludar a la familia, Mía se acerca a Marta y la abraza fuerte, riéndose, con esa euforia que solo da ver ganar a alguien que quieres.
—Oye —le dice, todavía con los ojos brillantes—. ¿Te acuerdas del día que te dejé el teléfono en aquel baño?
Marta asiente, un poco sorprendida de que lo mencione ahora, en medio de todo este caos.
—Ya sabía que eras buena tía, Marta. Se nota enseguida quién lo es y quién no, incluso en una noche de mierda como esa.
Marta se ríe y la abraza otra vez, y yo me quedo mirando a las dos pensando en lo pequeño que es este mundo, en cómo las cosas que parecen casualidad muchas veces no lo son del todo.
Un rato después, cuando el caos del pabellón empieza a calmarse un poco y la gente se dispersa hacia los vestuarios y las salidas, Hugo se acerca hacia mí.
—Ven —me dice, agarrándome del hombro—. Tengo que hablar contigo un momento. A solas.
Nos apartamos hacia un rincón del pasillo, lejos del ruido.
—Tengo que decirte algo y si no lo digo ya no lo digo nunca.
Me quedo mirándolo. Tiene esa cara de cuando algo le importa de verdad y no sabe muy bien cómo decirlo sin ponerse cursi .
—Le he terminado de pagar el taller a Paco.
Me quedo parado.
—Hugo...
—Nico, escúchame. He pagado una reforma completa, vas a tener máquinas nuevas, vas a tener el espacio que necesitas, todo. Y va a llevar un cartel nuevo en la puerta.
—No tienes que hacer esto y no voy a aceptarlo.
—¿No te acuerdas de que soy el puto campeón del mundo?
—Creído…
Hugo se ríe mientras me pasa el brazo por el hombro.
—Eso es demasiado, tío.
—Nico, ya lo sé que no tengo que hacerlo. Por eso lo hago.
Saca el teléfono y me enseña una foto. Es un boceto, algo rápido, hecho a mano, de un cartel para la fachada. Letras grandes, sobrias, sin nada de florituras.
Taller Tárrega.
Se me cierra la garganta de una forma que no me esperaba.
—Hugo, joder.
—Te lo curraste tú solo, Nico. Desde cero, con todo lo que pasó. Yo solo pongo el dinero. El resto es todo tuyo, y va a llevar tu nombre, porque te lo has ganado de sobra.
No sé qué decir. Me limito a abrazarlo, fuerte, ahí en mitad del pasillo, y pienso que hace unos meses estaba dispuesto a desaparecer de la vida de todos los que quería pensando que no merecía nada de esto.
Qué equivocado estaba .
Cuando Mía sale, nos vamos todos a celebrarlo a un bar que hay a dos calles del Pabelló, uno de esos sitios pequeños con las paredes llenas de fotos de boxeadores que nadie sabe ya quiénes son, y Mía entra todavía con la bolsa de deporte al hombro y el labio un poco hinchado, sonriendo como si le hubiera tocado la lotería en vez de haberse llevado un derechazo en la cara.
—Cerveza para la campeona —dice el camarero, que la reconoce enseguida.
—Que sean dos —dice Hugo, sin soltarle la cintura ni un segundo, como si en cuanto la dejara ir fuera a desaparecer.
Me hace gracia verlo así. El mismo tío que hace unos años me decía que las relaciones eran una pérdida de tiempo, que él solo tenía ojos para el ring , ahora no puede estar a menos de medio metro de esta chica sin que se le note en la cara que está pensando en ella.
Supongo que a todos nos llega el golpe que no vemos venir.
Mía se sienta a mi lado un momento mientras Hugo va a por las bebidas, y me mira con esa media sonrisa, un poco cansada, un poco satisfecha.
—¿Qué tal la nariz? —le pregunto, señalando el corte que le ha dejado Giulia en el pómulo.
—Ha estado peor.
—Me lo creo. —Le doy un golpecito en el hombro—. Enhorabuena, en serio.
—Gracias, Nico.
Marta se acerca a abrazarla con esa efusividad suya que no ha perdido con los años, felicitándola casi con lágrimas, y las oigo hablar de la pelea con ese nivel de detalle técnico que solo entienden entre ellas después de tantos meses viéndose entrenar juntas.
Marta ha aprendido más de boxeo de lo que jamás pensó que aprendería, todo por rodearse de nosotros.
Hugo vuelve con las cervezas y se sienta, esta vez sí, tranquilo del todo, con esa paz que solo tiene cuando Mía está sana y a salvo a su lado.
—¿Sabéis qué es lo más gracioso de todo esto? —dice de repente.
—¿El qué? —pregunto.
—Que hace unos años yo pensaba que la única pelea que me iba a quitar el sueño en la vida iba a ser la mía. —Mira a Mía—. Y resulta que las suyas me dan mucho más miedo.
Ella se ríe y le da un beso corto.
—Pues acostúmbrate, campeón. Voy para rato.
Levanto mi cerveza sin pensarlo mucho.
—Por las peleas que se ganan —digo—, y por las que ya no tenemos que dar solos.
Hugo choca su botella contra la mía, y luego Marta, y luego Mía, los cuatro ahí sentados en un bar que huele a fritanga y a cerveza barata, muy lejos ya de naves industriales y de apuestas ilegales y de tíos como Davo.
Menuda vida de mierda tan bonita, pienso, y no puedo evitar sonreír al acordarme de dónde salió esa frase por primera vez.
Ya no peleamos sin guantes. Ninguno de nosotros.
Y esta vez, ganamos todos .
FIN