Sin guantes 45
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MARTA

Cuando termino de mandar el mensaje suena mi teléfono. Es Hugo.

—¿Qué pasa, Marta?

—Hugo… —sollozo.

—¿Dónde estás?

—En el polígono. Hugo.

—Estoy en quince minutos.

No dice absolutamente nada más. Pensé que me echaría la bronca y que se pondría como un loco por estar aquí, pero si tengo algo claro de mi hermano es que siempre se puede contar con él, incluso cuando menos te lo mereces o cuando él menos ganas tiene.

Estoy esperando al lado de un barril que hace de mesa, cerca de la salida, pero no demasiado. No quiero alejarme más de aquí y tampoco quiero volver a entrar.

El polígono a esta hora tiene ese ambiente de cuando algo está acabando, la gente empieza a salir en grupos, hay voces y risas y el sonido de coches arrancando, y todo eso contrasta con lo que tengo en la cabeza que es absolutamente todo lo contrario a risas y coches arrancando.

El aire huele a tabaco y a gasolina. Hace frío, más del que esperaba cuando salí de casa, y me cruzo de brazos y miro hacia la calle por si veo el coche de Hugo.

No para de darme vueltas en la cabeza lo que ha dicho Reid. El padre de Tara. Llevas más de un año sin hacerlo, eras un fantasma perfecto . Como si todo este tiempo hubieran estado mirando, esperando, sabiendo exactamente dónde estaba, aunque yo creyera que no existía para nadie.

Nunca estuve a salvo.

Eso es lo que más me cuesta procesar. Que la distancia no me protegió, el océano no fue suficiente.

Oigo un coche acercarse y es Hugo.

Aparca como si de una carrera acabara de salir, medio en el bordillo, las ruedas torcidas, la puerta abriéndose antes de que el motor haya parado del todo. Se baja corriendo.

Me acerco casi corriendo también.

Y cuando llegamos el uno al otro no decimos nada. Solo nos abrazamos. Fuerte, de los de verdad, de los que duelen un poco en las costillas y no te importa que duelan.

Llevo días sin esto. Días con Hugo en el mismo piso y sin poder tocarlo, sin poder decirle nada, con esa distancia rara entre nosotros que nunca habíamos tenido. Pero lo importante es que ahora está aquí y joder si lo echaba de menos .

—¿Estás bien, Marta?

—Sí. Tenemos que hablar.

Asiente. Y antes de dirigirse al coche mira hacia la nave un segundo, como calibrando algo que no dice en voz alta.

Una vez dentro lo primero que hace es decirme:

—Dime que no estás así por Nico.

—Nico no tiene nada que ver, Hugo.

Bueno, en cierta parte sí, pero eso es otro tema y no creo que Hugo sea la persona para contarle de ese tema y menos ahora.

Veo cómo la mandíbula se le relaja y sus manos dejan de agarrar tan fuerte el volante.

—Nunca te he contado la razón por la cual vine de Sídney.

Hugo quita la mirada de la carretera un segundo y me mira. Luego vuelve a mirar al frente sin decir nada, esperando. Eso también es Hugo, saber cuándo hay que esperar.

—Vine porque un tío con el que estuve saliendo me estaba acosando. Aparecía donde yo iba, mensajes, llamadas de madrugada… —Hago una pausa—. Pero no solo eso.

Hugo sigue conduciendo en silencio. Las luces de Barcelona pasando por la ventanilla.

—Creo que lo vi matar a alguien.

El silencio que viene después es distinto a todos los silencios que hemos tenido esta semana. Este es un silencio que pesa. Veo cómo las manos de Hugo aprietan el volante, cómo la mandíbula se le tensa, cómo respira una vez, dos, antes de hablar .

—Marta.

—Lo sé, Hugo.

—¿Por qué coño no me lo contaste?

—Tenía miedo. Y tenía miedo de que fueras a por él y que te pasara algo a ti. Es un tío peligroso, Hugo, no es como los tíos con los que os pegáis vosotros. Se dedica a cosas muy serias.

—¿Cuánto tiempo llevas cargando con esto sola?

No contesto. No hace falta.

—Joder, Marta. —Lo dice en voz baja, sin rabia, que es peor que si gritara—. Joder.

—Está aquí. Es el tío de la Panigale que arregló Nico. Y lo conoces.

Hugo no dice nada durante unos segundos.

—¿Lo conozco? Dime quién coño es.

—Reid.

Deja de mirar a la carretera y me mira fijamente a los ojos.

—Tremendo hijo de puta—lo dice mientras golpea el volante.

—Hugo.

—¿Te ha amenazado?

—Esta noche fui a hablar con él. Me ha dicho que su jefe es el padre de Tara. Que quieren que yo desaparezca porque vi lo que vi. Y que el sábado va a pelear contra Nico.

—Joder, Marta.

—Nico va a pelear contra él el sábado.

—¿Por esto ?

—No tengo ni idea. No me habla, me tiene bloqueada. Dice que me merezco algo mejor, pero eso no es así, Hugo.

—Tú deberías estar con algún tío de la universidad, Marta, la vida de Nico es complicada. Es el mejor tío que conozco, pero no es para ti.

—No deberías meterte en eso.

—Y no lo hago, pero me mentisteis.

Tiene razón, le mentí, y no le conté muchas cosas que pasaban, pero esa no es razón para dejar de hablarle a su mejor amigo.

—¿Te has estado acostando con Tara?

—Marta, no me jodas, no es lo mismo. Nico no es Tara, no se lía contigo solo para follar, eso lo sabemos todos, joder.

—No lo decía por eso, Hugo. Tara y Reid parece ser que están juntos.

—¿Pero qué coño dices? ¿Qué tipo de telenovela tiene montada esta peña, por Dios?

Me río porque en realidad más que darme miedo esto ya me está produciendo gracia. O porque el miedo me hace reírme, no sé.

—No sé, pero tengo miedo. No quiero que te pase nada. Y a Nico tampoco.

—Tranquila, ¿vale? Lo vamos a arreglar.

Seguimos el camino en silencio, y yo no dejo de pensar en Nico besando a Lisa porque joder necesito una explicación para eso. ¿Será verdad que está enamorado de ella? Echo tanto de menos estar con él y contarle lo que me pasa.

De repente me acuerdo de lo del gimnasio .

—Por cierto, ¿al final estás entrenando con Manu?

Hugo tarda un segundo en contestar, como si el cambio de tema le pillara a medio procesar todo lo anterior.

—Sí.

—Me alegro mucho. De verdad, Hugo. Te lo mereces.

Lo miro de reojo. Tiene una expresión que no le veo muy a menudo, algo entre el orgullo y el no querer que se le note demasiado que le importa.

—Gracias, enana.

Silencio. Pero de los buenos, de los nuestros.

—Oye Hugo.

—¿Qué?

—Gracias por venir.

No dice nada. Me pone la mano en la cabeza un segundo, como cuando éramos pequeños, y la aparta.

Es suficiente.