Sin guantes 44
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MARTA

Una hora antes

Voy caminando hacia él. Un paso. Otro. La gente a mi alrededor no sabe nada, están mirando las peleas, bebiendo, hablando, viviendo sus noches de viernes. Yo estoy atravesando la nave más grande del polígono Norte de Barcelona intentando convencer a mi cuerpo de que no se dé la vuelta.

Mi cuerpo quiere darse la vuelta.

Llevo meses con miedo. Miedo a salir a la calle, miedo a escuchar una moto, miedo a mirar por la mirilla antes de abrir la puerta de mi propia casa.

Y estoy harta. Estoy harta de que esa sensación me controle, de que el simple sonido de un motor me lleve a otro sitio, de que haya cruzado un océano para alejarme de alguien y que ese alguien haya venido detrás de mí.

Ya está .

Mientras siga así no voy a poder ser libre. Y necesito ser libre para poder hablar con Nico, contarle a Hugo la verdad, y poder vivir en esta ciudad sin mirar hacia atrás cada dos pasos.

Cuando por fin me acerco lo suficiente el miedo se apodera de mí de golpe, un último intento de mi cuerpo de convencerme de que esto es mala idea. Pienso en darme la vuelta y en ir a buscar a Nico.

Y entonces lo veo de cerca y pienso que no. Que ya no.

Le agarro por el brazo.

—Reid.

Al darse la vuelta me mira sorprendido. Creo que soy la última persona que esperaba encontrarse aquí y sobre todo la última persona que se acerca a él.

—Nena.

—No me llames así, Reid. Nunca más. ¿Lo has entendido?

Sonríe. Sé que mi actitud más que otra cosa le está provocando. Puto gilipollas.

—Entendido, princesa. Me encanta cuando te pones así.

—Tenemos que hablar.

Me mira y señala hacia un lado. Lo sigo despacio, al principio me cuesta hasta respirar. Una cosa es hablar con él ahí y otra muy diferente es ir a un sitio los dos solos.

Nos acercamos a unas oficinas que están en la parte superior. Antes de entrar miro hacia atrás y lo que veo me rompe por dentro. Tengo que mirar dos veces porque mi cerebro, o mejor dicho mi corazón, no quiere asimilar lo que está viendo .

Nico se está besando con esa chica. Lisa creo que se llamaba. Me quedo parada casi sin poder respirar.

Reid me hace un gesto para que entre, aunque primero mira hacia donde yo estoy mirando y veo cómo esboza ligeramente una sonrisa.

—¿Desde cuándo te follas a Tara? ¿Y qué coño haces aquí? — escupo rápido y con toda la ira que llevo acumulando durante estos días.

—¿Estás celosa?

—¿Celosa? ¿Pero tú qué mierda te metes?

Celosa de este tío. Quizás si me llego a enterar de esto en otro momento me jodería, pero ahora solo quiero entender qué coño está pasando.

—Marta, tú y yo sabemos lo que nos une.

Lo que nos une. Lo que sé, digamos mejor.

—Reid, nadie sabe lo que vi, nadie. Ese día para mí no existe, ¿vale? Solo quiero que desaparezcas de mi puta vida y me dejes en paz.

—Nena, sabes demasiadas cosas.

—¿Estás aquí porque me quieres hacer daño? ¿Qué quieres?

—Cuando te fuiste de Sídney me lo pusiste fácil, princesa. No es a mí a quien le sobras, Marta. Siempre me gustaste.

—Dios Reid, deja de llamarme así, joder.

—Hay gente que no está tranquila con que tú hayas visto lo que viste.

—¿Qué gente, Reid?

—Quieres saber demasiado .

Se me acerca mucho, quizás demasiado. Pero ya no me da miedo. O sí me da miedo, pero ya no me paraliza.

—Reid.

—El padre de Tara fue el que me mandó hacer lo que viste, Marta.

Se queda callado un momento, dejando que eso aterrice. Un silencio largo y cargado, mi cabeza empieza a montar el puzle que lleva semanas ahí, y entonces continúa hablando.

—Yo solo soy un mandado. —Lo dice sin rabia, sin drama, como quien da un parte meteorológico—. Un mandado muy bien pagado, eso sí.

El padre de Tara.

El recuerdo llega antes de que pueda evitarlo, ese hombre que aparecía a recogerla en un coche demasiado caro para el barrio en el que vivía, que nunca hablaba con los demás padres, que ella mencionaba lo justo y nunca con detalle.

Nunca entendí a qué se dedicaba, pero tampoco le di importancia, era el padre de mi mejor amiga y ya.

Tendría que haberle dado más vueltas.

—¿Y qué quiere de mí?

—Que no abras la boca. —Inclina la cabeza ligeramente—. Llevas más de un año sin hacerlo. Podrías haber seguido así, princesa. Eras un fantasma perfecto.

—No voy a decir nada.

—Lo que pasa es que él no lo cree.

—¿Y Tara lo sabe?

Algo cruza su cara que no sé leer del todo.

—Tara sabe lo que necesita saber .

—Dios. —Lo digo en voz baja, casi para mí—. Dios mío.

—No me importa matar a tu hermano o a tu novio, Marta. —Lo dice igual de tranquilo, igual de sin drama—. Pero a ti... para ti tengo otros planes.

Me quedo mirándolo.

—Aléjate de mí, Reid.

—Creo que vas a querer que esté muy cerca.

—Contéstame a lo que te pregunté. ¿Desde cuándo te la follas? ¿Fue todo una puta mentira?

—Sabes que no, nena. Pero tengo negocios con su padre y simplemente me dejé querer.

Puto cerdo.

—Dile a tu novio que el sábado tenga huevos de ganarme. Aunque bueno, visto el morreo que se estaba dando con la rubia, quizás ya no sea tu novio y no te importe que me lo cargue.

Nico se va a pegar con Reid. No me jodas. Las palabras de este imbécil deberían darme igual, pero se me clavan muy dentro porque ese beso me ha roto mucho más de lo que me gustaría admitir.

—Métete en tus cosas y déjame en paz.

Antes de que pueda decir nada más un tío alto y muy musculoso entra en la sala.

—Reid, tenemos que ir a solucionar una cosa.

Él asiente.

—Nos vemos el sábado, princesa.

Ni me esfuerzo en contestarle porque no vale la pena. Me quedo cinco minutos más sola en esa sala. Los recuerdos de todo se me agolpan en la cabeza y ese puto beso que no puedo quitarme de la cabeza .

Cuando bajo las escaleras lo busco. Quiero hablar con él, quiero una explicación, necesito saber qué coño está pasando y quiero abrazarlo y quedarme en sus brazos durante horas.

Lo busco, pero no lo encuentro.

Y entonces cojo el móvil.

Marta: Hugo, necesito que hablemos. ¿Estás en casa?