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NICO
Estuve a punto de no moverme. De quedarme quieto y dejar que me diera de hostias hasta que alguien quisiera pitar el final. Pero no quiero meterme en más problemas con Davo y además Santos pelea sucio y lo último que necesito es una lesión seria antes del sábado.
Me bajo del ring con las manos en el costado.
Me ha dado fuerte ahí, en el mismo sitio que Hugo, y al respirar hondo noto un dolor punzante que no me da muy buenas noticias.
Puede que tenga alguna costilla tocada. Puede que no.
De todas formas, no tengo tiempo ni dinero para ir a que me lo digan, así que lo voy a ignorar hasta que no pueda más.
El sábado tengo que pelear contra Reid.
Lo pienso y me da algo parecido a la risa, aunque no me sale.
Si me hubieran dicho hace un mes que iba a acabar aquí — sin taller, sin Hugo, con Marta bloqueada en el teléfono y una pelea pendiente contra el tío que la tiene aterrorizada — no me lo habría creído.
Y sin embargo aquí estoy, con el costado roto y la boca llena de sangre, bajando de un ring .
Genial, Nico. Eres un puto crack.
Cojo la camiseta del suelo y me la paso por la cara. Y entonces los veo.
Esos rizos.
¿Qué coño hace Marta aquí? Como si tuviera pocas cosas de las que preocuparme. Sé que fui yo el que la bloqueé, pero me acerco a buscarla para ir a hablar con ella, porque no quiero que esté aquí.
La gente se agolpa para ir a felicitar a Santos y algunos me van parando para decirme que lo sienten. Ja, si ni siquiera intenté ganarle. Me cuesta ir caminando hacia ella, además parece que está yendo en dirección contraria a mí.
De repente me para Davo.
—Lo has hecho bien, chaval, nos vemos el sábado.
No contesto, le hago un gesto de aprobación con la cabeza y Davo sigue caminando en dirección a Santos.
Entonces miro hacia donde estaba Marta y lo que veo no me lo puedo creer. La veo cómo va en dirección a él. ¿Reid? ¿Pero qué me estoy perdiendo yo de esta película?
Ella lo agarra de la chaqueta. Veo cómo hablan — no escucho nada desde aquí, solo veo — y parece enfadada, eso es verdad, pero no parece que tenga miedo.
No es la Marta que vi en el taller con las pupilas dilatadas y las manos temblando.
Esta Marta está de pie y con la mandíbula apretada y los ojos fijos en él.
No entiendo nada .
¿Me habrá mentido? La pregunta me llega antes de poder evitarla y me jode que llegue, me jode que mi cabeza vaya ahí, porque yo conozco a Marta. La conozco bien. Y sé que no me mintió. Vi cómo no podía ni escuchar una moto sin que el cuerpo la traicionara.
Pero ahora está ahí. Hablando con él. Yendo hacia él voluntariamente.
La cabeza es tu puto peor enemigo cuando tienes miedo de perder a alguien. Pero yo a ella no la he perdido porque nunca la he tenido. Me lo digo así, en frío, para ver si me convence. No me convence.
Me quedo a distancia observando. Preferiría no hacerlo, pero no me muevo porque tengo miedo de que esté coaccionada, de que haya algo que yo no veo desde aquí, de que si me acerco empeore algo que no entiendo todavía.
O quizás me quedo porque verla con él me está comiendo por dentro y no sé qué hacer con eso.
Mientras mi mirada está ensimismada en esa morena de ojos marrones y pelo rizado, otra chica que conozco mejor de lo que me gustaría se acerca a mí.
—Hola, hombretón.
—Lisa —mascullo.
Lo único que me faltaba ahora era una charla acerca de las razones por las cuales debería tener sexo sin preocupaciones con alguien.
—¿Puedo consolarte si quieres, Nico?
—Lisa, ya hablamos de esto, por Dios.
—No quiero casarme contigo, Nico, solo quiero sexo.
Suspiro .
—Lisa, no me apetece nada esta noche de verdad.
Pero Lisa es muchas cosas aparte de preciosa y una tía super simpática, y es que no se rinde fácil.
Se acerca a mí y me besa y aunque me habría apartado rápidamente, el haber visto a Marta con Reid ha encendido algo dentro de mí que nunca había sentido — celos — y le devuelvo el beso.
Cuando me separo, Marta ya no está. Ni ella ni Reid.
—Lisa, me encantas, pero lo nuestro ya está, ¿vale?
—Tú ganas, Nico. Suerte tiene la chica en la que no paras de pensar.
Sonríe y se va.
No sé si tiene suerte o no, pero necesito encontrarla y hablar con ella.
Me pongo a recorrer toda la puta nave, voy esquina por esquina, incluso entro en los baños. En caliente me daba celos verla con él, pero en frío pienso que igual la tiene amenazada, tengo miedo de que le pase algo.
Después de pasarme media hora dando vueltas por toda la nave no encuentro a Marta. Ni a ella ni a Reid. Me estoy empezando a desesperar —y a doler, porque el costado no mejora con el movimiento — cuando salgo por un lateral en dirección al aparcamiento y choco con alguien.
Le voy a dar una hostia. No estoy para gilipolleces y mi paciencia esta noche tiene un límite que ya he superado.
Pero cuando levanto la vista es él.
Reid.
Lo tengo a medio metro. De cerca es como lo recuerdo del taller, alto, tranquilo, esa sonrisa que no llega a los ojos. Tiene una cicatriz pequeña en la mandíbula que no le había visto antes y los ojos de alguien que no se sorprende de nada.
Me sostiene la mirada un momento. Luego, despacio, levanta la mano y señala con dos dedos sus propios ojos. Luego los míos.
Te estoy mirando.
Sonríe. Y se va.
Me quedo quieto en medio del aparcamiento viendo cómo se aleja sin prisa, como alguien que sabe perfectamente que nadie le va a seguir. Como alguien que lleva toda la vida siendo el que tiene el control.
El sábado voy a quitarle esa sonrisa de la cara, payaso.