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NICO
Sé que tengo que hablar con Marta y dejarme de gilipolleces, también debería hablar con Hugo. Quizás debería ir hasta el gimnasio en el que entrena y hablar con él de una santa vez, dejar que el tiempo pase no va a solucionar el problema.
También me duele muchísimo el costado, debería acercarme al centro de salud a que me echaran un ojo, pero me da miedo la respuesta. Tengo que pelear el sábado sí o sí. Necesito que la deuda de mi padre desaparezca, no me fío de ese cabrón de Davo en absoluto.
Mi madre llama a la puerta.
—Nico cariño, ¿no vas al taller?
Abre la puerta y me ve sin camiseta, su cara es un poema.
—Dios mío cielo, ¿qué te ha pasado?
—Tranquila no es nada .
—¿Cómo que no es nada? Tienes que ir al médico a que te vean eso —lo dice mientras me toca suavemente el costado.
—Es solo un golpe.
—Nico por favor, ¿en qué estás metido? ¿Y el taller?
—Mamá, el taller, lo han quemado. Paco lo va a vender.
—Madre mía —lo dice mientras se sienta en el borde de la cama y mira hacia el frente.
—Me ha dicho que me lo vendería, pero no tengo cómo conseguir el dinero así que tendré que buscar otra cosa.
—Lo siento mucho, sé todo lo que te gustaba ese sitio.
—Todo está bien, mamá.
—No está nada bien, cariño.
Se queda callada un momento, mirándome con esa expresión suya que siempre consigue que me sienta como si tuviera ocho años otra vez, como si todavía pudiera arreglarme las cosas con un beso en la frente.
—¿Y Marta? —pregunta de repente—. ¿Has hablado con ella?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque es lo mejor para ella, mamá.
Niega con la cabeza, despacio, como si no estuviera de acuerdo, pero supiera que no vale la pena discutir ahora mismo.
—Nico, llevas toda la vida decidiendo lo que es mejor para los demás y nunca te paras a pensar en lo que es mejor para ti. Eso también cansa, ¿sabes? Cuidar tanto de todo el mundo .
No contesto durante un rato. No tengo nada que contestar a eso porque tiene razón y prefiero no pensarlo ahora mismo.
—Mamá.
—Nico, que te lo comas todo solo no está bien.
—Pero lo estará —susurro, mientras le agarro el mentón con una mano y la abrazo.
Me quedo en ese abrazo más de lo normal, porque ahora mismo necesito sentirme en casa por un rato, necesito sentir que estoy seguro en algún puto sitio.
**********
El dolor cada vez es peor, es punzante y localizado, la respiración cada vez es más superficial, cuando tengo tos el dolor es mucho más fuerte. Debo tener tocada la puta costilla. Qué puta mala suerte tengo, joder.
El gimnasio en el que entrena ahora Hugo está en la zona de Gracia.
Esta zona a estas horas todavía no decide qué quiere ser. Las persianas medio bajadas, alguna terraza con dos viejos jugando al dominó como si el tiempo no corriera para ellos. Huele a pan y a gasoil, una combinación que solo existe aquí.
Giro por la calle de Sardenya. Estrecha, como todas aquí. Un balcón con ropa tendida me gotea encima sin pedir perdón. Sigo andando.
El gimnasio no tiene cartel que llame la atención.
Una puerta metálica, gris, con la pintura levantada en las esquinas, y un cristal donde alguien escribió «NO LIMITS» hace años con una plantilla que ya no encaja con nada.
Desde fuera no se oye nada. Desde dentro, en cambio, ya sé lo que me espera: el golpe seco del saco, alguien gritando combinaciones en catalán con acento de Nou Barris, el olor a vendas sudadas que no se va ni con cloro.
Cuando paso el dintel de la puerta lo veo de lejos, ahí está Hugo como un campeón de boxeo, lo que no tengo duda que terminará pasando, porque si alguien tiene claro lo que quiere ser y va a hacer todo lo necesario por que pase en esta puta vida es él.
Me quedo algo apartado esperando que termine de sparrear.
En cierto momento termina y me mira. Le dice algo a su entrenador y se acerca hacia mí.
—¿Qué quieres, Nico?
—Hablar.
—No tenemos nada que hablar, ya te lo dije —escupe y se da la vuelta.
—Hugo, por favor, déjame explicarte.
—¿Qué quieres explicarme, Nico? ¿Qué te estabas follando a mi hermana mientras yo te abría las puertas de mi casa? Cuéntame.
—Las cosas no son así, tú me conoces.
—¿Ah no? ¿Entonces no te la has follado?
—Hugo, joder, ¡quieres escuchar, coño! —lo digo quizás demasiado alto.
El tío con el que estaba sparreando se acerca.
—¿Todo bien, Hugo ?
—Sí tranqui, José, no hay problema.
—Nico, déjalo, ya está, no quiero saber nada más de ti. Punto.
—Estoy enamorado de ella, Hugo. Nunca lo habría hecho si no fuera así.
Sonríe y niega con la cabeza. Le estoy tocando los huevos. Lo sé.
—¿Y por qué no me lo contaste? Porque yo no tenía secretos contigo.
—Coño, Hugo, no fue algo programado joder. Me gusta desde el primer día que la vi aparecer por esa puta puerta de embarque coño.
—Paso.
—Que tú no te impliques con ninguna tía en tu vida no significa que los demás no podamos querer a alguien, ¿sabes?
Levanta la vista y me mira con más odio del que soy capaz de procesar.
—No, porque yo sé lo que es importante.
—¿Qué me estás queriendo decir?
—Nada, Nico. Déjalo. Haz lo que veas, pero como le hagas daño espero que tengas dónde esconderte.
—Sabes qué, Hugo, puedes estar tranquilo. No me voy a volver a acercar a ella. Tienes razón, se merece a alguien mejor que yo. Pero te estás equivocando conmigo.
Lo digo en voz baja, sin rabia, sin nada. Lo digo porque es lo único que me queda para decir.
Me doy la vuelta y me voy.
Una parte de mí, una parte estúpida y cabezona que no quiere escuchar a la razón, esperaba que viniera corriendo detrás de mí.
Que me agarrara del brazo y me dijera que no, que me equivocaba, que claro que era válido para ella, que solo necesitaba tiempo para asimilarlo.
Pero Hugo no viene corriendo. Hugo se queda en el gimnasio, con su vida que está empezando a ir bien por fin, y yo salgo solo a la calle con mis mierdas que parece que nunca van a terminar.
Quería hablarle de Reid, de todo lo que me ha contado Marta, pero quizás ya lo sabe y quería decirle que el sábado peleo contra él y que me gustaría que estuviera pendiente de Marta por si acaso. Pero cuando Hugo está así no hay manera de llegar a él, y menos para pedirle un favor.
Así que me lo callo. Otra vez.
Camino de vuelta a casa con el costado doliéndome a cada paso y pienso que si de verdad quiero protegerla, lo mejor que puedo hacer es desaparecer de su vida del todo. Sin mensajes confusos, sin medias tintas, sin dejarle una puerta abierta que solo le va a hacer daño.
Voy a ganarle a Reid el sábado. Eso sí lo voy a hacer.
Y después voy a desaparecer de verdad, aunque ni siquiera sé cómo.
El corazón se me rompe un poco más con cada paso que doy hacia casa.